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Blog Blog 5ª Avenida, por Ángel Jiménez de Luis

El otro Keller

Ad Hoc, el segundo restaurante de Thomas Keller en el valle de Napa, parte de una idea sencilla: cinco comidas a la semana de cuatro platos que decide el propio chef el mismo día.

Ángel Jiménez de Luis

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Actualizado jueves 11/03/2010 18:38 horas

French Laundry, en el valle de Napa, está considerado como el mejor restaurante de Estados Unidos y es un habitual en las listas de los mejores 50 restaurantes del mundo que elabora cada año la Restaurant Magazine. Inaugurado en 1978, su chef, Thomas Keller, ha conseguido tres estrellas Michelín con su menú de inspiración francesa pero ejecutado con claros tintes americanos. Cada noche dos menús de nueve platos sorprenden a los amantes del vino que se acercan al valle en busca de los mejores caldos americanos y Keller tiene el honor de ser uno de los únicos tres chefs del mundo capaces de repetir la hazaña. Per se, en Nueva York tiene también el mismo número de estrellas.

Pero a pocos kilómetros de French Laundry se esconde otra pequeña joya de Keller, una menos pulida pero igual de sorprendente. Ad Hoc, en Yountville es un restaurante de extraño origen. Keller compró el establecimiento en otoño de 2006 sin una idea definida de qué hacer con el espacio. Mientras la inspiración llegaba decidió servir un menú simple todas las noches con un estilo familiar, una fuente común por cada mesa y cuatro platos por noche: un primero, un segundo, una bandeja de quesos y un postre.

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Llegada la primavera, Keller parecía haber encontrado una idea ganadora: Burguer and 1/2 Bottles, un restaurante de hamburguesas de calidad y servidas en compañía de media botella de vino del valle de Napa, una forma rápida de matar el hambre entre viñedo y viñedo. Si la idea no triunfaba Keller podría transformar el local rápidamente en un restaurante de sushi o un steakhouse. Conceptos fáciles pero efectivos en una de las zonas más visitadas de California.

Pero Keller se encontró con un problema. En los seis meses que llevaba funcionando, Ad Hoc se había transformado en uno de los restaurantes más solicitados del valle. En septiembre de ese año se dió por vencido. Ad Hoc no dejaría nunca de ser Ad Hoc.

Comer hoy en este pequeño establecimiento tiene un punto de aventura. Hasta el mismo día por la mañana ninguno de los comensales sabe qué se encontrará en el plato. El menú, servido cinco días a la semana sigue siendo fijo y no hay opciones. Cuando hay pescado toca pescado. Cuando hay carne, carne. Sólo se hace una excepción con el marisco para evitar posibles alergias. El restaurante llama a quienes hayan reservado con unas semanas de antelación y advierte del menú.

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A pesar de la falta de libertad, es fácil enamorarse del concepto, que por razones evidentes no casa con veganos (siempre hay un palto de carne o pescado). Le sucedió a su actual gerente, que se confiesa adicto a todos los platos que salen de cocina. «Llegué un día para ver a un amigo que trabajaba aquí y al principió no quise ni comer porque no me gustaba lo que ví en la carta de ese día», me confiesa. Su amigo insistió tanto que al final decidió probar el menú.

Al día siguiente se despidió de su trabajo y solicitó un puesto en el restaurante. Aún hoy saca fotos de todos los menús que se sirven durante la semana. «Venir aquí te hace probar paltos que de otra formas jamás intentarías comer», dice. Qué puedo decir de la experiencia... En mi caso, el primer plato fue una perfecta ensalada de rúcula con cebolla curtida, una excelente ternera a la brasa con costra de rábano picante y patatas en salsa de mostaza, queso cheddar ahumando y unos exquisitos beignettes para mojar en chocolate, arándanos o vainilla. Tal vez la falta de opciones, el elaborar un único menú al día, sea lo que obligue al chef a acercarse a la perfección en cada plato que sirve.

Sobre el blog

La vida, como cualquier viaje, se puede hacer en primera clase. Descubra los lugares, objetos y placeres reservados a quienes no tienen límite en la tarjeta de crédito.

Sobre el autor

Ángel Jiménez de Luis, periodista, vive con el temor constante de acostumbrarse a una vida que no puede permitirse pero que disfruta en pequeñas dosis. Escribe también El Gadgetoblog.

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