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Magia y fervor del sincretismo indígena

El pueblecito de San Juan de Chamula, en Chiapas, fascina por sus rituales mágico/religiosos hasta el punto de convertirse en centro de peregrinación para las comunidades mayas de los alrededores y en foco de atracción turística que imanta a visitantes del mundo entero.


[foto de la noticia]

Texto | Fotos: Francisco López-Seivane

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Actualizado lunes 14/03/2011 09:56 horas

San Juan Chamula es un pueblecito de Chiapas, a menos de quince kilómetros de San Cristóbal de las Casas, pero la singularidad de su pequeña iglesia y los fascinantes rituales mágico/religiosos que allí se practican lo han convertido en un centro de peregrinación para las comunidades mayas de los alrededores, una rara reliquia del sincretismo indígena y un foco de atracción turística que imanta a visitantes del mundo entero. Vaya por delante que el nombre de San Juan hace referencia al Bautista, a quien se le profesa una especial devoción en la comarca. Chamula, en cambio, es un gentilicio utilizado para nombrar a diversas etnias que habitan la sierra de Chiapas, particularmente a los totzil, tzektal, mame, tojolabal y choles.

Las peregrinaciones más importantes tienen lugar los días de Santa Marta y Santa Magdalena, a quienes se considera patronas de la comunidad. Vecinos de todas las poblaciones cercanas caminan esos días en procesión hasta la iglesia de San Juan portando las imágenes de las santas vestidas con costosos huipiles tradicionales. Pero la fiesta mayor se celebra el 24 de junio, día de San Juan, en cuya festividad las autoridades visten trajes ceremoniales y portan un bastón de mando supuestamente heredado del propio San Juan.

El vecino cementerio es también un lugar muy peculiar. Alrededor de las ruinas de la iglesia de San Sebastián las sepulturas se extienden sin adornos ni lápidas que las identifiquen, simplemente señaladas por cruces de múltiples colores, que, al parecer, ni siquiera son cristianas, sino mayas. Incluso se dice que algunas de ellas son anteriores a la llegada de los españoles. De los muchos lugares que he conocido en este perro mundo, pocos me han impresionado tanto como la iglesia de San Juan Chamula, situada, ya digo, en pleno altiplano chiapaneco, a más de dos mil quinientos metros de altura. Desde fuera tiene la apariencia inocente de un pequeño templo de estilo colonial, pero basta cruzar el umbral para entrar en un mundo surrealista dominado por el sincretismo del pueblo maya.

Miles de velas encendidas

[foto de la noticia]

El cristianismo que les enseñaron los españoles y sus propias tradiciones se han fundido aquí de tal manera que ya nadie sabe exactamente en qué creen. Su fe, sin embargo, es tan ingenua y desconcertante que en esta iglesia de Chamula casi todas las lágrimas son vertidas por visitantes conmovidos. Apenas entrar, el aroma inconfundible del ocote, la resina de pino que los tzotzil utilizan como incienso en sus ceremonias, impregna todo el recinto, Desde primera hora de la mañana, miles de pequeñas velas encendidas erizan de fuego el piso, mientras los cánticos y rezos de los ilol -chamanes oficiantes, a mitad de camino entre el sacerdote y el curandero-, llenan de murmullos el aire y de estupefacción el ánimo de los presentes.

Las peregrinaciones más importantes tienen lugar los días de Santa Marta y Santa Magdalena, las patronas.

A ambos costados, sendas ringleras irregulares y desordenadas de destartaladas hornacinas -con su correspondiente santo dentro- añaden una pincelada surrealista al conjunto. Cada una ostenta un letrero con el peculiar nombre de su inquilino: San Pedro, dueño de la llave, San Sebastián, martil, San Juan, el que secó el agua, Sra. Lupita (la virgen de Guadalupe), Manolito (Jesús, a quien no acreditan como hijo de Dios), etcétera. Muchas lucen espejos que sirven para reflejar el mal.

Para no perderse en el caos, ni molestar a los numerosos grupos familiares que imploran por sus deudos de rodillas o sentados en el suelo, los desconcertados visitantes avanzan por un sendero de hierba seca que lleva hasta el ábside central, donde debiera hallarse el altar; pero allí no hay otra cosa que más velas, más grupos de indígenas sentados ante una ristra de botellas de coca cola, fanta y otros sorprendentes brebajes de consumo masivo, transformados por arte de magia en pócimas infalibles para eructar el mal viento. El producto estrella es el pox (pronúnciese posh), un licor extraído del maíz que substituye al vino de la misa y que el oficiante bebe sin desmayo a lo largo de sus conjuros, a veces escupiéndolo, a veces tragándolo.

Los 'cinco días infelices'

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Tres veces al día han de reunirse en la iglesia, con el ilol al frente, los miembros de la familia afectada para encender sus velas y efectuar los rezos y ceremonias con que esperan obtener los favores del santo de turno. Para los tzotzil, todo ilol tiene un don innato que le capacita para diagnosticar los males del espíritu, causa inequívoca de las enfermedades del cuerpo, y prescribir un tratamiento de rezos, sacrificios y ceremonias que devolverá la salud al enfermo. Para mayor despropósito, allí no hay párroco ni se celebra misa alguna; solamente una vez al año, el día de San Juan, entra un sacerdote en el templo para bautizar a los niños en nombre de alguien en cuya divinidad no creen. No es de extrañar, pues, que la gran celebración de esta comunidad sea el Carnaval, en lugar de la Navidad.

El producto estrella es el 'pox' (pronúnciese posh), un licor extraído del maíz que substituye al vino de la misa.

Durante los cinco días infelices del calendario maya se suceden toda clase de procesiones, rituales, danzas y celebraciones que culminan con la espectacular Carrera del Fuego, sobre un lecho de ramas de pino ardiendo, el famoso Kin Tajimoltic. En tal ocasión, el sincretismo religioso de los totzil se acentúa hasta límites insospechados, no permitiéndose siquiera la presencia de mujeres en la celebración. Los mayas de la comarca de San Juan creen que hubo una fusión entre San Juan Bautista y el ajaw, y que aquel, indianizado, se fue a vivir a al vecino cerro Tzontehuitz, que se encuentra a oriente del municipio, desde donde vela por las almas de los chamulas.

¿Quién quiere perderse algo así?. A pesar de que la distancia con los turistas es abismal y de que los tzotzil no permiten ni siquiera que se les fotografíe, la visita a este pequeño pueblo chiapaneco, a sólo unos kilómetros de San Cristóbal de las Casas, bien vale un viaje desde el viejo continente. En ningún otro lugar del mundo puede encontrar el viajero tradiciones tan vivas, complejas y genuinamente preservadas como aquí.

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