Las cataratas del Iguazú:
fuerza entre dos aguas

Sin prisa y con los ojos bien abiertos. Así es como hay que ir a empaparse a las Cataratas del Iguazú. Brasil y Argentina comparten estas cascadas con más de 60 metros de caída. Descubiertas en 1542, es uno de los lugares de peregrinación para todos aquellos que quieran deleitarse paseando entre uno de los milagros de la naturaleza.

Texto: Margarita Herrán | Fotos: Marta Romero

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Actualizado miércoles 01/12/2010 13:23 horas

Cuenta la leyenda guaraní que una preciosa muchacha, llamada Maipú, vivía a las orillas de un río. Tal era su belleza, que un dios se enamoró perdidamente de ella. Desesperado, al ver que la joven prefería a un chico del poblado, el dios se enfureció. Los enamorados intentaron escapar en canoa para poder vivir libremente su historia. Pero el dios, enfermo de celos, dio vida a unas enormes aguas para prohibirlo. Así nacieron las Cataratas del Iguazú, un lugar que atrapó a Maipú y que hoy en día deja prendado a cualquiera que se acerque a este Parque Nacional, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Una vez que se cruza la entrada principal del Parque, la humedad se apodera lentamente de cada poro del cuerpo. Es entonces cuando empieza la verdadera aventura, en la que el agua dejará ver su lado más atrevido, su lado más salvaje. Los caminos están perfectamente señalados y llega un momento en el que los árboles y las plantas envuelven totalmente a los turistas. Entre tanto, las mariposas de colores revolotean alrededor.

Parece que no conocen el miedo. La cámara se convierte en compañera imprescindible, porque estos insectos buscan descaradamente ser las protagonistas de las mejores fotografías. Tucanes, tortugas y lagartos completan el elenco de animales que no se esconden y van custodiando el camino. Todo se transforma y casi sin darse cuenta, uno se descubre en medio de la selva.

La garganta del Diablo

Las cataratas empiezan a asomarse entre los árboles, pero la gran joya del Parque Natural del Iguazú se hace de rogar. Sólo es accesible a través del Tren de las Cataratas, en la Estación Garganta del Diablo. Una pasarela gigante sirve de guía para poder adentrarse en esta maravilla de la naturaleza. Durante algo más de dos kilómetros de caminata, se pueden ver los saltos del Iguazú. Diferentes alturas, en las que se esconden los vencejos de cascada, unas aves con patas muy cortas que construyen sus nidos en las paredes interiores.

Con sesenta y cuatro metros de caída, resulta imposible ver el final de la catarata

Si se mira con atención, el agua y el sol se mezclan a la perfecciónn y son capaces de pintar más de un arco iris. La pasarela sigue marcando el camino, para terminar de pleno, en el punto más alto del Parque. De pleno, porque la pasarela de acero roza el borde de la Garganta del Diablo, y el agua, ayudada por el aire, salpica a todo el que no conozca la palabra vértigo. Con 64 metros de caída, resulta imposible ver el final de la catarata.

El agua cae sin respiro y es capaz de encandilar de la misma manera que lo consigue el fuego en las Noches de San Juan. Son muchas las personas que, atraídas por el descenso del caudal, decidieron acabar con sus vidas tirándose por este salto, que cruza justo por la frontera de los dos países.

Siguiendo la ruta marcada, se llega al Bossetti, un salto dónde mojarse es cosa de niños. El agua pulverizada, producida por el choque contra las rocas, hace que haya una incesante lluvia. Su caudal no es el más grande y posiblemente el estruendo de su agua pase desapercibido, pero aún así, merece la pena acercarse a Bossetti. La cercanía con la que se puede observar el caer de la Catarata, es una sensación increíble que envuelve, cautiva y relaja.

En lancha hasta la isla de San Martín

Navegar por estas aguas es una tentación prácticamente irresistible. Chubasquero y salvavidas en mano, en el embarcadero esperan las barcas que llevan al corazón de las Cataratas del Iguazú. La Isla de San Martín es un paraíso aparte, que enseña unas panorámicas simplemente espectaculares. El cine ha sabido aprovecharse de ellas, y la película La Misión, de Robert De Niro y Jeremy Irons, supo sacar el mejor lado de estos paisajes.

Su belleza indiscutible, hace que cada día miles de personas busquen llegar hasta aquí, para poder descubrir como la arena de la playa busca mimetizase con las cascadas y con el verde de la selva. Pero las sorpresas no acaban aquí. Los guías son conscientes del valor medioambiental de la Isla, por eso descubren lentamente cada uno de sus rincones. Una gran escalera lleva al mirador principal de San Martín.

Allí, en esa ventana natural, se manifiesta la grandeza de las Cataratas del Iguazú, al mismo tiempo que uno aprende lo que es respirar aire puro. La Garganta del Diablo reaparece, esta vez más lejana, pero en todo su esplendor, pidiendo que, sin prisa y con los ojos bien abiertos, grabemos esta imagen en nuestra memoria.

 
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