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Lalibela, la fe esculpida en piedra

Es difícil encontrar otro sitio donde la profundidad de la fe sea tan evidente como en la antigua capital de Etiopía, donde se hallan algunas de las más extraordinarias iglesias que ha conocido el mundo. Se trata de los templos excavados en roca viva que, en su conjunto, forman parte hoy en día del gran Patrimonio de la Humanidad.

Francisco López-Seivane

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Actualizado martes 29/03/2011 19:06 horas

Es difícil encontrar un etíope que no haya peregrinado a Lalibela o, al menos, que no refleje en su rostro sentimientos mezclados de alegría, orgullo y devoción cuando alguien le menciona el nombre del lugar más sagrado de Etiopía. También es difícil encontrar otro sitio donde la profundidad de la fe sea tan evidente como en esta antigua capital del país, donde se hallan algunas de las más extraordinarias iglesias que ha conocido el mundo. Me refiero a los numerosos templos excavados en roca viva, que, en su conjunto, forman parte hoy del gran Patrimonio de la Humanidad.

Una de las cosas que más impresiona al viajero que llega por primera vez a la moderna Etiopía es la devoción religiosa que impregna -como el agua, casi sin notarse- todo su tejido social. No olvidemos que este país fue el primer estado cristiano del mundo, tras Armenia, y que sigue inquebrantablemente el rito ortodoxo desde el siglo IV. Aunque no sería hasta el siglo XII, cuando el emperador de la antigua Roha, Lalibela, un ferviente cristiano a quien, según la leyenda, el mismo Dios se le apareció en varias ocasiones, emprendiera este colosal proyecto, que se completaría en sólo doce años.

¿Mano de obra esclava?

Nadie sabe a ciencia cierta cuantos miles de hombres hubieron de picar de sol a sol para tallar en tan poco tiempo y tan primorosamente las once iglesias, divididas en tres grupos bien diferenciados, que se suceden, ladera abajo, siguiendo el perfil de la colada de lava en la que están incrustadas, pero es de admirar la inteligencia y bajo coste de todo el proyecto. Los materiales de construcción fueron aportados íntegramente, a pie de obra, por la propia Naturaleza. A coste cero, naturalmente. Está en discusión si la mano de obra procedía de la esclavitud o fue prestada voluntariamente por miles de devotos encendidos de fe, lo cierto es que también resultó gratuita. Los materiales de desecho tampoco necesitaron transporte. ¡Qué diferencia con los dispendios de las catedrales que se levantaban al mismo tiempo en el mundo católico!

Tras la muerte de Lalibela, la antigua Roha tomó el nombre del emperador que tanto la engrandeció.

Tras la muerte de Lalibela, la antigua Roha, convertida ya para siempre en la capital espiritual de Etiopía, tomó el nombre del emperador que tanto la engrandeció. Aunque hoy es una población que no pasa de veinte mil habitantes, aún sigue atrayendo a cientos de miles de peregrinos y a un número creciente de turistas deseosos de admirar sus templos únicos. En el primer grupo de iglesias, junto al pueblo original, se encuentra la mayor de todas y, sin duda, la más deteriorada, Bet Medhane Alem (Casa del Redentor del mundo), que se parece más a un templo griego que a una iglesia cristiana. Cincelada a partir de un bloque de piedra de 33 x 23 metros, con su tejado volado sujeto por grandes columnas exteriores, tiene una apariencia formidable.

El interior, también magnífico, aparece poblado de grandes columnas alineadas con las exteriores, techos espectaculares y coloridas alfombras cubriendo el suelo desnudo. Se dice que es una réplica de la Iglesia original de Santa María de Zion, en Axum, la primera construida en el país en el siglo IV, pero de la que ya no quedan sino las ruinas. Tanto dentro como fuera de este templo, lo más conmovedor y llamativo es la devoción con la que docenas de sacerdotes ejecutan sus ritos y cantos diariamente, mientras los peregrinos no dejan de postrarse, abrazar las columnas y besar las paredes con gestos que recuerdan más las costumbres musulmanas y judías que las propiamente cristianas.

Ungimiento religioso

Pero la iglesia favorita de la mayoría de los fieles es otra. Por un laberinto de pasadizos excavados en la roca, y no siempre fáciles de transitar, se llega a Bet Maryam (La Casa de María), la más antigua de todas y, desde luego, la que más devoción despierta entre los fieles. Siempre está llena de sacerdotes, monjes y devotos que cantan, leen, se postran y oran en cualquier rincón, aunque muchas veces sorprende tristemente el contraste entre el ungimiento religioso de los devotos y la despreocupada trivialidad de los turistas. El segundo grupo de iglesias está, como queda dicho, muy próximo al primero, junto. La mayoría de las iglesias son más bien pequeñas, lóbregas y desnudas, excepto por las alfombras que tapizan el suelo y algunas telas con motivos sagrados que cuelgan de las paredes, pero siempre tienen, al menos, un sacerdote ensimismado en su Biblia en algún rincón, aun cuando no cuenten con más luz que la de las velas.

El interior de Bet Giorgis es ciertamente armónico, con sus brazos simétricos y su perfecta orientación.

Muchos expertos en arte consideran a Bet Emmanuel la más impresionante y refinada de las iglesias de Lalibela. Perfectamente encajada en su cuna de piedra, su diseño reproduce el elaborado estilo axumita, de corte más bien clásico, algo comprensible si se tiene en cuenta que todas las iglesias parecen ser réplicas de templos ya existentes, antes que obras originales de artistas desconocidos. Mención aparte merece el tercer grupo, que se compone de una sola iglesia, Bet Giorgis (La Casa de San Jorge), la última en construirse, asomada al valle, muy por debajo de las otras diez. Cuenta la leyenda que cuando ya finalizaban las obras de los dos primeros grupos, San Jorge, el patrón del país, se le apareció muy enfadado al emperador Lalibela, reprochándole que no le hubiera dedicado ningún templo. Lalibela le prometió el mejor de todos y eligió para ello una plataforma inclinada que se asoma al magnífico valle.

Allí hizo excavar un perfecto rectángulo, dejando en el medio un monolito en forma de cruz simétrica de anchos brazos, que, en adelante, seria conocida como la Cruz de Lalibela. Sobre la cubierta cruciforme, aparecen los bajorrelieves de tres cruces griegas, la una dentro de la otra. El acceso al fondo de la trinchera se hace por un túnel. Por allí enseñan a quien quiera verlas «las muescas que las pezuñas del caballo de San Jorge dejaron en alguna de sus visitas para inspeccionar las obras». El interior de Bet Giorgis es ciertamente armónico, con sus cuatro brazos simétricos, su perfecta orientación y su considerable altura, pero es la vista del templo desde los montículos cercanos lo que inspira fuertes sentimientos de paz, armonía, belleza y serenidad. Particularmente, al atardecer, cuando la luz dorada de un sol agonizante entra en su cuna de piedra y le pinta las paredes de rosa y limón.

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