Foto: Ignacio del Campo
por Javier Mazorra desde Valentia, Irlanda
Cuando se pregunta en Irlanda cuál es el lugar más remoto del país, la respuesta suele ser «la isla de Valentia». Un curioso lugar lleno de flores que disfruta de un microclima casi subtropical, gracias a la influencia de la Corriente del Golfo que roza su costa antes de diluirse en el Atlántico. Es conocida sobre todo porque aquí llegó el primer cable de telégrafo que fue lanzado desde EEUU. Desde que descubrí el mapa de Europa, cuando tenía ocho o nueve años, lo que siempre me ha intrigado de esta isla en el extremo sureste de Irlanda es su nombre, que en inglés se pronuncia exactamente como nuestra Valencia. Aunque no lo puedo comprobar, estoy casi seguro que su nombre está relacionado con algún náufrago de la Armada Invencible que encontró refugio en estas costas donde a cada paso, a través de nombres o leyendas, se recuerda la llegada de los españoles.
Cuando por fin he podido conocer Valentia, ya no es una isla. Desde hace unos años está unida a tierra firme a través de un puente a la altura del puerto de Portmagee. Pero esconde un tesoro mucho mayor de lo que jamás hubiese imaginado. Al poco de cruzar el puente aparece una extraña construcción en mitad del campo con la vista puesta en el Atlántico. Es el Skellig Experience Center, desde donde se ve en mitad del mar dos inmensas rocas piramidales tan omnipresentes y fantasmagóricas al mismo tiempo que parecen formar parte de un sueño o de un espejismo. De pronto se deja de pensar en Valentia y lo único que se desea es acercarse a esas islas que forman el minúsculo archipiélago de las Skellig. En el Centro de Interpretación se cuenta que en la isla menor se concentra una de las mayores colonias de alcatraces del planeta -más de 50.000 según el último recuento- además de otras muchas aves marinas.
Pero en Skellig Michael se esconde quizás el mayor tesoro: un conjunto monástico cristiano construido por San Fionán en el año588, en la parte más escarpada de esta pirámide rocosa, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Incluye media docena de cabañas de piedra en forma de colmenas, dos oratorios y una capilla en el mismo vértice. Todo ello protegido por una serie de terrazas a más de doscientos metros del nivel del mar. Todos los días, de abril a septiembre, y si el tiempo lo permite, salen barcos hacia el archipiélago. Lo rodean, lo espían durante un par de horas pero rara vez toman tierra, poniendo rumbo a Valentia con más preguntas que respuestas. Pero algunos atracan en Skelling Michael y si se tiene la suerte de formar parte de una de esas expediciones, no queda más remedio que subir los 660 vertiginosos escalones excavados en la roca que separan el único lugar donde pueden atracar los barcos y la plataforma principal del monasterio. Allí se descubre que las redondeadas colmenas son rectangulares en su interior, con paredes que se curvan hacia adentro para formar un techo voladizo. Todavía se puede ver la piedra que servía a los monjes de cama y los estantes que utilizaban para colocar sus escasas pertenencias. Fuera se ven aún restos de los insólitos campos de cultivo que permitían sobrevivir a esta comunidad religiosa. Nadie, excepto los numerosos frailecillos voladores que han sustituido a los monjes, puede llegar hasta la capilla en el Ojo de la Aguja (Needle's Eye), quizás para que la isla siempre guarde su último secreto.
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