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Isla de Banks, en los confines
del Gran Norte

Esta isla, situada en el Círculo Polar Ártico canadiense y dominada por la tundra, 'la tierra sin árboles', es el hogar del buey almizclero, un extraño y primitivo mamífero que está convirtiendo el lugar en un incipiente destino para los amantes de la naturaleza.

Gerardo Olivares

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Actualizado martes 02/11/2010 18:50 horas

Hace unos días asistí a un seminario de cine documental impartido por Patricio Guzmán, prestigioso cineasta chileno y autor de premiados documentales como La batalla de Chile. Mientras nos explicaba diversos aspectos técnicos y artísticos, nos iba proyectando extractos de documentales a modo de ejemplo. En un momento dado, mientras hablaba de la importancia del guión, hizo alusión al Gran Norte canadiense como un lugar desértico y carente de atractivo.

Y nos habló de cómo, gracias al comentario contenido en un magnífico guión poético, y locucionado con la voz profunda del propio autor -no recuerdo su nombre-, ese lugar inhóspito podía llegar a seducirnos. Las imágenes que posteriormente nos mostró del afamado cineasta francés, no hacían justicia a lo que es el Gran Norte. Estuve a punto de levantar la mano y contar mi experiencia, pero al final decidí no hacerlo. Prefiero contarlo aquí.

El reino de los hielos perpetuos

La primera vez que crucé el Círculo Polar Ártico fue en 1987 a lomos de una Vespa 200, tenía 22 años. Con ella atravesé Europa desde Córdoba hasta Cabo Norte, el punto más septentrional al que se puede llegar por tierra en nuestro viejo continente. En ese viaje descubrí el inmenso paisaje boreal de la tundra, y la magia de sus luces fabulosas e irreales que proyectaba el sol de medianoche. El Ártico me cautivó y, de regreso a España, pensé que ya difícilmente podría viajar todavía más al norte, al reino de los hielos perpetuos.

Después de sobrevolar durante dos horas el Océano Glaciar Ártico, aterrizamos en Sachs Harbour, una población Inuit.

Pero cuatro años más tarde, en abril de 1991, me encontraba volando rumbo a la isla de Banks en un pequeño bimotor, ubicada en el Ártico canadiense. Nuestro objetivo era rodar a los bueyes almizcleros, un extraño mamífero semejante al bisonte pero con bastante más pelo y que guarda un cierto parecido con los mamuts. Sólo en la isla de Banks habitan las 3/4 partes de la población mundial. Después de sobrevolar durante dos horas el Océano Glaciar Ártico, aterrizamos en Sachs Harbour, una pequeña población Inuit de 122 habitantes. Es el asentamiento permanente más septentrional que hay en los Northwest Territories, y su nombre se debe al barco Mary Sachs que formó parte de la Canadian Ártic Expedition de 1913.

Al final de la pista de tierra nos esperaba un helicóptero, y sin perder tiempo, trasladamos el material de filmación de un aparato a otro. Sólo disponíamos de unas cuantas horas para localizar un rebaño de bueyes almizcleros en un territorio de 70.000 km2. El vuelo, a ras de suelo, sobre lagos helados de color verde esmeralda, azul turquesa y rojo cobrizo, nos transportó a un mundo mágico y extraño como jamás había imaginado. Fernando González, el biólogo del equipo, escribió en su diario de viaje: «Sobrevolamos los dominios de la tundra, la tierra sin árboles, del viento y del permafrost... Y parecía como si Dios hubiera jugado con su paleta de colores y hubiera limpiado sus pinceles en aquellos lagos».

El sol de medianoche

Tras un fabuloso vuelo de 20 minutos, localizamos un buen grupo de bueyes almizcleros. Primero los sobrevolamos a baja altura para filmarlos desde el aire, luego aterrizamos detrás de una loma y nos fuimos acercando sigilosos para no ser descubiertos. En cuanto nos olieron, adoptaron la posición de defensa, formando un círculo y dejando a los más pequeños en el centro. Detrás de nosotros, a cierta distancia, nos seguía el piloto, que nos cubría armado con un potente rifle. Cuando los teníamos a tiro, montamos la cámara en el trípode y colocamos un objetivo Canon de 600 mm. Eran las cinco de la madrugada pero el sol de medianoche nos permitía rodar sin problemas. Así estuvimos más de una hora, hasta que una densa niebla comenzó a cubrir la isla y el piloto decidió retornar a la base.

De regreso a Sachs Harbor, nos fuimos a desayunar al Kuptanas Guest House, el único lugar en la isla donde poder comer y hospedarse. Mientras daba buena cuenta de un par de huevos fritos con carne de reno, pensaba donde nos encontrábamos; era posiblemente, junto con el oasis de Fachi, en el desierto del Teneré (Níger), el lugar habitado más aislado al que he viajado. La diferencia es que aquí me estaba comiendo dos huevos fritos con cerveza, porque este trozo de tierra perdido en el Polo Norte sigue siendo Canadá.

 
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