Carta desde Mandalay

Lo que era un viejo crucero fluvial, el 'MS Nederland', cambió las aguas del Elbe por las cálidas aguas del sudeste asiático. Desde 1994, Orient Express asumió este proyecto por las tierras de Birmania, con muchas dosis de romanticismo. Esta es una travesía inolvidable por el río Ayeyarwady a bordo del 'Road to Mandalay', un barco de lujo que al diseño y el servicio suma un recorrido mágico: de Bagan a Mandalay.

Pedro Madera

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Actualizado jueves 18/03/2010 18:22 horas

Aún recuerdo aquel día en que emprendí el viaje por el río Ayeyarwady, desde Bagan hacia Mandalay, en una temprana y borrascosa mañana. Una buena dosis de romanticismo es necesaria para seguir los pasos de Rudyard Kipling a lo largo de Birmania, el país del que se enamoró el escritor británico en el siglo XIX y donde escribió su Road to Mandalay. Después de más de dos años del duro tifón Nargís, la zona recupera toda su vitalidad.

Por la carretera, el viaje es sinuoso y duro. Por el agua, todo parece más sutil. Desde que el remodelado Road to Mandalay ha vuelto a navegar, el turismo en la zona se ha revitalizado.

Lo que era un viejo crucero fluvial, el MS Nederland, cambió las aguas del Elbe por las cálidas aguas del sudeste asiático. Desde 1994, Orient Express asumió este proyecto por las tierras de Birmania, con muchas dosis de romanticismo. En muchos sitios, todavía se recuerda cómo el Road to Mandalay fue transportado dentro de otro barco, el Condock IV. Desde el Mar del Norte hasta la Bahía de Bengala. Los daños sufridos en la embarcación en mayo del 2008 han servido como excusa para una gran transformación. Sin embargo, ni el nuevo diseño ni las nuevas comodidades pueden superar su mejor riqueza. El recorrido que realiza es la gran joya de este proyecto.

Desfile pintoresco y popular

Hay sitios como Bagan que parece imposible poder acumular tanta belleza. Pagodas que retan a las reglas de la gravedad, templos que se proyectan hacia el infinito y una luz de atardecer que impregna todo. En las cercanías de los templos, los niños corren de un lado para otro... las mujeres cargan mercancías en un eterno laberinto de trabajos imposibles y los hombres parecen competir en cómo cargar más una bicicleta.

En el mercado se apretujan los puestos de verduras, fruta, carne, pescado, especias, chiringuitos para comer...

Tanto por carretera como por el río, el tráfico es continuo. Todo en una tremenda competición de colores. En el mercado se apretujan los puestos de verduras, fruta, carne, pescado, especias, el famoso cherut o cigarro birmano, chiringuitos para comer, empujones de la multitud por los estrechos pasillos del mercado al aire libre, rostros maquillados con thanaka luciendo los diseños más variados, motivos geométricos, florales, étnicos...

No falta de nada en este desfile privilegiado de tan pintoresco y genuino espectáculo popular, aunque lo más sobresaliente se lo llevan los tenderetes de sedas, madera, mármol, piedras preciosas, bronce, plata y tapices. Cuando amanece en Mandalay parece que han raptado al sol, porque sigue sin dar señales de vida. Hay que subir al Monte Popa o Monte de la Flor, cuyos moradores, los espíritus nats y los monos, se escabullen entre la niebla. Cuando se levanta una pequeña brisa y la niebla desaparece, comienza el espectáculo.

Última capital del reino

Mandalay abraza con su aroma nostálgico y no esconde la huella colonial, aunque antes de que llegaran los británicos fue la última capital del reino. De hecho, fue el rey Mindon Min, en 1857, quien decidió instaurar su nueva capital en este lugar. El Palacio Fortificado fue elevado en 1861 y sus murallas, de ocho metros de alto y dos kilómetros de largo por cada lado, aún encofran el recinto real, que ha sido reconstruido puesto que fue totalmente destruido durante la II Guerra Mundial.

U Bein es un histórico puente de madera de teka que lleva resistiendo el envite de los monzones desde el siglo XIV

Su venerable pasado nos transportar a otra época. Ésa es la sensación que se tiene al cruzar a pie el puente U Bein sobre el lago Kandawgyi, un veterano e histórico puente de madera de teka que lleva resistiendo el envite de los monzones desde el siglo XIV. Algunos de sus 984 pilares han sido sustituidos, pero la mayoría son todavía originales.

El resto de las sensaciones vienen desde la calle. El ambiente budista de sus monasterios es cautivador. El fervor más devoto de Mandalay se encuentra en el voluminoso Buda del Paya Mahamuni. Esta estatua de bronce de cuatro metros de altura se remonta al siglo I, aunque el metal original ya no es apreciado a la vista porque con el transcurso de los años los fieles lo han ido recubriendo de hojas de oro. En estos momentos cuenta ya con un grosor en oro de más de 15 centímetros, especialmente en el estómago y en las piernas, pues existe la creencia que si le colocas el oro donde tienes una dolencia te sanará.

Fin de la travesía

Así es la Birmania más espiritual, aunque también existe una ciudad que vive cada día. Y la mejor manera que hay de comprobarlo es acercarse al mercado callejero. Aquí están las llamativas tribus Shan y Pa-O, con sus trajes negros las primeras y en azul claro las segundas, siempre con vistosos paños de colores enroscados en la cabeza. Cada etnia tiene su propio tamaño, diseño y modo de colocárselo. A los extranjeros se les mira con una mezcla de respeto y dejadez.

Así son los días de navegación. Aquí las emociones van más allá de las horas de luz. Cuando acaba el día, uno mira alrededor, a los campos y montañas que rodean a Mandalay: Inmensos arrozales, interminables campos de bambú y hombres que trepan hasta las cimas de las palmeras para extraer el néctar de los cocos.

 
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