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Blog Blog 5ª Avenida, por Ángel Jiménez de Luis

El café como arte

En Manhattan, el café empieza a ser un asunto muy serio. Catas, variedades únicas y más de una docena de locales que compiten por preparar el mejor expreso o café de filtro.

Ángel Jiménez de Luis

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Actualizado jueves 23/09/2010 18:25 horas

A pocos metros de mi casa, en Christopher St. hay una pequeña tienda a la que me gusta llevar a todos los que vistan el West Village: McNulty’s. Lleva en pie desde 1895 y durante los últimos 115 años lo único que ha vendido es café y té. Mantiene los muebles originales y presume de tener la mayor selección de granos de Nueva York. Lo más moderno que hay en la tienda es un molinillo eléctrico que debe de tener más años que un servidor. Sólo entrar y oler el ambiente te proporciona cafeína para el resto del día.

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Cómo sigue en pie después de todo este tiempo es un misterio pero lo cierto es que el negocio nunca fue mejor. De repente, el café se ha convertido en el nuevo vino de los Estados Unidos. Se organizan catas, se abren templos dedicados exclusivamente a saborearlos y en los barrios más hip de la ciudad te miran mal si te impacientas a la hora de pedir un expreso o si sueltas un suspiro mientras el barista dibuja algo con la crema. Nespresso ha abierto una nueva tienda en el SoHo (hasta ahora sólo estaban en la zona centro de Manhattan), pero no se te ocurra ir salvo que seas George Clooney y te paguen por hacerlo. ¿Starbucks? Si fuera por ellos, los quemaban todos.

Cada local tiene sus reglas pero son confusas y contradictorias. Algunos no entienden que el café puede llegar a quemarse y piensan que el punto de ebullición es lo más cerca que se puede estar del cielo en la tierra. En otros tiran el primer expreso que sale de la máquina –es cierto que conviene calentarla, pero basta con agua- y sólo sirven el segundo. Olvídate de pedir leche desnatada y más te vale saber al menos media docena de denominaciones de origen. Este verano, por ejemplo, se ha puesto de moda el Panama Esmeralda Especial Mario Carnaval, que se vende a casi 60 euros en una jarrita de 340 gramos.

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Los más puristas tienen un molinillo para cada variedad de café y cada uso. En algunas tiendas no te sirven el café para llevar, hay que tomarlo en taza de cerámica y caliente porque no sabe igual. McNulty’s me gusta –compro siempre mi café ahí- porque sus dueños son completamente ajenos a todo este circo. Se dedican a lo suyo, te aconsejan bien, te preguntan cómo vas a hacer el café (¿máquina de espresso? ¿café de filtro?) y lo muelen de acuerdo a tu técnica si no tienes en casa un molinillo. No hay esnobismo de por medio y la única lástima, la verdad, es que no sirvan el café ya preparado en la barra. Cuando no tengo ganas de hacerlo en casa me acerco a Joe the Art of Coffee, en Waverly Place, considerado un buen sitio para ver famosos con las legañas aún en los ojos (Philip Seymour Hoffman suele ir algunas mañanas, por ejemplo, y Gwyneth Paltrow también se deja caer de cuando en cuando).

Es uno de esos locales que he descrito antes, aunque tienen la decencia de no mirar mal a los que lo único que sabemos de café es que es negro y te despierta por las mañanas. Hay días en los que me sacan de mis casillas pero hay que reconocer que el resultado merece la pena.

Sobre el blog

La vida, como cualquier viaje, se puede hacer en primera clase. Descubra los lugares, objetos y placeres reservados a quienes no tienen límite en la tarjeta de crédito.

Sobre el autor

Ángel Jiménez de Luis, periodista, vive con el temor constante de acostumbrarse a una vida que no puede permitirse pero que disfruta en pequeñas dosis. Escribe también El Gadgetoblog.

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