.- Amanecer en el punto donde el río Tonle y el Mekong se encuentran.
.- Amanecer en el punto donde el río Tonle y el Mekong se encuentran.

La Phnom Penh que renace

Silenciosa y atractiva, la capital de Camboya parece haber dejado atrás el horror de los Gritos del silencio. Ahora vive asomada al río, al que ama, mira con arrobo y se entrega desde el amanecer al ocaso.

Entre pagodas y templos.

Los Gritos del Silencio que atormentaron durante décadas de horror los días y las noches de los camboyanos parecen haber quedado enterrados en su subconsciente. Phnom Penh, la capital, vive ahora asomada al río. Lo ama, lo mira con arrobo y se entrega a su embrujo desde el amanecer al ocaso. Tan pronto como el sol asoma en el horizonte, cientos, tal vez miles, de camboyanos de toda laya lo dan la bienvenida con danzas o posturas de taichi a lo largo de Sisowath Quay, el bulevar que se extiende varios kilómetros pegado al río Tonle Sap, hasta su desembocadura en el poderoso Mekong.

Toda la ciudad vive asomada a esa inmensa balconada, jalonada de restaurantes, tiendas y negocios para los turistas, donde la actividad no cesa. Sisowath Quay es el lugar favorito de los sufridos phnompenhitas, que buscan en el horizonte despejado del río la brisa fresca que les alivie del sofocante calor. Allí se citan para hacer gimnasia en grupos, para bailar al anochecer, para correr, pasear o entretenerse y charlar ociosamente, mientras los turistas los observan con curiosidad de la mañana a la noche.

La Pagoda de Plata

En el Palacio Real.

Frente al río, una ringlera de comercios, restaurantes, tiendas de souvenirs y boutiques ofrecen todos los servicios que un visitante puede apetecer, así que es el lugar inevitable de encuentro y expansión para todo hijo de vecino que viva o transite por la ciudad. Al principio del malecón se halla el Palacio Real, un complejo de templos y pagodas enclaustradas en un muro, que recuerda mucho al de Bangkok, aunque en versión reducida. Dentro de los confines del Palacio destaca la Pagoda de Plata, una capillita cuyo suelo lo componen cuatro mil baldosas cubiertas de plata.

Las verjas de entrada al Palacio están adornadas con lotos de color fucsia y todos los edificios del complejo se hallan rodeados de primorosos jardines franceses. Desde que el rey padre, Sihanuk, muriera el pasado octubre, numerosas personas hormiguean cada día por los jardines de palacio para rendir tributo a su memoria en la pagoda que contiene sus cenizas. La quietud es total en el pequeño recinto, donde sólo parecen tener vida las volutas del incienso flotando perezosamente en el silencio.

El Museo del Genocidio

Bulevar sobre el río Tonle.

Junto al Palacio se encuentra el Museo Nacional, con más de seis mil artefactos, la mayoría traídos de las excavaciones de Angkor. Pero lo que la gente quiere ver sin dilación en Phnom Penh es el Tuol Sleng, el Museo del Genocidio, también conocido como S 21. Se trata de un antiguo instituto de enseñanza superior, que Pol Pot, el sanguinario líder de los Jemeres Rojos, convirtió en centro de tortura para prisioneros políticos. Allí permanecen aún las alambradas de espino que se pusieron entonces. En sus paredes pueden verse numerosas fotografías con las torturas infligidas a los detenidos, porque el régimen lo retrataba todo.

Sólo ocho personas entre veinte mil sobrevivieron al horror. Los demás fueron trasladados a Choeung Enk, a 16 kilómetros, al lugar que inmortalizó la película Killing Fields (Los gritos del Silencio), donde eran asesinados y enterrados en masa. Pocos pueden evitar allí las lágrimas y nadie el sobrecogimiento. Es una visita dura, pero conmovedora y recomendable, aunque no sea más que para vacunarse contra el horror, como parecen haber hecho ya los apacibles y amables camboyanos.