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Las joyas del Mar Menor

Más allá de sus populares apartamentos y hoteles, el Mar Menor ofrece todavía uno de los ecosistemas más fascinantes y espectaculares de la costa española. En el entorno de esta gran laguna litoral, en la que se van sucediendo playas de aguas transparentes y poco profundas, hay verdaderas maravillas. Se las descubrimos.


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Javier Mazorra

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Actualizado viernes 10/06/2011 16:02 horas

Gran estanque, pequeño mar. Más allá de sus populares apartamentos y hoteles, el Mar Menor ofrece todavía uno de los ecosistemas más fascinantes y espectaculares de la costa española. En en esta gran laguna litoral, separada del mar Mediterráneo por su famosa Manga, con 73 kilómetros de costa y 135 km2 de superficie, se van sucediendo playas de aguas transparentes y poco profundas, pero hay muchas más maravillas. Se las descubrimos.

1. Las Salinas de San Pedro del Pinatar

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En el extremo norte de la zona se encuentra el humedal más importante de toda la región murciana, declarado Parque Regional desde 1985. Un espacio privilegiado donde anidan cientos de flamencos y otras aves migratorias que usan este espacio natural como escala en su tránsito entre África y Europa. Acapara 857 hectáreas con multitud de salinas, saladares, carrizales, playas, dunas, pinares sobre arena y curiosas encañizadas, que es como se conoce al sistema tradicional de pesca del Mar Menor mediante el cual se captura a los peces que entran desde el Mediterráneo hacia la laguna con un laberinto de maderos y cañas.

Este espacio protegido se puede recorrer a pie a través de dos itinerarios. El primero bordea una laguna recuperada y una reserva de fauna, atravesando dunas y pinares para luego permitir darse un chapuzón en un rincón del Mediterráneo apenas afectado por la presencia humana. Y el segundo permite conocer de cerca las salinas y encañizadas teniendo como puntos de referencia varios molinos como el de Quintín y el de la Calcetera. De camino, se pueden disfrutar de los famosos baños de lodo de Lo Pagán, cuyas propiedades curativas son conocidas desde hace siglos.

2. Tesoros del litoral

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En la costa occidental del Mar Menor varias poblaciones conservan restos de un pasado esplendor que se remontan al S.XIV extendiéndose hasta comienzos del S. XX. Los más significativos se encuentran en Los Alcazares, un lugar donde hace algo más de 100 años los habitantes de la huerta murciana comenzaron a acudir en agosto para tomar los famosos novenarios (serie de nueve baños). Allí aún está en activo el precioso Hotel Balneario La Encarnación, inaugurado en 1904. Y más allá, la torre medieval del Rame, enclavada en un paisaje cuajado de palmeras que, con algunos añadidos del s.XVI, mantiene su estructura original. Tampoco falta un Museo Aeronáutico que da cuenta de la historia de su aeródromo fundado en 1915.

Más al norte, en San Javier, se levanta una ermita dedicada a San Francisco Javier del S.XVII, aunque ahora esta población es más conocida por albergar la sede de la Academia General del Aire que cuenta con su propio aeropuerto, el único con capacidad para recibir casi cualquier tipo de avión en toda la comunidad murciana. A pesar de que en la zona de las Encañizadas, en el extremo norte de La Manga, varios canales de agua cortan la línea de playa e impiden completar el círculo que forma el Mar Menor, se pueden seguir multitud de sendas, caminos de tierra e incluso una antigua cañada real por casi todo su perímetro, a pie o en bicicleta, sin nunca perder de vista la orilla del mar.

3. Del Monte de las Cenizas al Llano del Beal

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Una de las formas más originales de descubrir el Mar Menor es a caballo. Existen varios picaderos en la zona que ofrecen esa posibilidad, centrándose en la exploración del sur del territorio. Partiendo desde la zona de Los Belones, junto al campo de golf, se recorren los campos esteparios que llevan en ascenso hasta el monte de las Cenizas, una punta rocosa que pone límite al Parque de Calblanque. Allí puede verse el viejo cuartel de la Guardia Civil, ahora convertido en albergue y restos de cañones y otras piezas de artillería fundidos en bronce pertenecientes a las antiguas fortificaciones que defendían la entrada a Portmán y al Cabo de Palos.

Si se dejan atados los caballos, se puede bajar por un tortuoso sendero hasta las calas de Cabo Negrete, donde darse un baño en completa soledad, muy lejos de las multitudes de La Manga. De vuelta a Las Cenizas, se continúa por un camino de tierra al Llano del Beal a través de la tortuosa sierra minera, volviendo de nuevo al punto de partida. Una aventura que nos lleva por paisajes de una belleza salvaje a través de un entorno único protegido, lejos de la civilización, donde se puede descubrir la gran variedad de flora y la fauna autóctonas que se esconde tras una apariencia semidesértica.

4. Las Hormigas

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A poca distancia del majestuoso Cabo de Palos, que marca el límite más meridional del territorio, asoman sobre el nivel del mar unas puntas rocosas que apenas dejan vislumbrar los tesoros que se esconden en sus profundidades. Son las Islas Hormigas, uno de los secretos mejor guardados de nuestro litoral entre los submarinistas que, desde hace unos años, forma parte de una Reserva Marina Integral. El primer lugar que se suele visitar es el Bajo de Enmedio, en el que las puntas rocosas afloran hasta poco menos de cuatro metros por debajo de la superficie. Allí pueden verse meros, corvinas, congrios, espetones, morenas y pulpos, acompañados de la fauna habitual de Cabo de Palos, formada por grandes bandadas de doncellas y castañuelas.

En el Bajo de Fuera, pasada la isla del faro, se vuelve a repetir la misma flora y fauna con el interés añadido de los múltiples restos de naufragios que aparecen a partir de los 30 metros de profundidad. Las Hormigas, y en especial este Bajo, fueron durante siglos uno de los puntos más traicioneros para la navegación del Mediterráneo. Su escaso fondo- apenas tres metros- fue la tumba para centenares de navíos que intentaron infructuosamente doblar Palos. Una opción más sencilla pero no menos atractiva es explorar en apnea las numerosas calas cercanas al cabo: Cala Fría y Cala Correos, incluidas también en la Reserva Marina.

5. Calblanque

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A muy pocos kilómetros del Cabo de Palos, en el extremo meridional de esta zona, se esconde Calblanque, una de la pocas zonas del litoral murciano que aún conserva casi intacta toda su riqueza natural. Un trozo de costa virgen declarada Parque Regional en 1987, con sierras áridas, dunas fósiles, playas largas y doradas, salinas cuajadas de flamencos y un mar intensamente azul. Para descubrirlo se propone una ruta circular que lleva desde la Playa de Las Cañas, junto al aparcamiento del Parque, hasta la Cala Reona, bordeando las Salinas del Rasall y los acantilados del cerro del Atalayón a través de pistas y senderos que siempre dan la oportunidad de sumergirse en sus cálidas aguas de una transparencia excepcional.

La ruta completa es de cerca de 15 kilómetros, que se pueden recorrer durante todo un día sin excesivos problemas salvo los últimos metros antes de llegar a Cala Reona, donde hay que extremar el cuidado al atravesar una zona de acantilados y antiguos pozos mineros. En el camino se tiene la oportunidad de conocer La Jordana y Cobaticas. Dos minúsculos núcleos de población que aún muestran ejemplos de la típica casa cúbica mediterránea, blanca por fuera, fresca por dentro y construida aprovechando al máximo los recursos de la tierra.

6. Las Amoladeras

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Entre la carretera de entrada a La Manga y la línea de playas del Mediterráneo, en dirección a Cabo de Palos, se encuentran las dunas de las Amoladeras. Se trata de un espacio excepcional protegido por diferentes figuras como Reserva Natural, Paisaje Protegido, Lugar de Importancia Comunitaria o Zona de Especial Importancia del Mediterráneo entre otras que, por el momento, aseguran su conservación y exigen por parte del viajero un especial cuidado. Su valor ecológico proviene de ser una de las pocas zonas de dunas móviles de nuestro litoral, con las características propias que presentaban los cordones en La Manga.

Destaca la presencia de un tipo de vegetación adaptado a este medio que incluye numerosas especies protegidas. Igual que La Manga, su formación se debe a sedimentos provenientes de la desembocadura del río Segura, al arribar a la formación rocosa de Cabo de Palos. Se han encontrado restos de habitáculos en forma de castros, restos de cerámica y collares de conchas que se encuentran ahora en el Museo Arqueológico Municipal de Cartagena y que han permitido dar una antigüedad al conjunto de más de trece mil años.

7. Veneciola

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La zona mejor conservada de La Manga se encuentra al norte del canal de la Estacio, el principal punto de entrada de embarcaciones al Mar Menor. Pasado el puente levadizo, se entra en lo que se conoce como Veneciola, que a pesar de estar parcialmente urbanizada mantiene una apariencia casi salvaje. Más allá de la urbanización Oasis, siguiendo cualquiera de los senderos que conducen a la playa, se entra en un curioso ecosistema formado por golas, pantanos e isletas que, desde hace miles de años, permiten el paso del agua del Mediterráneo y han inspirado el nombre a esta zona.

Los geólogos han demostrado que aquí se comenzó a formar lo que hoy conocemos como La Manga. Con el tiempo, este paisaje terminaría siendo canalizado con el fin de hacerlo accesible a las embarcaciones deportivas de pequeñas dimensiones. A pesar de ello, la soledad de sus playas permiten que podamos contemplar cómo era este paisaje en sus orígenes, con su flora de matorral mediterráneo y su fauna autóctona, ilustrando cómo se produjo la colmatación de arenas que conformaron la lengua que separa los dos mares. Es la única zona de La Manga donde se puede practicar nudismo.

8. Las Islas del Mar Menor

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En el interior de esta insólita laguna salada existen cinco islas de origen volcánico. Deforestadas primero, vendidas a particulares o utilizadas para experimentos militares, las Islas del Mar Menor han sobrevivido, sin embargo, a la presión humana, convirtiéndose en uno de sus grandes atractivos. Desde hace unos años, forman parte del Parque Natural de Islas e Islotes del Litoral Mediterráneo. La más grande y la mejor conservada es la Mayor o del Barón, con 104 metros de altura y que aún sigue en manos particulares, lo que se traduce en un acceso restringido. La Perdiguera, la segunda en tamaño, es en cambio de propiedad pública, siendo accesible a través de las embarcaciones que salen desde varios de los puertos del litoral.

Su altura máxima es de 45 metros y se ha habilitado un sendero que permite un recorrido completo a su perímetro. Por otra parte, la Isla del Ciervo está unida a La Manga por un brazo artificial de tierra, lo que la hace fácilmente accesible. Este curioso archipiélago se completa con la isla Sujeto y la Redonda, igualmente próximas a La Manga. Su tamaño es muy reducido pero constituyen un importante centro de nidificación de aves. A ellas habría que añadir la isla de Grossa, ya en el Mediterráneo, pero con unas características muy parecidas a las anteriores aunque con un acceso muy restringido a causa de las muchas aves que anidan en su entorno.

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