La belleza inmaculada de Omán

Pese a su condición de país fronterizo con Yemen, Omán es un destino totalmente seguro, en el que poder descubrir un Islam diferente y disfrutar, sin los agobios del turismo, de sus respetuosas gentes y paisajes apenas alterados por la mano del hombre. Un auténtico remanso de paz, perfecto para ir en invierno, y aislarse en busca de lo exótico.

Texto | Fotos: Adrián Cornejo

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Actualizado martes 16/02/2010 18:36 horas

Los monumentos de Omán nunca figurarían entre los candidatos a las siete modernas maravillas del mundo y las calles de sus ciudades o paisajes no forman parte de la retina colectiva por haber aparecido en una película supertaquillera de Hollywood. Es precisamente esa falta de referencias, de información, la que multiplica el efecto sorpresa del viajero al llegar a un país que no provoca un flechazo instantáneo, pero que permanece en el recuerdo por sus sabores, olores y la belleza inmaculada que conservan sus blancas casas y parajes apenas deteriorados por la mano del hombre.

Poco después de bajar del avión, el viajero se percatará de que Omán es un país moderadamente desarrollado y en construcción –es muy frecuente ver grúas y obreros trabajando-, que aunque debe su crecimiento económico al petróleo, se aleja de los imperios con rascacielos de record. Es caluroso, hospitalario y -pese a su ubicación geográfica fronteriza con Yemen- un auténtico remanso de paz, totalmente seguro, que el visitante tendrá casi para él mismo, por el todavía escaso turismo.

Mascate, la ciudad blanca

Cuando uno llega a Omán por primera vez y se sube a uno de los perfumadísimos taxis que recorren la capital, se da cuenta de que Mascate (Muscat, en inglés) es la ciudad blanca. Edificios de dos o tres plantas, bien conservados y con ornamentación árabe crecen a ambos lados de carreteras en perfecto estado, flanqueadas por floridos jardines de césped natural, que contrastan con la aridez de un terreno -el omaní- 80% desértico.

En torno a la zona costera se ubican los grandes hoteles del país –muchos de ellos con playa propia- y los principales lugares de interés de Mascate, como el colorido Palacio del Sultán y el paseo marítimo de la ciudad (La Corniche), en el que los hombres se reúnen a conversar al caer la noche, enfundados en sus túnicas y turbantes. En esa misma zona del antiguo Mascate, flanqueada por dos fuertes que construyeron los portugueses en el siglo XVI (Jalali y Mirani), se hallan algunos de los mejores museos del país y el souk o mercado, una suerte de bazar árabe, pero en el que nadie agobia al comprador.

Pese a estar en la capital, el viajero en busca de sol y descanso podrá disfrutar de unas playas de arena fina y aguas templadas que, si bien no son las mejores del país, podrá disfrutar casi como si de una zona privada se tratara, por la costumbre local de no bañarse en el mar.

La mezquita del sultán

El monumento más grandioso de Omán se encuentra aquí: La mezquita del sultán Qaboos, inaugurada en 2001 por el propio jefe del estado omaní es un templo con capacidad para 20.000 fieles, pero también una muestra de la pujante economía del país que merece la pena ver –durante el restringido horario de visitas-, por sus numerosas joyas y peculiaridades.

Las dos piezas más valiosas son la alfombra que cubre la sala de oración principal o haram –tardó más de 24 años en hacerse, pesa 21 toneladas, ocupa más de 4.000 metros cuadrados y tiene 1.700.000 nudos- y la lámpara que ilumina la misma estancia –hecha en Suiza con cristales Swarovski, mide 14 metros y pesa 8,5 toneladas-, la más grande del mundo en la actualidad. La mezquita, construida en un estilo islámico contemporáneo, cuenta además con cinco minaretes -el más alto de 90 metros-, numerosos lavatorios, unos suelos preparados para no abrasar los pies descalzos de los fieles durante los meses de verano y una biblioteca que alberga nada menos que 20.000 libros.

La perpetuación de reptiles milenarios

Una de las experiencias más cautivadoras que se pueden tener en Omán es presenciar in situ la reproducción de la segunda tortuga más grande del mundo: la verde. En la protegida playa de Turtle Beach, perteneciente a la ciudad pesquera de Sur –situada a pocos kilómetros de Mascate-, el visitante será testigo de un proceso mágico: el de la salida de las gigantescas tortugas del mar y todo el proceso de la puesta y entierro de los huevos –unos 100-, que dura una media hora y un guía explica simultáneamente.

Pese a que el desove de las tortugas se produce cada tres años (con dos o tres puestas en intervalos de dos semanas), la afluencia masiva de tortugas a la costa garantiza el avistamiento de las mismas e incluso la posibilidad de presenciar alguna tortuga recién nacida, camino de su primera experiencia marina.

Una montaña rusa en el desierto

Los curvilíneos paisajes de dunas cambiantes, los camellos y el silencio más extremo no son las únicas sensaciones que pueden experimentarse en el desierto omaní. De vez en cuando, rompe la monotonía el sonido de un jeep, que se adhiere como un guante a la delgada línea que separa el suelo del cielo, como deslizándose entre nubes de arena. Los vaivenes de la conducción extrema en 4x4, que tanto gusta a los locales, son lo más parecido a una montaña rusa en pleno desierto, en la zona conocida como Wahiba Sands.

Existen campamentos bien acondicionados para pasar la noche –como el Arah Camp- y los menos acostumbrados a las emociones fuertes podrán pasar la tarde en compañía de una –a veces demasiado acostumbrada a los turistas- familia beduina o montar en camellos, entre otras actividades.

Los 'wadis': oasis de película

En un terreno tan sumamente desértico como el omaní, los wadis son lugares de parada obligada. Es un nombre árabe que significa valle, pero que suele hacer referencia a oasis, con su característico palmeral y un intermitente río en el que poder bañarse al menos durante los meses de invierno -en los que también hace calor en Omán y el agua no se ha evaporado-. Entre todos los de la zona norte sobresale el precioso Wadi Bani Khalid, del que se puede disfrutar casi en privado, por el todavía escaso turismo del país. Formado por piscinas naturales de agua templada y paredes de roca, es un lugar limpio e ideal para pasear, hacer fotografías, explorar pequeñas cuevas o darse un –recomendadísimo- chapuzón.

Los que busquen darse un baño en aguas tranquilas, también pueden optar por ir a Bima sinkhole, una especie de pozo natural en la línea costera entre Mascate y Sur, que toma su agua del mar y cuya morfología es casi idéntica a la de los cenotes centroamericanos. Las playas cercanas a este lugar –como la mayoría de las de la costa omaní- son prácticamente vírgenes, carecen de edificaciones circundantes y ofrecen la posibilidad de acampar en sus márgenes durante todo el año.

Nizwa: los orígenes

A poco más de dos horas y media en coche desde Mascate se encuentra Nizwa. La ciudad que fuera capital de Omán en los siglos VI y VII y centro comercial, religioso, artístico y educativo del país, sigue siendo un punto de encuentro entre caminos en la base de las montañas Hajar. Levantada en torno a un palmeral, es la principal ciudad productora de dátiles –el alimento más típico del país- y sigue siendo un referente cultural, gracias a sus numerosas mezquitas y su universidad.

Los principales reclamos turísticos de Nizwa son el fuerte que preside de la ciudad y el adyacente souk o mercado, que fueron conjuntamente restaurados y reabiertos al público en 2007. El primero, que sigue siendo el monumento más visitado del país, fue construido en 1688 por el imam sultán Bin Saif Al Ya'rubi y supuso el lugar de residencia de la autoridad del país en tiempos de guerra y paz. El mercado, en el que se venden alimentos y toda clase de mercancías, es especialmente famoso por la calidad de sus joyas de plata y la subasta de ganado que tiene lugar los viernes por la mañana.

La colonia más valiosa del mundo

Omán es un país lleno de aromas: el omnipresente olor a incienso, el agua de colonia con el que los hombres se rocían a la salida de algunos restaurantes o las altas cifras de dinero que muchos omaníes gastan en colonias al año. En 1984 el creador de perfumes Guy Robert se inspiró en las reveladoras tierras de la Arabia de las Mil y Una Noches para elaborar una fragancia con más de 120 ingredientes naturales –incluyendo incienso, sándalo y mirra- a la que puso un lujosísimo frasco de diseño islámico y denominó Amouage (que significa olas de emoción). Cada unidad alcanzó precios desorbitados en el mercado.

Desde entonces, la marca nacida en Omán se ha expandido por todo el orbe con su lema «El regalo de los reyes» y ha presenciado la creación de su tienda más importante en Mascate. En ella el visitante también puede asistir al proceso de creación de estos perfumes fabricados con ingredientes naturales y a mano, por expertos que envasan el producto y añaden un certificado con su firma personal, como garantía del mismo y testimonio de su autoría.

De la primigenia colonia Amouage Gold se ha pasado a numerosas variedades tanto masculinas como femeninas –Gold, Día, Ciel, Reflection, Jubilation, Lyric...- que cuestan en torno a los 200 euros –algo menos las masculinas- y se pueden adquirir en algunas aerolíneas y tiendas exclusivas.

 
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