Orient Express, un viaje sin fin
Hay viajes que de tan míticos no tienen fin porque aun cuando se ha llegado a destino perduran en el recuerdo. Así sucede con el mítico tren Orient Express que, salvo contadas excepciones como las dos grandes guerras, ha surcado el corazón de Europa, arrastrando en su lento traqueteo viejos ideales y leyendas evocadoras.
Nació en 1883 y salió de Gare de Strasbourg, París, con destino Rumanía. Hoy, el que usted ve en estas imágenes parte con una delicadeza anacrónica de la Gare du Nord rumbo a alguna ciudad monumental del Viejo Continente. Hoy, como entonces, como ve en las imágenes, los compartimentos están revestidos de reluciente caoba, y un mayordomo se ocupa de todo, como de convertir en cama su sofá con tapicería de época para dormir como lo hicieron reyes y reinas, marajás y sultanes, aristócratas y bon vivants, así como James Bond -en Desde Rusia con Amor- o el detective Hercules Poirot.
Pero antes de que caiga la noche habrá que pasar por uno de sus tres vagones-restaurante, donde gráciles camareros ataviados con sus impecables uniformes sirven delicias culinarias, e incluso por el Bar Car como se hacía durante la Belle Époque, cuando «podía comenzarse una fiesta en Londres, continuarla en París o en Bucarest para acabarla en Estambul. Y cerrar la cortinilla cuando uno se cansaba de ver mundo...», según rememora Mauricio Wiesenthal.
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