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El Buda Esmeralda

Nadie puede tocar esta pequeña estatua hallada en 1434 y venerada fervorosamente por los tailandeses... salvo el rey, que la viste de oro, con tocados y túnicas, según la estación del año. Se halla en un magnífico complejo palacial con un templo esplendoroso, el Wat Phra Kaew, en Bangkok.

Texto | Fotos: F. López-Seivane

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Actualizado miércoles 27/04/2011 18:44 horas

Nadie puede acercarse al Buda Esmeralda, excepto el rey de Tailandia, que cumple tres veces al año con el ritual de cambiarle el vestuario. El resto de los mortales ha de conformarse con presenciar la escena, que tiene lugar en el Wat Phra Kaew, el espléndido templo especialmente construido por Rama I para albergar la sagrada imagen, desde una reverente distancia.

La historia de este pequeño buda verde, que apenas alcanza el tamaño de un bebé, es una auténtica odisea. Sus orígenes, como no podía ser de otra manera, se pierden en la bruma de la leyenda. Hay quien opina, basándose en sus características, de marcada influencia hindú, que pudo haber sido tallado en el sur de la India o en Sri Lanka. A saber.

Lo cierto es que, en 1434, cuando un rayo descargó su furia sobre un templo de Chiang Rai, en el norte del país, los monjes encontraron una pequeña estatua de estuco caída en el suelo y se la llevaron al abad, quien descubrió que tenía la nariz desconchada y debajo le asomaba una mancha verdosa. Lo limpió y se encontró con una formidable talla de piedra verde, probablemente jaspe o jade, que alguien había tratado de camuflar recubriéndola de estuco. No era ninguna tontería, porque, en la época, los reyes budistas acostumbraban a robar las estatuas, reliquias y escrituras más valiosas de sus enemigos cuando hacían alguna conquista.

Señal divina

En las tres ocasiones en que el rey de Chiang Mai trató de llevar la estatua a la capital, el elefante que la portaba tomó una bifurcación equivocada, terminando en Lampang. Esto le pareció al monarca una señal de que el buda quería quedarse allí, así que construyó un templo, donde la imagen permaneció 32 años. El siguiente rey no se anduvo con contemplaciones y trasladó la talla a Chiang Mai, pero la historia no acaba aquí. Avatares políticos y militares terminaron con la estatua en Luang Prabang, a orillas del Mekong, hasta que el potente ejército de Bagán tomó esta ciudad. En su huida, el rey laosiano se llevó la estatua consigo a la nueva capital, Vientiane, de donde la rescataría en 1778, 214 años más tarde, el general Chakri, quien terminaría siendo el rey Rama I de Tailandia y fundando la dinastía Chakri. Parece evidente que el Buda Esmeralda le pagó con creces el rescate.

Rama I tardó poco en establecer la capital de su reino en Bangkok, al otro lado del río Chao Praya, donde hizo construir un magnífico complejo palacial con un templo esplendoroso, el Wat Phra Kaew, para acoger al Buda Esmeralda, símbolo y paladín, desde entonces, del pueblo thai.

Cualquier día del año, el trasiego de devotos y turistas que visitan el Wat Phra Kaew es incesante

De la mañana a la noche, cualquier día del año, el trasiego de devotos y turistas que visitan el Wat Phra Kaew es incesante. No resulta difícil distinguir a unos de otros. Los fieles se sientan recogidamente en el suelo y oran, ajenos al mundo, con las manos plegadas junto al rostro, en una imagen hermosa. Los meramente curiosos, ataviados con la festiva incontinencia de la manada, lo miran todo con cara de no entender nada. En las alturas, el diminuto buda permanece indiferente.

Dicen que sólo contesta a quienes le hablan en silencio. «Soy un espejo -parece decir- que refleja lo que le llega. Quien me abre su corazón, recibe sosiego». Sostiene un viejo proverbio hindú que si un ladrón se encuentra con un sabio sólo se fijará en su bolsillo. Sirve perfectamente para ilustrar la escasa profundidad e interés con que la mayoría de los turistas se acercan a las culturas ajenas.

Vestido por el rey

Muy emotivas son las ceremonias que tienen lugar tres veces al año, cuando el rey cambia el atuendo de la imagen al llegar el verano, el invierno o la época de las lluvias. Son celebraciones muy esperadas por los devotos budistas que abarrotan los alrededores del complejo palacial en grupos muy coloridos y perfectamente organizados, con sus cánticos y fanfarrias.

Sólo unos pocos pueden arracimarse alrededor del Wat Phra Kaew, dentro del recinto del palacio, donde reciben unos hisopazos de agua bendita de la mano del propio rey, algo que hasta hace poco era privilegio exclusivo de los príncipes y nobles que, ellos sí, tenían acceso al interior del ubosoth.

En verano, la estatua luce una corona y numerosas joyas. A la entrada del invierno, el rey la cubre con un chal de oro, y en la época de las lluvias, con una rica túnica y un tocado en la cabeza. Es el único momento en el que un ser humano puede acercarse e incluso tocar al buda, el resto del tiempo permanece inalcanzable en su hornacina de oro, en lo alto del altar, guardado por dos estatuas doradas de tamaño natural del Prabang (buda erguido).

El patrón de la medicina

Los devotos se convierten ese día en actores entusiastas, se apoderan de las calles, se engalanan con ropajes coloridos para contribuir al espectáculo, ensayan sus movimientos, sus ritmos, sus cánticos... y se emocionan profundamente con la ceremonia.

Los visitantes descubren con asombro un surrealista conjunto escultórico, presidido por una estatua negra de un monje ermitaño

Al pie de la escalinata de entrada al templo, los visitantes descubren con asombro un extraño y surrealista conjunto escultórico, presidido por una bella estatua en piedra negra de un monje ermitaño. Es considerado el patrón de la medicina, y los creyentes le encienden palitos de incienso y depositan flores y frutas en su entorno para que interceda por la salud de sus allegados.

Magia, superstición y fe se funden en todas las religiones y calan tanto en el pueblo como en sus dirigentes. Los Chakri, por ejemplo, que han reinado en Tailandia desde el siglo XIX, creen que el día que el Buda Esmeralda desaparezca de Bangkok será el fin de su dinastía. No es extraño que lo cuiden.

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