La maldición de Axum
La verdad es que no estoy seguro de que se trate de ninguna maldición, pero en Axum, la más septentrional de las ciudades etíopes, a un paso de Eritrea y a casi mil kilómetros de la capital, Adis Abeba, aún se recuerda a «un escritor español a quien le mordió un perro rabioso».

El asunto hubiera quedado en la pequeña historia del lugar de no haber sido el escritor nada menos que Sánchez Dragó, a quien le das el trapo de una pequeña anécdota y te devuelve de inmediato una camisa literaria perfectamente encuadernada para su venta. Que se lo pregunten, si no, a su difunto gato Soseki.
Fernando se las arregló para convertir lo que todas las escuelas de periodismo del mundo enseñan que no es una noticia (el hecho de que un perro muerda a un hombre) en nada menos que el primer efecto colateral positivo de la guerra de Irak. Su argumentación era impecable: tuvo que trasladarse con urgencia a Adis Abeba para tratar de obtener una vacuna antirrábica que debía serle inyectada en las siguientes veinticuatro horas. Ninguna farmacia de la ciudad tenía existencias. Las únicas cinco dosis que había en el país estaban celosamente guardadas en la embajada de los Estados Unidos, que se negaba en redondo a facilitar ninguna a un particular, por muy famoso que fuera.
Lo que les convenció finalmente no fue su condición de escritor, sino su pasaporte español (y, por supuesto, el hecho, que dejó caer en la conversación como quien no quiere la cosa, de ser amigo personal de Mr. Ánsar). Aznar acababa de prestar a Bush su apoyo y sus tropas en la guerra de Irak y los americanos consideraban a España como un gran amigo y aliado, así que ¿cómo negar una vacuna a un prominente ciudadano español?
Poco importa que el perro no consiguiera desjarretar el tobillo del escritor y que el incidente quedara finalmente en nada. Fernando lo relató con su habitual maestría en prácticamente todas las emisoras de radio del país y en no sé cuantos reportajes, columnas y entrevistas. Una hazaña más en su dilatado curriculum.
Yo viajé hace pocos días a Axum y también sufrí un percance. Trepando por una accidentada colina, tropecé y caí en un pedregal. El instinto me llevó a proteger mi cámara antes que mi cuerpo. Mala decisión, porque una pierna vale infinitamente más que la mejor cámara. Lo cierto es que impacté con el muslo contra una roca y, por un momento, pensé que me había fracturado el fémur. Incluso llegué a temer por mis flamantes caderas de titanio. Tras unos instantes inmovilizado por el dolor y el miedo, me animé a incorporarme y pude comprobar con alivio que la pierna no estaba rota. Me dolía mucho, sí, y no podía caminar bien, pero sabía positivamente que no había fractura.
Ayer, rememorando estas desventuras etíopes con Fernando, nos enteramos ambos de que nuestros respectivos percances tuvieron lugar exactamente en el mismo sitio, junto a la leona misteriosamente tallada en una roca de una apartada colina. Lo suyo tuvo gran repercusión mediática. Lo mío hubiera quedado en un nimio incidente de no haber sucedido precisamente en el mismo roquedal donde a él le enganchó un perro el tobillo. Comprenderán que tan providencial coincidencia me parezca también un efecto colateral secundario, si no de la guerra de Irak, si de la fama de mi querido amigo, uno de los hombres más listos, entrañables y divertidos que he conocido jamás. Gracias, Fernando. De no haber sido por ti nunca hubiera podido escribir esta crónica. Nos vemos en Kioto.