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Próximos días

Remontando el río Níger: de Mopti a Tombuctú

Un total de 4.180 kilómetros de andadura desde Guinea a Nigeria, pasando por Mali o Benin, por aldeas de casas bajas e hipópotamos que pastan al sol, por baobabs y pescadores echando la red. Es el recorrido de este río africano que se convirtió en mito y que todavía conserva aquello que fue.

Texto | Fotos: Martín Correa-Urquiza

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Actualizado martes 31/08/2010 18:17 horas

Cuatro días navegando en aguas calmas, entre aldeas de casas bajas, hipopótamos que pastan en las orillas y mezquitas de barro que resguardan a los fieles del sol. Cuatro días en zig-zag, surcando un río que fue mito y aún hoy conserva todo aquello que fue. El Níger une África; son 4.180 kilómetros de andadura que nacen en Guinea, atraviesan Mali, Níger, Benin y Nigeria para desembocar en el Atlántico sur. El Níger es sobre todo la conexión histórica entre el Sahara y el sur del continente, la conexión para mercaderías y personas, para el intercambio permanente entre los tuaregs, los bambara, los bozo, los peul y las otras comunidades del territorio.

Pero es también una puerta de entrada, el sendero otrora secreto que lleva a Tombuctú. Por estas aguas, según los reportes, llegó René Caillié, el primer europeo que vestido con ropas locales, media docena de palabras en árabe y un conocimiento importante de El Corán, se acercó finalmente a la capital sagrada del Islam y pudo volver a casa. Fue en 1827. Hasta entonces, Tombuctú había sido un misterio para Occidente. De hecho, el inglés Alexander Gordon Laing logró encontrarla un año antes, pero fue descubierto y asesinado a la salida de la ciudad.

Un entorno de arrozales

Hoy, las amabilidades son otras, las predisposiciones a recibir a los otros culturales han cambiado. Sin embargo, el paisaje del Níger es el mismo. Es un entorno de arrozales bañados por el río, de pescadores viviendo entre redes, de baobabs y palmeras reventando los horizontes planos, de mezquitas que mantienen sus curvas de arquitectura sudanesa y se alzan sobre pueblos diminutos, pueblos que en ocasiones mudan de sitio como muda el caudal de las aguas cuando llega la estación seca. Hoy, el recorrido es posible. Unir Mopti con Tombuctú en Mali es uno de los trayectos más interesantes, una manera de entrar en África por la puerta mayor, de conectar con comunidades, de experimentar la intensidad de la navegación local.

Apenas se sueltan amarras, se abre la postal del Níger: las embarcaciones de los bozo poblando el río.

Son 294 kilómetros de itinerario. Se viaja en pinaza visitando poblados que comen lo que siembran. Son cuatro días bebiendo té en vasitos diminutos, acercándose al desierto. La embarcación está hecha a mano y de caicedra -el árbol más fuerte que crece en las orillas del río-. Tiene un espacio central para las comidas y los desayunos y un techo de mimbre que protege del implacable sol africano. La tripulación, más allá de los pasajeros, es de tres personas: el capitán, el cocinero y el motorista. Aunque los papeles suelen ser intercambiables, nadie ostenta un rol con demasiada altanería en este lado del mundo.

Mopti, el puerto de salida, es la segunda ciudad más importante de Mali. Lleva el mote de Venecia africana porque allí es donde se encuentran el Níger y el Bani, el caudal de aguas se multiplica, y el primero -que mantiene el nombre-, se transforma y hace honor a su leyenda. La partida es de madrugada entre pértigas y remos agitados. Apenas se sueltan amarras, se abre la postal del Níger: las embarcaciones de los bozo poblando el río y estirando sus redes, las palmeras a lo lejos, el cielo abierto, los horizontes planos.

Comunidades nómadas

A cuatro horas de Mopti, Saba es la primera aldea para visitar en el trayecto. Es una sucesión de casas bajas y una mezquita de barro con torres erizadas pintadas de dorado. El edificio es el mejor representante de la arquitectura sudanesa. El pueblo, un laberinto de calles de tierra, burros, gallinas y niños corriendo de un lado a otro que se acercan a saludar como saluda la gente en África. Tomar el té en la casa del imán local es aquí uno de los privilegios posibles. El recorrido sigue hacia el lago Debo, un mar inmenso en el que el Níger desaparece por un rato para volver a nacer más adelante. Ahí es donde arrecian un poco más los vientos.

Durante cuatro días, el viaje da la oportunidad de compartir la cotidianidad con las comunidades locales.

Durante los cuatro días, el viaje da la oportunidad de compartir la cotidianidad con las comunidades locales, con los pequeños caseríos, con la gente. En Aca (segundo día) hay decenas de niños que se acercan a recibir a las embarcaciones y un abuelo que toma el té durante horas. En Sebi las mujeres lavan la ropa en el Níger mientras las vacas se refrescan a su alrededor y un hipopótamo pasta en la orilla de enfrente, en Niafunke (tercer día) -cuna de Ali Farka Toure- hay una taberna abierta y un centro de enseñanza musical creado por quien fuera uno de los músicos más importantes de Mali. Salvo estas tres, la mayoría de las comunidades son nómadas, van mudándose en relación a la abundancia de pesca, de pastos, de alimentos.

El viaje sigue entre curvas por la gran sabana, por el Sahel africano y poco a poco el entorno va transformándose: de la vegetación más espesa a las dunas como montañas que anuncian el Sahara. En la mañana del cuarto día, un nuevo pliegue en el río anuncia la llegada al puerto de Tombuctú. Hay un gran mercado, rodeado de barcazas de carga, 4x4 preparadas para el desierto y mucho pañuelo cubriendo los rostros. Es el inicio del universo tuareg.

 
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