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La Lisboa del inspector Zé Coelho

Leyendo las novelas ambientadas en Portugal de Robert Wilson no sólo se descubre la Lisboa contemporánea, sino también cómo ha ido cambiando la ciudad y su entorno, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días.


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Javier Mazorra

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Actualizado martes 22/02/2011 19:18 horas

A veces de la mano del inspector Zé (José Alfonso) Coelho, pero muchas otras siguiendo el rastro de un sinfín de personajes, a medio camino entre la realidad y la ficción, este escritor británico afincado en Portugal nos desgrana en Sólo una muerte en Lisboa, ganadora del prestigioso Gold Dagger Award de 1999, y en En compañía de Extraños, los últimos sesenta años de la historia del país, señalando de forma precisa las diferentes mutaciones que se han ido produciendo, tanto en los diferentes barrios de capital como en la Costa de Estoril.

El descubrimiento del cuerpo sin vida de una joven en la playa de Paço de Arcos donde habita nuestro carismático policía sólo sirve de punto de partida para una complejísima trama que tan pronto nos lleva a ese Estoril de los años cuarenta donde los alemanes y sus aliados utilizaban el desaparecido Hotel Parque mientras que los británicos y afines se aferraban al Hotel Palacio, como nos conduce al Barrio de Lapa, donde los contrincantes de la Segunda Guerra Mundial compartían el mismo paisaje -la antigua embajada alemana ahora está ocupada por los chinos y la británica se va a convertir en un residencial de lujo-.

Para luego descubrirnos rincones del centro como la Praça da Alegría, donde aun se pueden ver las ruinas de la pensión que pudo servirle de inspiración para la trama de la novela, o el lugar en la Rua Antonio María Cardoso del Chiado donde se encontraba la sede de la siniestra Policía secreta de la era Salazar para luego asomarnos a la Rua San Paolo y al barrio del Mercado de Ribeira donde siguen en pie muchas de las pensiones donde encontraban refugio los miles de judíos que llegaban de todo Europa camino de América.

Camino de Cascais

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De Cascais, donde viven varios personajes nos cuenta, que «hace tiempo fue un pueblecito de pescadores con casas que se precipitaban por abruptas cataratas de calles adoquinadas hasta el puerto. En la actualidad era la pesadilla de un urbanista, salvo de aquellos a quienes se habían adjudicado los muchos proyectos de desarrollo. Era una ciudad turística con una población indígena de mujeres que se vestían para ir de compras y de hombres a los que no habría de dejar salir de un club nocturno. Se había desguazado la visa real para sustituirla por un cosmopolitismo internacional...». Nada ha cambiado sin embargo en Azoia ya muy cerca del Cabo de Roca donde fuera de algunas construcciones nuevas todo sigue igual que en la novela.

Cuando se refiere a Lisboa resulta curioso comprobar cómo gran parte de esa ciudad que tanto nos sigue seduciendo fue no sólo producto de la época de Pombal sino también de la era de Salazar y muy en especial de ese periodo de la Guerra cuando el país recibió de uno y otro lado ingentes cantidades de dinero para luego transformarse a finales del S.XX en algo distinto: «No necesitaba recordatorios. Lo sabía. Lisboa había cambiado más en los últimos diez años que en los dos siglos y medio siguientes al terremoto...».

En vertiginosos paseos con o sin banda sonora (en compañía de Al Green... «I am so tired of being alone») nos lleva de forma virtual desde el Arco de Triunfo de Terreiro do Paço, al Instituto de Medicina Forense pasando por rua Alfandega, la Rua da Madalena, el Largo de Martin Moniz o la rua de Sao Lazaro cercana al Hospital de Sao José. Si repetimos el itinerario sólo la inmensa plaza dedicada a Martín Moniz podría resultar irreconocible a sus personajes.

El centro cosmopolita

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En la Baixa seguimos reconociendo esa zona de bancos donde tantos alemanes como portugueses guardaron sus tesoros y secretos durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la Posguerra. Ahora uno de ellos se ha convertido en el MUDE, el muy recomen dable Museo de la Moda y el Diseño. En la Praça del Rossio nada parece haber cambiado aunque, en realidad, sólo permanece el Café la Suiça como testigo privilegiado de muchas de las intrigas que se vivieron durante aquellos tumultuosos años.

Aunque En compañía de extraños no es una secuela propiamente dicha de Sólo una muerte en Lisboa nos complementa con multitud de datos la visión de una ciudad extrañamente cosmopolita a pesar de haber permanecido bajo un férreo régimen dictatorial durante cerca de medio siglo.

Del Lisboa más reciente nos indica los cambios que se han producido en Belém con la aparición de «ese Bunker o nuevo Centro Cultural», la transformación de los muelles bajo el Puente de Alcantara, la aparición de gigantescos centros comerciales como el Colombo o urbanizaciones como la de Odivelas. También nos sugiere que descubramos la rua Almirante Reis, profundamente arraigada en la vida lisboeta pero marginada de los itinerarios turísticos.

Aunque por el momento parece más interesado en Sevilla a través de las aventuras de Javier Falcón, esperemos que pronto Wilson nos sorprenda con una nueva aventura del inspector Zé Coelho que le sirva para desvelarnos la Lisboa del S.XXI.

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