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Blog Blog Ventanilla o pasillo, por Javier Mazorra

Lanzarote con Higueras

Vuelvo a Lanzarote. Esta vez de la mano de Fernando Higueras. No importa que ya haga dos años que nos dejó físicamente. Este gran arquitecto sigue siendo una de las figuras clave del desarrollo turístico de la isla. Sólo hay que acercarse al que ahora conocemos como Gran Meliá Salinas para comprobarlo.

Javier Mazorra

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Actualizado lunes 22/11/2010 09:57 horas

Treinta y tres años después de su inauguración se ha convertido en una leyenda. Todavía es el único hotel Cinco estrellas Gran Lujo de Lanzarote pero su importancia supera cualquier clasificación administrativa. Su construcción marcó un antes y un después en la arquitectura hotelera de Canarias.

En colaboración con César Manrique crearía una obra original, cuidada hasta en el más mínimo detalle que aun atrae en peregrinación a numerosos estudiantes y aficionados a la arquitectura contemporánea. Y eso a pesar de que la estela de Fernando Higueras después de unos años gloriosos, allá por los sesenta y setenta del pasado siglo, se ha apagado casi por completo, convirtiéndose en una figura 'rara', marginal, sólo recordada y reconocida por unos pocos.

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Yo siempre lo recordaré como la persona que me introdujo a Lanzarote. Mi primer contacto con él fue como arquitecto del colegio Estudio en el barrio de Valdemarín de Madrid donde estudié los últimos años del bachillerato. Haber disfrutado de ese extraño edificio de hormigón recubierto de tejas rojas es lo mejor de aquellos años. Muy pronto me interesé en otros de sus edificios en el mismo Madrid como la enigmática 'Corona de Espinas' que terminaría acogiendo la Escuela de Restauración de la Universidad Complutense o un complejo edificio de viviendas en la Glorieta de San Bernardo, además de muchos estudios de artistas de aquella época como Lucio Muñoz.

Todos tenían en común unas formas muy orgánicas de enorme complejidad que rompían con la pureza de líneas que dominaba la arquitectura que hacían sus contemporáneos pero, sobre todo, destacaban por la inusitada delicadeza de su utilización del cemento armado casi siempre de color blanco. Recuerdo que aproveché la primera oportunidad hacia finales de los setenta o quizás ya en mil novecientos ochenta para conocer su Hotel Salinas en Lanzarote del que todo el mundo hablaba en aquella época.

El impacto fue enorme. De alguna forma reconocí que se había superado a sí mismo y al mismo tiempo había cumplido a la perfección el encargo de construir el gran hotel con un gran número de habitaciones que le habían encargado. Si por fuera sorprendían las terrazas escalonadas cuajadas de vegetación, sólo había que introducirse en su interior para descubrir un exuberante jardín tropical envuelto en una estructura sumamente refinada donde el hormigón blanco se transformaba en encaje, sosteniendo al mismo tiempo una elegante marquetería de madera que aportaba un rotundo toque de clase al conjunto.

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Por otra parte me encantó un sugerente diálogo que se entablaba entre el mármol de los suelos con los murales de César Manrique realizados en piedra volcánica, aunque quizás, desde un punto de vista arquitectónico, lo que más me llamó la atención fue la fascinante proa con la que había rematado el edificio en su cara al mar y muy en especial las dos escaleras de caracol que daban acceso a la terraza. Pero había aun más por descubrir en el hotel, tanto de su mano como de la de Manrique -para quien había proyectado su casa en Camorritos en la Sierra Madrileña-.

Desde aquella primera visita de descubrimiento que aprovecharía para explorar el resto de la isla, he vuelto unas cuantas veces al Salinas, reconociendo siempre algún aspecto que se me había pasado por alto, como la piscina ribeteada de blanco que sería imitada en otros muchos hoteles durante una década; la curiosa forma de rematar los techos de las habitaciones que juega con la percepción del huésped que accede por primera vez a ese espacio relativamente pequeño que se abre al mar.

Hace unos años el hotel tuvo que sacarse un triunfo de la chistera creando con la firma de Alvaro Sanz en un espacio infrautilizado del complejo, una decena de villas balinesas que ya se han convertido en el súmmum del lujo de la cadena Solmeliá y la confirmación de que el Salinas sigue siendo el santo y seña de la hostelería de Lanzarote. Responden a una nueva demanda por parte de un cliente que pide algo que ha visto y probablemente experimentado en otros continentes. Con ello la leyenda del hotel sólo ha hecho acrecentarse. Confirmándose aun mas desde que muchas de las habitaciones han duplicado su espacio al crearse master suites a partir de dos de las antiguas. Eso sí, respetando la estructura original de Fernando Higueras, sobre todo en lo que respecta a los techos y su amor por la madera y otros materiales nobles.

Pero Fernando Higueras dejó también una herencia mucho más sutil en la isla, a través de sus planes generales para ayuntamientos como el de Tías, Yaiza o Playa Blanca cuyo original fue adquirido por el MOMA de Nueva York y que sin embargo muchas veces no se respetaron pero que de alguna forma terminaron formando parte del proyecto de César Manrique que todavía sigue vigente a pesar de los intentos de adulterarlo por parte de algunos políticos y constructores.

Vale la pena recorrer Lanzarote teniendo presente su filosofía y sus escritos. Hay que recordar por ejemplo que gracias a él y con la ayuda de Manrique, no se construyeron cinco mil apartamentos en la isla de La Graciosa, transformándose casi de inmediato en un Parque Natural. El dijo que «lo mejor que hice en la isla fue lo que no quise hacer». Naturalmente se olvidaba del Hotel Salinas.

Sobre el blog

Ventanilla o pasillo: El éxito de un viaje no sólo depende de las bondades del destino a donde uno se dirige...

Sobre el autor

Javier Mazorra es historiador del arte y cuentaviajes, dos vocaciones que comparte tanto en diarios, como en radio, revistas o en la web www.javier-mazorra.com.

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