Bitácoras

Blog Blog 5ª Avenida, por Ángel Jiménez de Luis

Tahití, un imán de arenas blancas

Es un privilegio sumergirse en las lagunas de sus atolones y una tortura tener que coger el avión de vuelta a la realidad.

Ángel Jiménez de Luis

Disminuye letraAumenta letra
Actualizado viernes 10/06/2011 11:11 horas
[foto de la noticia]

 

Pasé una inolvidable semana en abril visitando Tahití y sus islas y es ahora, con el calor pegando fuerte en Manhattan, cuando me apetece volver a sumergirme en las aguas turquesas del atolón de Fakarava, en el que buceé para buscar la legendaria perla tahitiana.

Lo que más sorprende de Tahití, con diferencia, es que aunque te empapes de miles de imágenes y vídeos de la zona antes de salir de viaje nada te prepara para la absoluta belleza de sus playas y sus montañas. El sentido común te dice que las fotos del folleto turístico y los vídeos del documental de viajes están retocadas, que han subido la saturación y jugado con las curvas de color para conseguir un efecto paradisiaco. Pero Tahití no entiende de sentido común y vive en su propia realidad, una en la que todo parece más vivo, más brillante y colorido.

[foto de la noticia]

Acabé pasando buena parte de la semana en el Fakarava White Sands Beach Resort. El atolón de Fakarava, en el archipiélago de las Tuamotu, ha sido declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO y es conocido como uno de los santuarios para la práctica del buceo. El hotel se aleja del lujo tradicional de otras islas más visitadas, como Bora Bora, y ofrece una experiencia más rural con una cabaña privada a pie de playa (unos 430 euros por noche), un servicio exquisito y un restaurante, Kura 'Ora, que sería un lujo tener incluso en una gran ciudad como Nueva York o París.

El dueño del hotel, Rudolf Jäger, es un suizo que ha trabajado toda su vida en el negocio de la hostelería, al lado de figuras de la talla del chef Jean-Georges Vongerichten. Me comentó que compró el hotel hace sólo unos meses casi por impulso. Quería retirarse con un pequeño resort en los Alpes pero la fortuna hizo que el White Sands se cruzara en su camino. Alguien le habló de la posibilidad de comprarlo, voló a Tahití, lo vio y al día siguiente ya estaba firmando todo lo que había que firmar.

Algo parecido debió de pasarle a Marlon Brando durante el rodaje de El Motín de la Bounty. Llegó para rodar una película y acabó comprándose un pequeño atolón formado por unos 12 motus -pequeñas islas- bautizado como Tetiaroa, que en polinesio significa la que está aparte. La isla nunca fue realmente de su propiedad, tan sólo la alquiló durante 99 años, pero a pesar del límite de tiempo sus herederos tienen grandes planes para ella. Desde hace cinco años tratan de construir un resort de ecoturismo de lujo bautizado como The Brando.

Ese es el efecto que tiene Tahití, incluso en las dosis más pequeñas. Pasadas unas horas la sensación es que es nuestro día a día el que está filtrado, al que le faltan colores y definición. Pasados unos días cuesta encontrar razones para no comprar una cabaña, un hotel o una isla y perderse para siempre en ese rincón del Pacífico.

Sobre el blog

La vida, como cualquier viaje, se puede hacer en primera clase. Descubra los lugares, objetos y placeres reservados a quienes no tienen límite en la tarjeta de crédito.

Sobre el autor

Ángel Jiménez de Luis, periodista, vive con el temor constante de acostumbrarse a una vida que no puede permitirse pero que disfruta en pequeñas dosis. Escribe también El Gadgetoblog.

Logo de elmundo.es

© 2014 Unidad Editorial Internet, S.L. | Aviso legal | Política de privacidad