A finales de octubre y principios de noviembre, los castaños dejan caer sus frutos tersos, brillantes, compactos… Salen de sus caparazones de pinchos blandos para hacer frente al mundo envueltos en sus abrigos de cáscara glasé.
El invierno huele y sabe a cítrico. Hermosas naranjas, mandarinas y limones adornan los fruteros caseros y los primeros resfriados se curan a base del jugo bendito de la naturaleza más punzante.
Hay un local en la plaza de Ribadavia (Orense) que lleva el nombre de La Huella del Gato. Un antigua bodega de paredes empedradas, con una barrita en la entrada y unas cuantas mesas de madera oscura por las profundidades de la cueva. A su entrada aparece un letrero que dice: «Local perteneciente a la ruta del Ribeiro». Esta es la seña de identidad de que vamos a entrar en un bar o café donde se sirve y por lo tanto se beben excelentes vinos de la tierra.
Tengo un recuerdo de adolescencia que se pierde por un bello paraje de verde explosivo, caminos de piedras, una sidrería vieja y un río caudaloso. Mi rincón en el mundo en aquel momento se encontraba a ocho kilómetros de Oviedo (Asturias), en el precioso pueblo de Las Caldas.
El último día de octubre dejarán de repicar las campanas en Xoxocotla, situada en el municipio de Puente de Ixtla, al sur de México. Durante nueve días, a las nueve de la noche, el soniquete recuerda a los habitantes de esta pequeña población indígena que está por llegar el gran festejo de los muertos...
El primer viaje es el que se hace desde el vientre materno. Todo lo demás es un sortilegio de placeres sensuales, a muchos de los cuales sólo se llega a través del paladar.
Periodista, filóloga y escritora. Desde hace años sus crónicas de viajes nacen de los aromas, las texturas y las esencias que emanan de la cultura de un país. Acaba de publicar Desayunos en Madrid (RBA).
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