Confieso que no me gustan mucho las bodas, pero rara vez he dejado de asistir a alguna cuando me han invitado. En nuestra cultura, en las bodas y en los funerales siempre se pasa lista, así que es mejor estar presente si no se quiere perder la estima de familiares y amigos.
Ya ni recuerdo las veces que me han preguntado cuál es el viaje más apasionante que he realizado, el más duro, el que más huella me dejó... Cada nueva singladura echa unas paladas de tierra sobre la anterior, así que casi siempre el periplo que mejor se recuerda es el último.
Volver a las raíces es como viajar hacia atrás, al reencuentro de lo que fue, pero ya no es, porque ahora uno lo ve con ojos nuevos. Dicen que el paisaje sin la mirada sólo es vacío. Con la mirada se pintan las cosas. De ahí la nostalgia que produce este cuadro nuevo que ahora contemplan mis ojos en Barruelo de Santullán (www.barruelo.com).
Tal como hiciera Marco Aurelio a orillas del Danubio, cuando era el general de las legiones acantonadas en la Panonia romana, me encuentro estos días de estío sumido en profundas meditaciones en medio del Atlántico.
La Albufera de Valencia es un mar interior, separado del Mediterráneo por una delgada restinga de arena. En tiempos fue un golfo, pero los sedimentos aportados por las aguas fluviales fueron formando una barrera que el mar cubrió ponto con un manto de arena, El Saler...
Estas crónicas se nutren del asombro, la emoción, los hallazgos, personajes y reflexiones que me salen todos los días al paso, en cualquier lugar.
Para FLS, filósofo de vocación, colaborador habitual de EL MUNDO, conferenciante, escritor y viajero, "lo mejor de un viaje, es contarlo". Entre sus libros destacan 'Viaje al silencio', 'Cosas que aprendí de Oriente' y 'La Europa escondida'.
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