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Djenné, la joya de barro

Este pequeño universo de adobe situado en una isla del delta interior del río Níger es uno de los más formidables ejemplos de la arquitectura sudanesa y de la forma de vida del África subsahariana.

Gerardo Olivares

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Actualizado viernes 26/02/2010 18:03 horas

Alcanzar Djenné supone un viaje largo y fatigoso entre nubes de polvo, caminos bacheados y temperaturas extremas. Pero cuando uno por fin se adentra en las estrechas callejuelas que conducen hasta la plaza de la Gran Mezquita, siente que ha entrado en el corazón del África más profunda y genuina, donde la vida de sus gentes apenas ha cambiado desde los tiempos de las caravanas cargadas de oro, esclavos y marfil. Al menos esa fue la impresión que tuve hace 16 años cuando la visité por primera vez. Me pareció un lugar fascinante y lleno de encanto, impregnado de esa atmósfera tan peculiar que rodea a ciudades míticas como Tombuctú o Tamanrasset, y que un día fueron importantes y prósperos centros comerciales en la ruta de las caravanas.

A Djenné hay que llegar un lunes, el día de mercado, cuando las mujeres peul, ataviadas con sus multicolores telas, los pescadores bozo y los nómadas tuareg de piel azul, llenan de vida los alrededores de la Gran Mezquita, la edificación de adobe más grande que existe en el mundo construida de una sola pieza. Este edificio se ha convertido en uno de los monumentos más conocidos de África, y en 1988 la Unesco lo declaró, junto a su casco histórico, Patrimonio de la Humanidad.

Por aquel entonces solo había un lugar donde hospedarse en Djenné: Le Campament, una pequeña edificación de adobe regentada por un pequeño y simpático tuareg al que todos conocían como Mosquito. Él nos sugirió que durmiésemos en la azotea para soportar el calor, uno de los pocos lugares donde de noche soplaba una ligera brisa. Habíamos llegado en la peor época, a finales de abril, el calor era sofocante y el ritmo de la ciudad soporíferamente pausado. Cualquier sombra, por mínima que fuera, estaba ocupada por hombres, mujeres, niños y alguna que otra cabra dormitando a la espera de la brisa fresca del amanecer, el único momento del día donde el calor concedía un respiro.

Cuando el calor da tregua

La noche fue larga y dura. A los ronquidos de Sergi, mi vecino de colchoneta, había que añadir el ladrido de perros, el llanto de bebes, el rebuznar de borricos y el zumbido de los mosquitos. Con las primeras luces de la mañana, la vida brotaba de nuevo en la plaza al ritmo que marcaban los mazos golpeando contra los morteros llenos de mijo. Desde mi privilegiada posición observaba cómo sus habitantes aprovechaban la pequeña tregua que les daba el calor para realizar sus actividades. Un grupo de hombres cubría con barro las paredes de la mezquita, utilizando los mismos métodos que ya usaban sus antepasados hace 800 años cuando la debían restaurar después de cada estación de las lluvias.

A pesar de las condiciones tan extremas en las que habíamos llegado, Djenné me pareció un lugar muy especial. Pronto llegarían las lluvias, el río Beni anegaría las cuarteadas y sedientas tierras, y las pinazas, de nuevo, navegarían por sus apacibles aguas. Yo trataba de imaginar cómo sería ese escenario, ahora estéril, rodeado de agua y vegetación. «Aman iman», el agua es vida, dice un proverbio tuareg.

Dieciseis años más tarde regresé en la buena época, en invierno, y entonces comprendí porque Djenné era uno de los lugares más maravillosos del continente negro.

 
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