
por Luigi Benedicto Borges desde Miami Beach (EEUU)
Miami. South Beach. Ocean Drive. Una de las zonas más reconocidas de Florida, el primer lugar construido en el siglo XX declarado Monumento Histórico de EEUU gracias a sus 800 edificios de estilo art déco en perfecto estado de conservación. Dicho estilo nació en 1925 en París, reuniendo en sí mismo toda clase de influencias, desde el cubismo hasta el arte mediterráneo, la imageniería egipcía y la ciencia ficción. Un cóctel demasiado interesante como para ser ignorado por los arquitectos encomendados a crear en Miami hoteles del gusto de esos norteamericanos adinerados que veían en aquel antiguo banco de arena el lugar perfecto para pasar el invierno.
Fue así como los hoteles de South Beach, la parte meridional de Miami Beach, comenzaron a levantarse entremezclando sin pudor las diferentes tendencias existentes dentro del art déco: el futurista streamline moderne se hizo con la fachada de los hoteles Avalon y el Breakwater; las influencias marítimas tomaron las Waldor Towers y la inspiración mediterránea fue la marca de distinción del Adrian. Pero todas compartían el mismo alma: reflejar su creencia de que la tecnología es el futuro. Y paseando por sus aceras a día de hoy, se palpa que dicha fe ha logrado trascender el paso del tiempo, que los habitantes de esta zona de Miami han sabido hacer suya la idea de mostrar su confianza en que los avances de la humanidad los harán mejores personas. Claro que ellos no expresan estas pulsiones en las fachadas de los edificios. Lo hacen en la fachada de sus cuerpos.
Rara es la mujer que pasea por la denominada Riviera Norteamericana sin lucir una desproporción pectoral tan llamativa como las vistosas luces de neón de hoteles como el Colony. Tanto igual con los hombres, sumergidos en sus paseos en patines sin camiseta, no vaya a ser que algún despitado se fuera a perder esas odas al músculo que esculpen en sus torsos. Era de esperar, por tanto, que tanto amor por los avances del bisturí, la cosmética y las maquinaria de los gimnasios (los avances científicos y tecnológicos, ya se sabe) tuviera su traslación a los escaparates de Ocean Drive y alrededores. Louis Vuitton Dolce y Gabbana, Emporio Armani, Escada, Fendi... Las marcas de primer nivel copan la primera línea de las tiendas, pero no es eso lo que seduce al turista. Lo que llama la atención no es el escotado mini top o la ceñida camiseta de deporte. No. Fuera la superficialidad. Lo que atrae es lo que está detrás de esa ropa: las medidas corporales de esos maniquíes masculinos y femeninos, hechos a imagen y semejanza de sus mejores clientes. Esos que salen para ser vistos, sí. Pero que también se relacionan y forman familias. De ahí la presencia de los niños sonrientes y del bebé con gorra, ese que no podía faltar en esta representación made in Miami de la familia feliz.
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