Patagonia: rumbo al fin del mundo
Argentina y Chile se reparten la tajada más austral del Cono Sur, y no precisamente como buenos hermanos. Las riñas fronterizas son una constante entre ambos países, ávidos por arañarle siquiera unas hectáreas a esta inmensidad tapizada de campos de hielo, pampas barridas por un viento infernal, bosques, cordilleras y lagos virginales por los que vagan como fantasmas los témpanos de azul sobrenatural que se desprenden de sus glaciares.
Oficialmente, Argentina viene a ser dueña y señora de sus tres cuartas partes y a Chile le corresponde el resto del pastel, aunque ni siquiera en eso parecen unos y otros ponerse de acuerdo con respecto las medidas exactas de este territorio en lo más indómito e insobornable que haya parido la Naturaleza. Sí suelen, eso sí, coincidir al afirmar que su último vértice linda con el mismísimo fin del mundo. La siguiente parada sería la Antártida.
El Parque Nacional Torres del Paine, con el mítico sendero de la W que hilvana en unos cinco días de caminata sus panorámicas más despampanantes, es la estrella indiscutible de la porción chilena. Del otro lado lo sería el Parque Nacional Los Glaciares, en cuyo norte los picachos del cerro Fitz Roy despuntan sobre ese epicentro del trekking que es la aldea del Chaltén mientras, hacia el sur, preside su majestad el Perito Moreno. Un entramado de pasarelas permite asomarse a la empalizada de hielo de este famosísimo glaciar y esperar al rugido que provocan los constantes desmoronamientos de sus aristas.
Incluso unos barquitos se atreven a arrimarse a su imponente frente de cinco kilómetros y sus alturas de hasta 70 metros de nieve compactada; casi como un edificio de veinte pisos. Desde cubierta se aprecia toda la monumentalidad de este imprescindible glaciar que, sin embargo, no es ni por asomo el más superlativo de los tres centenares que atesora el parque: las paredes del Spegazzini alcanzan 135 metros a la vertical y, aunque en las hechuras del Perito Moreno cabría entera la ciudad de Buenos Aires, el Upsala o el Viedma le triplican tranquilamente el tamaño.

