Camerún

Kribi, un paraíso solitario

Ni rastro de turistas. En Kribi, uno de los últimos paraísos de sol y arena de África, los tumbonas y los bañadores han sido sustituidas por piraguas de madera y pescadores que arreglan sus aparejos con parsimonia. A izquierda y derecha, sólo kilómetros y kilómetros de playas solitarias inundados por la abundante vegetación.

Un carguero navega perezoso frente a la Costa del Golfo de Guinea, la escena sólo parecen contemplarla la arena, de un blanco finísimo, las olas que incendian la orilla en un atardecer furioso y una selva que se derrama descontrolada hasta pocos metros del mar. Y no hay un solo testigo para refutar una sola palabra de estas líneas porque, en esta escena, salvo el narrador no hay... ¡Nadie! Instantes como estos aún son posibles en Kribi, sin duda la joya de la corona del turismo de un país como Camerún, conocido por su exuberancia y variedad de paisajes como el 'África en miniatura'.

«¿Pero por qué no hay más turistas?, ¿Más hoteles?,¿Por qué Kribi no se conoce?»

Al llegar a Kribi, el visitante espera tumbonas en la arena, agencias turísticas y una primera línea de playa atestada de rascacielos y hoteles. Publicitada por los escasos tour operadores que trabajan con Camerun y situada a apenas tres horas de la capital Yaoundé y del clima asfixiante de Douala, el centro económico más importante del país, Kribi podría haberse convertido en una especie de Caribe africano, víctima de un desarrollo turístico desordenado y de una sobreexplotación de recursos. Sin embargo finaliza la temporada de lluvias y un sol intenso inunda la ciudad salpicada de casas e iglesias coloniales. Ni rastro de turistas, más bien Kribi parece vivir por y para la pesca, las tumbonas y los bañadores han sido sustituidas por piraguas de madera y pescadores que arreglan sus aparejos con parsimonia.

A izquierda y derecha los kilómetros y kilómetros de playas solitarias inundados por la abundante vegetación sólo pueden causar estupefacción al viajero occidental, habituado a que cada grano de arena sea custodiado por moles de cemento. Rápidamente surgen las preguntas ¿Pero por qué no hay más turistas?, ¿Por qué no se han construido más hoteles?, ¿Por qué no se publicita más?, ¿Por qué no se conoce? Los habitantes de Kribi se limitan a responder al bombardeo de preguntas encogiéndose de hombros y con una sonrisa.

Cataratas de Lobé

El asombro del viajero aumenta una vez que se adentra en la ciudad y comprueba que Kribi no es sólo un destino de playas paradisíacas y solitarias. Tras dejar la mochila en el hotel, el primer paso obligado es acudir a las Cataratas de Lobé, un espectáculo formidable en el que el propio río Lobé se funde con el Atlántico con un beso con forma de cascadas que se derraman entre la selva con dirección al océano.

El río Lobé se funde con el Atlántico con un beso en forma de cascadas

Recorrer a lo largo el salto de agua a pocos metros en una frágil piragua y experimentar a borbotones donde empieza el agua salada y la dulce es una experiencia impagable. Si además la acompañamos con un buen plato de camarones de Río a la parrilla y una 33 (la cerveza más popular del país) bien helada frente una puesta de sol arrebatadora, la consideraremos sublime y nos preguntaremos dónde se había escondido Kribi todo este tiempo.

Pero no hay tiempo para relajarse demasiado, y si se quiere vivir una experiencia fuerte, el propio Lobé la ofrece unos kilómetros más arriba, no hace falta abandonar la piragua, remontando el río arriba entre manglares. El bosque se hace cada vez más angosto y amenaza con engullir la piragua. Los pequeños monos titis se columpian entre las ramas siguiendo curiosos el curso del río, parloteando sin cesar mientras las mujeres de la etnia batanga se deslizman silenciosas en sus embarcaciones coprobando las trampas que han dejado la noche anterior para recoger camarones.

Los bagdeli

La selva impenetrable acoge indiferente al visitante y pese a que nos encontremos a solo unos kilómetros de la ciudad, la aventura puede olfatearse en cada recodo del río trayéndonos el aroma de los grandes relatos de Konrad, Stanley o Malraux. Tras una hora de navegación se atraca en la espesura, el primer campamento de pigmeos bagdeli espera.

La experiencia de visitar a unos de los pocos pueblos de cazadores, recolectores que quedan en el mundo ofrece sensaciones contradictorias. El poblado construido a base de chozas de hojas de palma y sus habitantes vestidos en ocasiones con un simple taparrabos parecen formar parte de un decorado artificial preparado para el viajero. Unos ancianos suelen dar la bienvenida en evidente estado de embriaguez y los niños corretean con camisetas raídas.

El turismo no ha conseguido desmontar del todo la esencia cazadora de los bagdeli

Los bagdeli fueron expulsados de los territorios selváticos acosados por la deforestación y la política de asentamientos del gobierno camerunés, hoy tras la prohibición de caza, muchos se han sedentarizado y basan gran parte de su economía en las propinas que los turistas ofrecen por visitarlos, situación ha generado graves problemas de alcoholismo entre su población. Unas horas con los bagdeli bastan para comprobar como el turismo no ha conseguido desmontar del todo la esencia cazadora de un pueblo indómito, vuelven los hombres de sus cultivos con una enorme boa que prepararán para la cena. El trayecto de vuelta en piragua con la noche cayendo y los sonidos de la selva puede ser estremecedor.

Los atractivos de Kribi no se limitan al aspecto étnico, basta con recorrer sus kilómetros y kilómetros de playas desiertas, que rodean a la vecina población de Gran Batanga, alojarse en el encantador pueblo de Ebodjé regentado por pescadores y aguardar la puesta de huevos de gigantescas tortugas marinas o internarse unas dos horas por caminos polvorientos con la esperanza de observar a los gorilas en el parque nacional de Campo. A unos pocos kilómetros espera Guinea Ecuatorial, sorprenden las palabras en castellano escuchadas en este rincón de África.