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Blog Blog Crónicas de un nómada, por Francisco López Seivane

La increíble historia de
Charm Lee

Durante mi última estancia en Seúl tuve el placer de conocer al presidente de la Oficina Nacional de Turismo de Corea del Sur (KNTO). El señor Charm Lee es un personaje tan atípico y singular que bien merece una columna.

Francisco López-Seivane

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Actualizado viernes 11/06/2010 17:16 horas

En línea con aquel Rubén Blades panameño, que era ministro y cantante a partes iguales, el señor Lee fue una figura mediática de la televisión coreana antes de ser nombrado para tan importante cargo. ¿Y qué tiene eso de extraño?, se preguntarán ustedes. Lo verdaderamente extraordinario del caso es que se trata de un ciudadano alemán, un teutón de pura cepa, de casi dos metros de altura, que destaca como un rascacielos sobe la moderada talla media de los ciudadanos coreanos, y el primer extranjero de nacimiento en ocupar un cargo de esa relevancia en la Administración coreana.

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Su nombre germánico de pila, el que figuraba en el pasaporte con que entró por primera vez en la península asiática, en 1978, como participante en un Congreso Ecuménico, desapareció de su curriculum al adquirir la nacionalidad coreana en 1986, como el de un converso que se hubiera bautizado en una nueva fe. Nuestro hombre se hizo llamar desde entonces Charm Lee, y no por casualidad, sino porque charm es un vocablo con significado en coreano y en inglés, y ambos le van al pelo. En inglés significa encanto, algo que emana constantemente de este gran seductor, y en coreano puede traducirse por verdadero, con lo que también expresaba que, a pesar de su origen germano, se sentía un verdadero coreano de corazón.

Lo del apellido tiene mayor complejidad, ya que en Corea todos los descendientes de alguna lejana dinastía llevan el apellido del fundador, así Kim, Park o Lee se repiten por millones en el censo de aquel país. Pero en el caso que nos ocupa, el señor Charm quería rendir un homenaje de admiración a una de las figuras más notables de la historia de Corea, el almirante Lee, que, adelantándose siglos a los modernos acorazados, logró derrotar a la armada japonesa con su famosa flota de barcos tortuga, recubiertos con planchas de metal. Aún puede admirarse una réplica de aquellas naves en el War Memorial Museum de Seúl.

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El joven teólogo alemán quedó prendado desde un principio de la cultura coreana, aprendió el idioma, escribió un libro, A native korean made in Germany, y se casó con una bella seulita (si bien no estoy seguro de que todo lo antedicho ocurriera exactamente por este orden). Aunque parezca mentira, hay muchos factores comunes entre la idiosincrasia coreana y la germánica, desde el acento gutural con que se hablan ambos idiomas hasta el denuedo con que los dos pueblos supieron rehacerse tras devastadoras contiendas.

Para muchos, los coreanos son los alemanes del Extremo Oriente, así que este nuevo coreano pelirrojo de dos metros de altura pudo dominar pronto la complicada fonética gutural coreana, conducir programas de televisión con su voz cremosa de actor consumado, ser Consejero de Hyundai y Miembro del Consejo Promotor de la Comida Coreana, antes de ser nombrado Presidente de la Oficina Nacional de Turismo (www.visitkorea.or.kr).

Menos mal, de no haber sido por este providencial nombramiento es probable que medio mundo hubiera terminado comiendo kimchi.

Sobre el blog

Estas crónicas se nutren del asombro, la emoción, los hallazgos, personajes y reflexiones que me salen todos los días al paso, en cualquier lugar.

Sobre el autor

Para FLS, filósofo de vocación, colaborador habitual de EL MUNDO, conferenciante, escritor y viajero, "lo mejor de un viaje es contarlo". Entre sus libros destacan 'Viaje al silencio', 'Cosas que aprendí de Oriente' y 'La Europa escondida'.

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