Dos veces mayor que España, Etiopía posee una geografía atormentada. Una enorme cicatriz, el Valle del Rift, recorre el país de norte a sur, parte de una gigantesca falla que amenaza con dividir el continente.
A poniente del Rift, todo es un caos geológico: grandes montañas, que no lo parecen porque son planas y la meseta sobre la que se asientan está ya a casi tres mil metros de altura, se suceden en desorden, atravesadas por profundas y caprichosas angosturas.
En esta abrupta orografía no ha resultado difícil a los renunciantes encontrar lugares escondidos, apartados o inaccesibles donde darse de lleno a la vida espiritual sin ser molestados por los cuidados de este mundo. El número de monasterios en Etíopía es sencillamente incalculable. Visitarlos, como ocurre en otras latitudes, suele ser garantía de encontrar parajes de naturaleza privilegiada. Por su proximidad, accesibilidad e importancia histórica, hablaremos hoy de los monasterios del lago Tana.
Hay muy poco tráfico cuando se circula por la aceptable carretera que lleva de Adis Abeba a Bahir Dar, la gran ciudad a orillas del lago Tana. La falta de vegetación propia de las tierras altas permite extender la mirada sobre un pasaje cincelado por los cataclismos y la erosión. Hay, sin embargo, cierta belleza en esa naturaleza sin adornos que produce en el viajero una fascinación comparable a la de contemplar un cuerpo desnudo.
En cuanto el terreno se allana, los campos de teff se extienden hasta el horizonte, con los brochazos amarillos de la mies recién segada contrastando con el gris oscuro de un cielo amenazador. Es el teff un cereal endémico, de grano diminuto, que constituye la base de la alimentación etíope. Con su harina fermentada se hace la injera, una especie de crepe elástico y esponjoso, que acompaña indefectiblemente a todas las colaciones, particularmente en este tiempo de Cuaresma, en el que los restaurantes ofrecen un menú vegetariano: lentejas, garbanzos, judías verdes, espinacas..., sustentado sobre la enorme injera redonda que sirve de base y envuelve cada bocado.
Hace falta casi una hora para llegar a donde el Nilo Azul corre escondido por una trinchera que él mismo ha excavado
A mitad de camino, una gigantesca depresión cruza el paisaje. Es la Garganta del Nilo Azul, un tajo majestuoso que hace pensar de inmediato en el Gran Cañón del Colorado. Desde lo alto, se ve la carretera serpentear penosamente ladera abajo. Hace falta casi una hora para llegar al fondo, por donde el Nilo Azul corre escondido por una trinchera que él mismo ha excavado.
Bahir Dar no tiene nada que ver con esa imagen tópica de la Etiopía de la pobreza extrema. Sus amplias avenidas llevan indefectiblemente a las orillas del lago, el mayor del país, un pequeño mar de agua dulce, casi redondo, cuyas costas están separadas en algún punto por una distancia de setenta y cinco kilómetros.
El lago Tana cuenta con treinta y siete islas de distintos tamaños. Todas albergan un monasterio. Hoy día se puede llegar en barco a cualquiera de ellas, pero hasta hace poco, cuando sólo las pequeñas embarcaciones de papiro de los pescadores surcaban las aguas del lago, esas islas eran el lugar más remoto e inaccesible del país. No es de extrañar que fueran muchas veces el lugar elegido para esconder y poner a salvo los tesoros durante las frecuentes guerras civiles que asolaron el país en los últimos siglos.
El primer monasterio que visito se encuentra en la península de Zegie, un entrante que tiene aspecto de isla
El primer monasterio que visito se encuentra en la península de Zegie, un entrante que tiene aspecto de isla, aunque no lo es. Se llega en un comodísimo barco rectangular cubierto con una lona. Se hace larga la empinada cuesta hasta la iglesia, aliviada únicamente por la sombra de numerosos árboles de café. A primera vista, el conjunto resulta un poco cochambroso. Lo más importante es la iglesia Ura Kidanmhert (Alianza de Compasión), aunque el gran tejado cónico de latón que la corona en sustitución del tradicional de paja de teff echa para atrás.
Se trata de un templo circular con dos pasillos concéntricos que envuelven un cubo, la iglesia propiamente dicha. El corredor externo está recubierto de cañas de bambú, mientras el interior, alfombrado, permite contemplar de cerca los coloridos murales que cubren las cuatro paredes del cubo. Estas pinturas, que escenifican distintas leyendas y relatos bíblicos, fueron realizadas en el siglo XVI por los propios monjes del monasterio sobre telas de algodón, pegadas posteriormente a las paredes de barro del templo. Está prohibido entrar en la capilla, cuyo sancta sanctorum guarda una réplica del Arca de la Alianza, el secreto mejor guardado de Etiopía. En un pequeño edificio aledaño se exhiben algunas elaboradas cruces y coronas de metal, de gran valor histórico, según relatan los monjes.
Como no se puede dar cuenta de tantos cenobios como suma el lago, me limitaré añadir la visita a uno de los más importantes, Kibran Gebriel, cuya iglesia data del siglo XIII, aunque hubo de ser restaurada en el XV. Se trata también de una especie de claustro circular que envuelve la iglesia propiamente dicha. Al estar más expuestos a los elementos, las frescos de las paredes han desaparecido casi por completo. Como no se puede entrar al templo por las mismas razones expuestas anteriormente, los monjes me llevan a una especie de torreón de piedra, que hace las veces de museo. Allí conservan una buena colección de cruces de metal. Cada región o antiguo reino de Etiopía tenía una cruz característica: Axum, Gondar, Llaiblela y Gebriel. También hay algunos valiosos manuscritos finamente ilustrados con dibujos polícromos, que son mostrados (por un precio) como auténticas joyas.
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