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Pravda, Brasil

Pravda, el bar soviético de Latinoamérica

por Ramy Wurgaft desde Brasil

Paseábamos por la avenida de Batel cuando vimos un letrero luminoso brillar entre las hojas de una palmera. Decía Pravda y estaba escrito en caracteres cirílicos, idénticos a los del famoso periódico homónimo. El hombre que custodiaba la entrada nos informó de que habíamos llegado al único bar ruso que existe en Sudamérica y «al mejor abrevadero de toda Curitiba».

Tenía razón porque según comprobamos más tarde, el establecimiento más próximo, del mismo tipo, queda en Ciudad de México. Pero el guardia debió decir soviético y no ruso, porque un Lenin de tamaño monumental es quien recibe a los noctámbulos que derivan hacia este lugar. Desde el afiche donde está inmortalizado, el líder de la revolución bolchevique observa a los huéspedes con sus ojillos rasgados e irónicos y ellos, a su vez, lo observan desde sus mesas, con cierta inquietud.

Considerando el desplome de los mercados bursátiles y de la banca, para algunos Vladimir Ilich no andaba tan errado cuando pronosticó la caída del capitalismo. Quién sabe qué nos depara el futuro y, por ende, camarero, sírvanos un vodka doble rebajado con zumo de naranja, en la proporción exacta para no pensar en la hecatombe y, al mismo tiempo, encontrar el camino de regreso al hotel.

El Pravda posee la más amplia variedad de vodka que se pueda imaginar, desde el potente Stolichnaya Elit con sus matices de anís y frutas secas, hasta el suave Absolut sueco, pasando por Blavod inglés con sus dejos de cebada o el aromático Wyborowa producido en Polonia. Sócrates, el somellier graduado por una escuela de vodka de San Petersburgo, no se rebaja a servir caipirinhas o gaseosas; para esa tarea están los camareros que recién se inician detrás de la barra.

El dueño del local, Pedro Guimaraes, logró lo que muchos de sus colegas se proponen sin éxito: armar un decorado que capture la atención de los clientes. A juzgar por la reacción del público, a Pedro se le pasó un poco la mano. El cliente -beodo o lúcido- no consigue despegar los ojos de la campesina rusa que con el dedo índice puesto sobre los labios, ordena a sus compatriotas cerrar el pico, no sea que un espía nazi los esté escuchando. El oficial del Ejército Rojo que sonríe desde la semipenumbra, luce demasiado elegante si se piensa en los heroicos desarrapados que repelieron a los alemanes en Estanlingrado.

Los carteles de la era revolucionaria o del período de la II Guerra Mundial, que Guimaraes recopiló durante su estancia en la tierra de los zares, no se pintaban con fines estéticos, porque la estética misma era considerada como una desviación pequeño-burguesa. Por más que se diga que esos conceptos están obsoletos, el efecto que producen los carteles del Pravda es el de una patada en la puerta en medio de la noche, que ni la amabilidad del personal o la aterciopelada música de fondo pueden mitigar.

Fundado en septiembre del 2008, el bar que nos ocupa es considerado como uno de los más cool de la ciudad, no sólo en razón de la gente guapa que lo frecuenta sino también en el sentido literal de la palabra. La transparencia del vodka, la formalidad del mobiliario confieren a la atmósfera un toque glacial, siberiano. Dicho todo esto, la recomendación de probar el exquisito borscht, (una sopa rusa de remolacha y carne) o el filete de salmón fresco suena trivial o... decadente si la juzgamos desde la burlona perspectiva del camarada Lenin que nos observa desde su pedestal.

Pravda. Curitiba, Brasil.