El hotel de
King Kong
Desde hace unos años, los antiguos almacenes del barrio marinero de Chartrons en Burdeos se han llenado de restaurantes, tiendas y espectaculares terrazas desde donde ver cómo cambia la luz a lo largo del día en ese Puerto de La Luna, declarado Patrimonio de la Humanidad -no se puede encontrar un nombre más sugerente- mientras docenas de ciclistas, patinadores y peatones se asoman a esa Garona transformada en Gironde que parece tener prisa por llegar al Atlántico.
Pero si de pronto se mira hacia atrás, aparece una extraña forma inmaculadamente blanca que parece surgir como un insólito iceberg en medio de ese extraño mar de tinglados portuarios. Es el Seeko’o Hotel, posiblemente la obra más significativa de un grupo de arquitectos franceses que se esconde bajo el nombre de King Kong. Es también el sueño de la pareja formada por el Señor Dhersin y la Señora de Knyff, que desde hacía muchos años anhelaban crear un hotel distinto en Burdeos. Y han conseguido hacerlo realidad en los límites septentrionales de Chartrons, el barrio de moda de esta ciudad que se he reinventado en la última década pero ya con la mirada puesta en Bacalan donde se esconde el futuro de la capital del vino.
A pesar de su forma y color, este inusitado iceberg parece surgir del mismo entorno
Lo primero que llama la atención de este inusitado iceberg - seko’o significa exactamente eso en lengua inuit – es cómo a pesar de su forma y su color parece surgir del mismo entorno, como lo haría una perla en el interior de una ostra. Al acercarnos, descubrimos su extraordinaria textura, tan brillante como suave al tacto. No es porcelana, es corian, un material creado a base de extractos minerales y resinas vegetales, con unas propiedades que se ajustan perfectamente a las necesidades de proyectos como los que desarrollan King Kong, que como se puede comprobar en su página web www.kingkong.fr , siempre se encuentran al límite de los recursos tecnológicos, yendo un paso por delante de lo que marcan las normas al uso.
Un laberinto de formas caprichosas
No tardamos en descubrir que este iceberg esconde un iglú tras su irregular sucesión de ventanas. En el interior han creado un laberinto de espacios tan creativos como juguetones. Si las zonas comunes nos anuncian ya un viaje alucinante a través de un conjunto de fotos que nos cuentan el proceso creativo, en las 45 habitaciones esa promesa se convierte en realidad. Las hay de 30 metros pero también de cuarenta y e incluso de más de cincuenta metros. Ninguna es cuadrada, ni siquiera rectangular. A King Kong le gustan las formas caprichosas. En todas ellas el techo es un 'espejo blando' que vibra, distorsiona y juega con nosotros. En el cuarto de baño vuelve a aparecer el corian en los lavabos mientras que el resto de la estructura, salvo el excusado, es transparente, sólo separada del resto de la habitación por un panel translúcido.
Los muebles han sido elegidos por los dueños y de alguna forma son una prolongación del universo de King Kong, con un punto de exceso, frivolidad y mucha imaginación. El blanco y el negro son predominantes pero no excluyen por completo al rojo. La suite parece salida de una película de ciencia ficción acentuando aun más el carácter futurista del conjunto. Quizás como contraste, en el misterioso bar tan brillante como oscuro se proyectan de forma continua películas en blanco y negro de los años cuarenta del pasado siglo y en el hammam o baño turco, se invita al huésped a un viaje sensual por un norte de Africa cargado de historia que nos recuerda la vinculación de Burdeos con un pasado colonial tan rico como emocionante.
