Escapada

Bergen, aperitivo suculento a
los fiordos

El trajín marinero armó a esta ciudad con un legado que, unido a la geografía de cataclismo de alrededor, ofician como el gran imán viajero de estas latitudes, sobre todo ahora que arranca el buen tiempo y su luz, tan nórdica y transparente, la empapa hasta bien entrada la noche.

El tamaño sí importa. Aunque se trate de la segunda aglomeración de Noruega, basta enjuiciar su población, de poco más de 250.000 habitantes, para imaginarla como una ciudad de juguete. Para lo minúsculo de sus hechuras, Bergen siempre tuvo una importancia desmedida. Si hoy es la favorita de los viajeros, siglos atrás lo fue de los comerciantes hanseáticos que la hicieron inmensamente rica y le dejaron como legado un entramado urbano de cuento.

De paseo en barca.

Sus puntiagudas casitas de maderas de colores oficiaron siglos atrás como almacenes en los que se conservaba en salazón el bacalao capturado por la costa hasta salir facturado hacia los puertos de media Europa. Por ellos, los alemanes de la Liga Hanseática que monopolizaban prácticamente el comercio con el Báltico y el Mar del Norte, le buscaban comprador al pescado o lo canjeaban por grano y tejidos a revender por el litoral escandinavo. Desde la Edad Media hasta su decadencia en el XVII, los beneficios de todo este vaivén marítimo hicieron a Bergen poderosa, y también bellísima.

Su Bryggen, Patrimonio de la Humanidad y con sus edificios pastel reciclados en tiendas, cafés y galerías prohibitivas, se lleva todos los honores, pero sus viejos barrios, su vida cultural y su ambiente tampoco desmerecen. Aunque el mayor reclamo sean los fiordos, habrá que reservarle al menos un par de días a esta ciudad que presume, porque puede, de ser la más coqueta de Noruega. Solo haciendo noche en ella podrán evitarse las hordas de cruceristas que recalan con el buen tiempo y que, al fin de la jornada, regresan a sus barcos para dejarle entera la ciudad a quienes tienen el acierto de presentarle sus respetos con más de sosiego.

Recorrido en funicular

Dos de las siete colinas que la cercan, el monte Fløyen y el Ulriken, despachan unas vistas de órdago con las que relamerse ante la anarquía de urbanismo y tajos de agua, de fiordos e islas que se enredan a sus pies. Al primero se trepa un funicular y hasta el segundo un teleférico, aleccionadores ambos para entender Bergen y enmarcarla desde las alturas antes de decidirse a meterle mano.

El Mercado de Pescado exhibe desde bacalao seco a robustos lomos de salmón salvaje

Al igual que en los días en los que ejerció como uno de los emporios comerciales más activos de Escandinavia, esta villa marinera sigue respirando por el puerto de Vågen. A su vera, justo donde antaño la pesca se ponía a la venta en cuanto se descargaba de los barcos, abre bien de mañana un Mercado de Pescado cuyos ordenados puestos exhiben desde ristras de bacalao seco y robustos lomos de salmón salvaje con todos los aliños imaginables hasta oscuros y sanguinolientos filetes de ballena, embutidos de alce o reno, sabrosísimas fresas y otros frutos del bosque, e incluso cucuruchos de cangrejo y de gambas de los que dar cuenta allí mismo o durante el paseo por su cogollo histórico.

Sobre sus calles adoquinadas se alinea un uniforme entramado de casitas de tejados a dos aguas que han sobrevivido a múltiples fuegos o fueron reconstruidas tras ellos. Todo queda a mano, salpicado por emblemas como la torre defensiva de Rosenkrantz y la iglesia de Mariakirken (cerrada por restauración hasta dentro de un par de años) o museos como el de Bryggen y el Hanseático, en los que ahondar en el pasado de la ciudad y los claroscuros de los mercaderes hanseáticos, cuyos trabajadores vivían en condiciones deplorables sin posibilidad siquiera de encender velas ni hacer una fogata para calentarse por miedo a los incendios.

El Círculo Polar

La casa-museo del hijo predilecto de Bergen, el compositor Edvard Grieg, queda a las afueras, pero en pleno centro no hay que perderse, sobre todo este año que se conmemora el 150 aniversario de Munch, el Kunstmuseum, con una importantísima colección del autor de El Grito que a partir de mayo se verá ampliada con la reapertura de la Rasmus Meyer Collection.

Diseño típico de Bergen.

Bergen queda al sur de la línea imaginaria que marca el Círculo Polar, de ahí que no pueda verse en todo su esplendor el Sol de Medianoche, aunque ya los días empiezan a alargarse hasta lo indecible bajo esa luz ambarina y transparente que le saca los mejores colores a los edificios de su casco viejo. A estas alturas viene amaneciendo antes de las 6 y el sol no se pone hasta pasadas las 9, arañándole a cada jornada más minutos de claridad hasta que en junio el día llegue a durar nada menos que 19 horas.

Tras los meses eternos de lluvia y de nieve que se gasta el clima de Bergen, la llegada del buen tiempo saca a la calle mil y una terrazas en cuanto asoma un rayo de sol y, con ellas, a todos y cada uno de sus habitantes, tan ávidos se diría de hacer la fotosíntesis como la nutrida comunidad de estudiantes extranjeros que alimenta su universidad y llena sus bares de ambiente.

Ya calientan motores el Nattjazz, el mayor festival de jazz del norte de Europa, y el FIB, con música, teatro y 60 ediciones a sus espaldas, como preludio de un verano en el que, sí, después de haberse vivido Bergen como se merece, salir entonces sin remordimientos a explorar en suculentas caminatas, en bici e incluso a bordo de un kayak las geografías de cataclismo de los fiordos que, aquí, quedan a tiro de piedra.