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Gangotri, el glaciar sagrado

Este río de hielo, el segundo más largo del Himalaya, es uno de los lugares de peregrinación más importantes de la India. El camino que conduce hasta el glaciar es recorrido por miles de peregrinos hinduistas que buscan en sus gélidas aguas el fin del sufrimiento y la felicidad eterna. Ellos lo llaman 'La Tierra de los 105 Dioses'.

Texto | Fotos: Gerardo Olivares

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Actualizado martes 26/10/2010 18:59 horas

Desde que abandonamos las llanuras de Rajastán, un temor me rondaba la cabeza pero no había marcha atrás, debíamos alcanzar el glaciar como fuera. El río Ganges era uno de nuestros grandes objetivos en La Ruta de Samarkanda y en el glaciar se encontraba su nacimiento. Este gran trozo de hielo situado a 4.000 metros de altitud en el corazón de los Himalayas indios forma parte de lo que se conoce como Char Dham, las Cuatro Moradas, que junto con Yamunotri, Kedarnath y Badrinath, forman el más importante circuito de peregrinación de la cordillera.

En la aldea de Gangotri organizamos un grupo de porteadores para que nos ayudara a subir el material de filmación. Los más expertos miraban al cielo algo desconfiados: «Mister, the snow is coming» (Señor, va a nevar) me solían decir. Yo me sorprendía porque hacía un día de lo más apacible y soleado. En cuanto tuvimos todo organizado, llenamos nuestros dos camiones de porteadores y nos fuimos pitando hacia la cabecera del trekking, situada a unos treinta kilómetros de la aldea.

La estrecha carretera de montaña ascendía sinuosa embutida entre cumbres de nieves perpetuas y profundos barrancos que te descomponían el estómago. El paisaje era absolutamente soberbio pero yo no dejaba de pensar como saldríamos de allí si nos sorprendía una nevada. Durante el trayecto no nos cruzamos con ningún vehículo y eso era algo que preocupaba a los porteadores. Si en verano esta carretera está continuamente atestada de tráfico transportando montañeros y peregrinos, en esta época del año nadie se aventuraba a recorrerla y quedarse aislado.

Caminos de funambulistas

Habíamos ideado un plan: descargar todo el material a pie de senda y retornar los camiones a la aldea. La mañana siguiente amaneció con el cielo limpio y despejado, y en cuanto el sol comenzó a calentar iniciamos la marcha. Por delante teníamos unos 20 kilómetros de continuo ascenso a través de un escarpado valle horadado por el mismísimo Ganges. En los cortados, el sendero se estrechaba tanto que había que caminar como los funambulistas, con una caída a nuestra derecha que daba pánico.

El Ganges es un río sagrado y también uno de los más contaminados del mundo

Poco a poco nos íbamos adentrando en el corazón de las montañas Garwhal, morada del invisible leopardo de las nieves. En el frente del glaciar hay una gran oquedad que los hindúes llaman Goumukh, la boca de la vaca. Aquí nace el río sagrado, la madre de todos los ríos del subcontinente indio. Nada más alcanzar Goumukh, los porteadores se lanzaron al riachuelo para beber de sus aguas. Uno de ellos me comentó que es el único lugar en todo su curso donde no es peligroso beber. El Ganges es un río sagrado y también uno de los más contaminados del mundo, como semanas más tarde pudimos comprobar en nuestro descenso en Zodiac hasta Benarés.

Aquella tarde levantamos el campamento junto al glaciar y apenas se ocultó el sol, comenzaron a caer unos copos como puños. A media noche dejó de nevar. Salí de la tienda y la nieve me llegaba por las rodillas. El peor de mis presagios se había cumplido; el viaje de vuelta se iba a convertir en una pesadilla.

Valle de algodón

Con el amanecer nos pusimos en marcha, y apenas rodamos unos planos del lugar, comenzamos a empaquetar. Me hubiera gustado quedarme unos días más y explorar la zona pero lo importante era salir de allí. Volvió a despejarse el cielo y el valle aparecía mullido, como envuelto en algodón. Entraban ganas de tirarse al vacío y rodar montaña abajo. El descenso fue menos peligroso de lo que había imaginado. Los porteadores más expertos iban abriendo huella y acondicionando los pasos peligrosos.

Los porteadores más expertos iban abriendo huella y acondicionando los pasos peligrosos

En seis horas habíamos alcanzado la carretera pero a Sergi y a Xavi aun le quedaban otros treinta kilómetros de marcha hasta la aldea. Nosotros nos quedaríamos a dormir en un pequeño monasterio habitado por tres Babas, y ellos intentarían regresar con los camiones a primera hora de la mañana. Si a mediodía no daban señales de vida, tendríamos que volver caminando, cargando con todo el material.

Apenas estaba acabando el desayuno cuando comenzamos a oír el motor de los camiones en la lejanía del valle, fue una alegría. Yo no podía sentir más felicidad y alivio hasta que descubrí la expresión en el rostro de Xavi: «Gerardo, ponte el Dodotis. No sabes lo que nos espera». Yo le pregunté por qué no se habían dado la vuelta, pero era mucho más peligrosa la maniobra en una carretera tan estrecha que continuar abriendo camino sobre nieve virgen. El peligro de vuelta lo habían provocado los propios camiones compactando la nieve y convirtiendo las rodadas en una especie de raíles de hielo. Recuerdo que pasé la mitad del camino con la puerta abierta por si había que saltar. Nunca en mi vida había hecho un viaje tan angustioso, tenso y peligroso como aquel. Ni en Bolivia seis años antes, cuando tuvimos que recorrer la Carretera de la Muerte.

Final de película

Los momentos más delicados venían cuando atravesábamos las zonas de umbría en las pendientes pronunciadas. Si nos sorprendía una placa de hielo camuflada bajo la nieve, el camión de pronto se cruzaba y se deslizaba hacia el lado del precipicio. Con el cable de nuestro cabestrante y el material de escalada íbamos asegurando los camiones a la pared de la montaña para evitar que acabaran en el fondo del barranco.

Durante estas operaciones, los porteadores descendían del camión, encendían una hoguera, bebían té de cuclillas y nos miraban con curiosidad, como si estuvieran viendo una película de Bollywood.

Poco a poco fuimos avanzando y siete horas más tarde llegamos a la aldea de Gangotri. Esa noche, a pesar de la tensión y del agotamiento, apenas pegué ojo soñando que mis dos camiones descansaban sumergidos en las aguas del sagrado Ganges.

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