Viaje del Lector
Venecia en vísperas de carnaval
Ha anochecido, el vaporetto avanza esparciendo un suave soniquete a medida que se desplaza sobre el canal de la Giudecca, la zona industrial. En lontananza, una hilera de luces centra nuestra atención, debe de ser la ribera de Schiavoni. La tenue brisa es agradable. Enfilamos hacia la isla inaudita de Eduardo Mendoza y bajamos en San Marcos. El paseo está atestado de turistas, que esperan emprender su crucero nocturno por la laguna. El recepcionista del hotel es correcto, con un punto de amabilidad, el que debe suscitar una pequeña mochila por todo equipaje. A unos trescientos metros de esta antigua calle de pescaderos está la plaza de san Marcos.
La multitud sigue ocupando el espacio próximo a los embarcaderos. El Puente de los Suspiros está en restauración, aunque la lona azul que lo cubre encuadra una fotografía a tamaño natural del mismo, que puede apreciarse desde el Puente de la Paja. Hace lustros que nadie lo cruza camino de los calabozos del palacio ducal. Continuamos. Bastantes personas transitan enmascaradas, aunque pocas lucen vestimentas del siglo XVII. Las maquilladoras callejeras esperan en sillas plegables. Abundan los antifaces y los tricornios, estos últimos a juego con la capa negra.
Homenaje a los médicos
La pronunciada nariz curva de algunas máscaras, nos explican, es un homenaje a los médicos que atendían a los apestados. El largo apéndice, lleno de hierbas aromáticas, tenía la función de filtrar el aire y evitar el contagio del galeno. Son vísperas de carnaval. Una parte de la fachada de la catedral, también está en restauración. Los moros de bronce tocan la hora en la Torre del Reloj. En torno al Campanile hay una zona acotada y, en el límite de la misma, una veintena de jóvenes haciendo botellón. No es extraño que los turistas alaben la reconstrucción de este faro y torre vigía, también con funciones menos humanitarias en otras épocas.
Ante los ventanales del café Florian, el primero de Europa, dicen, las cámaras no paran de abrir sus lentes para captar los atuendos y los gestos de quienes ocupan sus salas, ataviados de época hasta el más nimio detalle. Aunque hace frío, las gentes vagabundean por las callejuelas interiores en dirección a Rialto o a la Academia, parándose ante los escaparates de la Mercerie, pasando por la Fenice, o, en sentido contrario, hacía la amplia plaza de san Stefano, con espacio para acoger las corridas de toros que aquí tenían lugar en el siglo XVIII.
Hoy hemos coincidido con las vísperas del carnaval, mañana oficiaremos de turistas: palacios en el gran canal, iglesias en las plazas interiores, islas en la laguna, pizzas y largas colas en cualquier parte, y algún resbalón en el puente de Calatrava, si la llovizna nos acompaña. Quizás nos sumemos a los miles de personas que se acercarán a san Marcos para, acunados por la décima sinfonía de Mahler, intentar ver il volo dell’Angelo. Es tarde. Hace frío. Enfilamos hacia el caliente refugio de la calle Pescaria.
