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Blog Blog Comerse el mundo, por Sara Fdez. Cucala

Los sabores del verano (II): La vuelta al mundo de un caracol

Hace una semana estuvo en Madrid Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, paseando su caracolillo slow por esta ciudad. Supe que en su encuentro con un grupo de periodistas hubo alguien que le llevó una cesta de caracoles para fotografiarse con ellos...

Sara Cucala

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Actualizado lunes 04/07/2011 19:16 horas
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No consiguieron la fotografía porque al señor Petrini no le pareció divertida la propuesta... Y ¡cómo son las cosas! Acabé comiéndome yo y una pandilla de amigos y conocidos los caracoles slow del señor Petrini. Entonces, me di cuenta de que el sabor del caracol me lleva siempre al verano. No sé muy bien por qué, porque realmente se guisan a fuego lento en sopa, especiados, calientes, aromáticos... Pero en varios viajes me he encontrado con un plato de caracoles en mis manos en plena época estival.

Después de una tormenta llega la calma y el sol y salen los caracoles -como dice la canción- a pasear sus cuernos al sol. Así lo viví cuando era niña y pasaba mis verano en una casita próxima a la Costa Brava con mis abuelos. La finca de mi abuelo, cuando ocurría esto, se poblaba inmediatamente de caracoles que enseguida caían presos en la cesta de mi abuela. Entonces, hacía una picada con cebolla, tomate natural, ajo, guindillas, chorizo y jamón y lo dejaba pochar a fuego lento en una cazuelita de barro.

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Mi abuela dedicaba horas a limpiar los caracoles. Luego los añadía a esa cazuela y dejaba que todos los sabores se unificaran. Nunca me gustaron los caracoles, supongo que por la ternura y el recuerdo de aquel personaje de mi infancia que se llamaba Perejil, compañero de aventuras de la gallina Caponata. Pero lo cierto es que los guisos de caracoles me llevan a los atardeceres del verano y a ciertos lugares de África o Europa. Es cierto que por San Andrés es costumbre comer caracoles –hablamos de noviembre- pero hay lugares en el mundo donde el bichillo forma parte de una carta tradicional realmente sabrosísima.

En un viaje que realicé por el norte de Marruecos recuerdo haber hecho parada en un desaliñado y bastante cutre pueblo llamado Nador. Francamente, no tiene ningún encanto, pero fue allí donde probé los más deliciosos caracoles de mi vida. Muy especiados, con una buena cantidad de jengibre, té verde, laurel, naranja, canela, tomillo, anís... Se venden en las calles. Unos señores pasean unos carritos donde portan ollas inmensas candentes y aromáticas. Te comes esos caracoles, que nadan en una sopa intensísima y fascinante, a pie de calle.

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Hay un dicho en el Norte de África y también en lugares como Malasia o México que dice: «el calor con calor se apaga». Por ello, se bebe el té caliente, se comen sopas candentes e incluso se ingiere guindillas picantísimas, «la mejor manera de saciar el sofoco veraniego».

Cada año viajo a Lisboa. Me parece una de las ciudades más bellas de Europa. Es verdad que le pesa a Lisboa la languidez de su belleza, incluso empacha, por momentos, de perfección. Pero no me canso de ella. De caminar por sus empedradas calles, de coger sus pequeños tranvías, de perderme por las noches de tasca en tasca escuchando fados –me encanta el fado acompañado de un guiso de arroz marinero- y también me gusta perderme por el laberinto que suponen las callejuelas de Alfama.

Es allí donde se pueden ver a las mujeres vendiendo caracoles en plena calle, entre gatos callejeros y con mandil en su cintura canturrean. «Caracóis, Caracóis...». Caracoles pequeñísimos que luego se preparan con orégano, laurel, cebolla, ajo y pimienta... En Madrid, es parada obligada para los amantes de este sencillo y popular manjar pasar por Casa Amadeo, en la Plaza de Cascorro, en el Rastro, el cartel lo dice todo: Casa Amadeo. Los Caracoles desde 1942.

¡¡¡Feliz y slow verano!!!

Sobre este blog

El primer viaje es el que se hace desde el vientre materno. Todo lo demás es un sortilegio de placeres sensuales, a muchos de los cuales sólo se llega a través del paladar.

Sobre la autora

Periodista, filóloga y escritora. Desde hace años sus crónicas de viajes nacen de los aromas, las texturas y las esencias que emanan de la cultura de un país. Es autora de Desayunos en Madrid. Del Churro al Brunch (RBA. 2008), de Los Templos de la Tapa (RBA. 2009) y de la guía National Geographic Asturias (abril de 2010).

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