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Dharamsala, el pequeño Tíbet

Esta ciudad india debe hoy su fama a la presencia del Dalai Lama y de rutilantes estrellas de Hollywood como Richard Gere o Uma Thurman. Sin embargo, siglos antes de Cristo, ya había peregrinos que ascendían penosamente las afiladas sierras boscosas que la rodean para orar en el templo tántrico de Bhagsu Nath.

Texto | Fotos: Francisco López-Seivane

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Actualizado viernes 27/05/2011 16:01 horas

De acuerdo, Dharamsala no es un lugar de peregrinación tradicional y debe hoy su fama a la presencia del Dalai Lama y a algunas rutilantes estrellas de Hollywood, como Richard Gere, Uma Thurman, Gwyneth Paltrow o Goldie Hawn, que pasaron en algún momento por aquí para apoyar la causa tibetana. Pero, siglos antes de Cristo, ya había peregrinos que ascendían penosamente las afiladas sierras boscosas que la rodean para orar en el templo tántrico de Bhagsu Nath, cuyas aguas siguen considerándose milagrosas.

Bhagsu Nath era entonces un templo solitario frente a las imponentes y níveas paredes rocosas de la cordillera Dhauladhar, en pleno Himalaya, donde no había otra señal de vida que los ocasionales campamentos de los Gaddi, una tribu seminómada. Pero, en 1848, el gobernador británico del Punjab, David McLeod, decidió establecer allí una estación de montaña para escapar de las agobiantes temperaturas de la planicie india. Desde entonces, han surgido diversos núcleos de población, que no son ni pueblos ni barrios, sino suburbios de la anodina Daramsala que sestea 10 kilómetros y casi mil metros más abajo, en lo profundo del Valle de Kangra.

La llegada del Dalai Lama y su séquito de exiliados tibetanos a McLeodganj, así se conoce desde entonces el lugar, en 1962, sembró de casas y tiendas las boscosas aristas de las sierras circundantes. Ahora, aquello es un laberinto de calles y estrechas carreteras llenas de baches que bordean el precipicio. Aún queda en pie el viejo templo de Bhagsu Nath, pero la mayoría de los modernos peregrinos que llegan incesantemente aquí en cualquier época del año no son precisamente hindúes que vienen a adorar a Siva, sino conversos occidentales que sueñan con meditar cerca del Dalai Lama. Gracias a él, Daramsala se ha convertido en la capital mundial del budismo tibetano.

Entre antiguas escrituras

La huida del Lama del Tíbet ocupado por China fue un largo viaje a pie de varias semanas a través de descarnados pedregales, primero, para cruzar después los difíciles pasos de montaña que conducen a la India, a más de 4000 metros de altura. Junto a la comitiva de notables que acompañaban al Lama viajaba cuanto pudieron llevarse consigo: antiguas escrituras, valiosos objetos religiosos, reliquias... que hoy pueden admirarse en la Librería y Archivo de Obras Tibetanas de McLeodgaj y también en el Museo Tibetano que se encuentra dentro del Complejo Residencial del Dalai Lama, una especie de Vaticano en miniatura, al que acuden cantidades ingentes de tibetanos y occidentales con la esperanza de verle en persona.

El templo Tsug Lakhang es el lugar más emblemático, junto a la residencia privada del Dalai Lama, que está enfrente.

Hasta hace unas décadas, era posible incluso conseguir una entrevista privada con él si se solicitaba con antelación, pero ahora, salvo en el caso de celebridades notables o personalidades de muy alto rango, sólo queda la posibilidad de verle en alguna de las ocasionales audiencias públicas que celebra. Resignados, los devotos llegados desde el otro lado del mundo se conforman con sentirle cerca mientras circunvalan el templo, siempre en el sentido de las agujas del reloj, girando los rodillos de oración hasta completar un kora o se sientan a meditar en cualquier rincón aledaño, puesto que todo el Complejo está considerado territorio sagrado.

El templo, Tsug Lakhang, es el lugar más emblemático, junto a la residencia privada del Dalai Lama, que se encuentra enfrente. Está presidido por un impresionante Buda sentado, escoltado por imágenes de Sakyamuni, el buda terrenal anterior a la iluminación, Padmasambhava, el monje que introdujo el budismo en Tibet, y Avalokitesvara, el bodhisatwa de la compasión. En la explanada que hay junto al templo, asomada a un angosto valle, siempre hay gente deambulando, haciendo yoga, meditando o rezando.

El poder espiritual

Por las tardes suelen tener lugar allí interesantes charlas -a veces acalorados debates- sobre cuestiones filosóficas y teológicas entre los visitantes occidentales y los monjess del vecino lamasterio Namgyal. Los renunciantes dominan la dialéctica budista y tienen respuesta para todo. Predican cuerpo a cuerpo y siempre terminan sumando fáciles victorias sobre unos oponentes entregados de antemano. El Complejo Residencial, un tanto caótico, incluye, además del templo, el Museo Tibetano, donde puede verse en detalle la odisea de ese pueblo desde que fuera invadido por China en 1949, y otras varias dependencias difíciles de enumerar.

Este rincón en los contrafuertes del Himalaya es uno de los pocos sitios al que peregrinan para adorar a un ser vivo.

A la entrada hay un detector de metales y un par de vigilantes que apenas prestan atención a los bolsos de los visitantes occidentales. A partir de ahí, todo el mundo puede moverse con libertad, excepto en la zona privada del Dalai Lama que está defendida por una verja y tiene vigilancia las veinticuatro horas. La residencia no es nada del otro mundo, aunque está rodeada de una inmensa zona arbolada que se asoma al infinito. Una estrecha carretera bordea todo el Complejo, fuertemente tapiado.

Este apartado rincón en los contrafuertes del Himalaya se ha convertido en uno de los pocos lugares a los que la gente peregrina para adorar a un ser vivo, a un monje sin otro poder que su autoridad moral y espiritual, ya que acaba de renunciar al poder temporal que la constitución tibetana le otorgaba. Esto es algo que puede extrañar a algunos, pero que resulta muy común en la cultura hindú, de la que, no lo olvidemos, brota el budismo. Tal vez convenga reflexionar sobre la razón por la que tantos occidentales buscan hoy en Oriente líderes que les muestren con su ejemplo el camino hacia la paz interior. Para ellos, este pequeño Tíbet encastrado en los riscos del remoto McLeodganj es indudablemente un lugar sagrado y una fuente de inspiración.

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