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Las cuevas de Ellora

Las cuevas de Ellora son una de las mayores maravillas que atesora la India. No es de extrañar que hayan sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. Como tampoco lo es que se encuentren en el estado de Maharashtra, ya que en remotas épocas geológicas un volcán de la región se pasó siglos vomitando lava. Todo el Deccan, la gran meseta que se extiende por buena parte del estado, está cubierta de basalto, una piedra blanda y consistente que se deja labrar con facilidad. Lo demás lo pusieron el fervor religioso y el arte de los canteros.

Francisco López-Seivane

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Actualizado viernes 06/05/2011 16:48 horas

El abrupto abandono de los templos rupestres de Ayanta coincide con el florecimiento de Ellora, algo que nadie parece haber estudiado a fondo, pero que sugiere una relación causa/efecto, ya que ambos lugares se encontraban a menos de cien kilómetros de distancia y unidos por una importante ruta caravanera.

También coincide con el inicio del declive del budismo en la India occidental, fracturado en múltiples escuelas y doctrinas que terminaron confundiendo al personal, y provocando el retorno del hinduismo, la florida religión madre, de la que el budismo sólo representa una variante. No olvidemos que Buda, al igual que Jesús en su tiempo, nunca trató de crear una nueva religión, sino de sistematizar y dotar de un carácter práctico a las dispersas enseñanzas del brahmanismo.

A diferencia de otras notables cuevas transformadas en santuarios religiosos en la India, las de Ellora son únicas porque representan a las tres grandes religiones del país, el budismo, el hinduismo y el jainismo, lo que constituye un caso extraordinario de ecumenismo. Juntas, pero no revueltas, las cuevas budistas, hindúes y jainistas de Ellora dan cuenta de la riqueza religiosa de un país milenario, pero también de la tolerancia y pacífica coexistencia entre las distintas creencias que ha caracterizado tradicionalmente al pueblo indio. Y recalco lo de 'tradicionalmente', porque en los últimos tiempos los conflictos entre musulmanes e hindúes parecen haber dado al traste con aquella espléndida tolerancia de antaño.

Un trabajo de muchos siglos

A diferencia de las de Ayanta, las cuevas de Ellora nunca estuvieron perdidas, ni olvidadas, ni hizo falta que las 'descubrieran' los ingleses. Su existencia siempre fue conocida y ya se mencionaban en inscripciones de la época Rashtrakuta y en distintos relatos de viajeros árabes y europeos. Aunque carecen de la antigüedad y los extraordinarios frescos de aquellas, la calidad y el refinamiento de sus estructuras y esculturas creo que las superan con creces.

Más de 1500 años después de su construcción, las cuevas imantana a peregrinos de distintas religiones

Las 34 cuevas de Ellora se excavaron en la falda occidental del monte Chandamari, una colina de basalto, a unos veinticinco kilómetros de Aurangabad. Lo más extraordinario es que, si bien las cuevas de cada denominación están agrupadas entre sí, los períodos en que se excavaron se solapan en el tiempo. Así, el grupo de cuevas budistas, las más antiguas, numeradas del 1 al 12, que se encuentran en la parte meridional, fueron construidas entre los años 550 a 750, mientras las hindúes, numeradas 13 a 29 y ubicadas en el centro, florecieron del 600 al 875, siendo las jainistas, numeradas 30 a 34, que ocupan la parte septentrional de la gran falda de basalto que corre de norte a sur, las más recientes, construidas entre los años 800 al 1000.

Las cuevas de Ellora siguen siendo, mil quinientos años después de su construcción, un lugar de poder que imanta a peregrinos de distintas religiones. Allí coinciden los kimonos grises de los circunspectos monjes budistas japoneses, con los hábitos blancos y el plumero que siempre cargan al hombro los jainistas para limpiar el lugar donde van a sentarse, evitando así aplastar algún insecto. El sentido de la no violencia de estos monjes les lleva al extremo de cubrir su boca y nariz constantemente con una máscara para que las más diminutas criaturas invisibles que se sustentan en el aire no sufran las turbulencias de su respiración.

El templo de Kailasa

La mayoría de las cuevas dejan al visitante con la boca abierta, aunque la que concita mayor interés por su singularidad es la número 16, Kailasa, que ya no es una cueva, sino un templo, el mayor del mundo excavado en un monolito de piedra. Kailasa recuerda de inmediato las iglesias de Lalibella, en Etiopía, de las que sin duda es precedente y, acaso, inspiración.

Cavando una trinchera en el basalto, los artesanos lograron aislar un monolito de piedra de 50 metros de largo por 33 de ancho y 30 de alto. Durante un siglo no dejaron de picar el bloque de basalto, empezando a vaciarlo por arriba y siguiendo por los costados, hasta completar un templo que bien merecería ser Patrimonio de la Humanidad por si mismo, aunque ya lo sea como parte del conjunto de Ellora.

Como semejante tarea debía de parecerles poco a los picapedreros, en los ratos libres se dedicaban a abrir nuevas galerías y balcones en las paredes de la montaña, desde donde ahora pueden disfrutarse las mejores vistas del templo. Tal es el caso del magnífico Lankesvara Hall, excavado en la pared de la trinchera que mira a la fachada septentrional de Kailasa, y desde cuyos balcones se disfruta de una vista inmejorable de las escenas del Mahabharata que adornan la pared del templo.

Atmósfera monástica

De las 12 cuevas budistas, las más visitadas son la 2, un impresionante monasterio (vihara) lleno de esculturas y con los muros de sus enormes ventanales completamente cubiertos de grabados; la 5, un sala oblonga de grandes dimensiones donde parece perdurar la atmósfera monástica; y la 10, una elaborada capilla (chaitya) de compleja arquitectura, en la que destaca una sucesión de anillos en el techo y la estupa central con una gran figura de Buda sentado.

De las 12 cuevas budistas, las más visitadas son la 2, un impresionante monasterio (vihara) lleno de esculturas

Entre las 17 cuevas hindúes, casi exclusivamente dedicadas a Siva, en sus distintas formas, hay algunas magníficas, como la 21, separada de la roca madre por un pasaje, o trinchera, circumambulatorio que permite rodear el altar. Pero, ya digo, la grandeza e importancia de la 16, Kailasa, eclipsa a todas las demás, sean de la religión que sean, como ya insinuara Percy Brown al afirmar que «el templo de Kailasa, en Ellora, no es solamente la más extraordinaria obra de arte de la India, sino que, como arquitectura en roca, carece de rival en el mundo». No se trata solo de los fantásticos espacios conseguidos a diferentes alturas, sino de la inacabable colección de esculturas y frisos de gran calidad que adornan todas las paredes del templo.

Con las 5 cuevas jainistas comenzó el declive de esta forma de arte en piedra, que pasó a ser meramente imitativo. La cueva 30, por ejemplo, popularmente conocida como Chota Kailasa, no es más que una réplica en miniatura del auténtico Kailasa. Aunque está excavada en alto y alejada de las otras cuevas del grupo jainista, la base carece de podio o plinto, lo que degrada su apariencia, y sus proporciones y simetría dejan mucho que desear en comparación con el vecino templo hindú.

El conjunto de Ellora, sin embargo, tiene otros valores que superan con creces los aspectos meramente estéticos o artísticos y por eso está siempre lleno a rebosar de esa extraña amalgama de visitantes, híbrida de devotos y curiosos, tan característica de los centros espirituales que han devenido atracciones turísticas. Quizá por eso, el Departamento de Turismo de Maharastra organiza todos los años, en diciembre, el gran Ellora Festival de Danza y Música Clásica, que tiene lugar en la campa que hay frente a las cuevas.

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