«Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche», dice Holden Caulfield en El Guardián entre el Centeno. J.D. Salinger, su huraño autor, murió hace unas semanas. Recorremos sus pasos, a veces ficticios, a veces reales.
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Las personas mueren. Los libros, no. Las ciudades en las que estos transcurren, tampoco. Nueva York es sinónimo de un millón de cosas. Para aquellos para los que El Guardián entre el Centeno fue, más que un libro, una muesca en su biografía sentimental, la Gran Manzana tiene un significado especial. Manhattan es el patio de juegos en el que Holden Caulfield despliega su historia de frustración, pena y -en una dosis infinitamente menor- amor.
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Primera obviedad: el Manhattan de El Guardián entre el Centeno no es el Manhattan actual. Han pasado siete décadas desde que Holden Caulfield llevara a cabo su particular odisea sin rumbo y eso en una ciudad como Nueva York puede ser una eternidad. De entrada, la Estación de Pennsylvania no existe, no aquella que describió Salinger. Murió, desapareció en 1964, apenas trece años después de la publicación de la novela. Fue sustituida por la plaza y el complejo de oficinas homónimo, gobernado por el cilíndrico Madison Square Garden, acotado entre las avenidas séptima, octava, las calles 31 y 33. La Penn Station sigue existiendo, pero desprovista de la majestuosidad de antaño: no queda nada del bellísimo edificio con fachada neoclásica llena de columnas (para conocer, remotamente, su aspecto, podrían servir las instalaciones aledañas de la General Post Office), sino que sólo se ha conservado su funcionalidad bajo el subsuelo. La estación es, en la actualidad, uno de los puntos neurálgicos del transporte ferroviario de Nueva York, un lugar de tránsito más, funcional y despersonalizado, para los miles de personas que se acercan a la isla a diario. Aquí arribaba Holden Caulfield desde el ficticio colegio de Pencey, situado en la también irreal localidad de Agerstown. El turista nostálgico que no se conforme con visitarla y buscar una cabina de teléfono cualquiera -en la que Caulfield pasaba veinte minutos decidiendo a quién podía llamar para quedar-, puede experimentar en sus carnes lo que es llegar o partir de ella en tren: el aeropuerto de Newark, por ejemplo, tiene un servicio de trenes hacia la Penn...
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Las estadísticas dicen que Nueva York es la ciudad de los 10.000 hoteles y más de 75.000 camas. Paradójicamente, ninguno de ellos se llama Hotel Edmont, ese establecimiento «lleno de tarados y maníacos sexuales» que olía a «cincuenta millones de colillas» en el que se alojó el protagonista de la novela de Salinger, «en una habitación inmunda con una ventana que daba al patio interior». Ni el Edmont ni su sórdido Salón Malva existen y Salinger no se preocupó de regalarnos una calle o un callejón en el que encontrar un lugar semejante. Aún así, las calles 41 y 42 en su vertiente occidental todavía esconden rincones de ese Nueva York algo canalla, sin domesticar, que pervivió durante décadas hasta el lavado de cara que Rudolph Giuliani le practicó durante su mandato, a finales de los 90. Allí, en las inmediaciones de la estación de autobuses de Port Authority todavía se concentran unas pocas licorerías, hoteles baratos de usar y tirar, peep shows y tiendas de cachivaches diversos, configurando un escenario idóneo para ilustrar el universo neoyorquino de Caulfield.
Más de lo mismo ocurre con el ficticio Ernie, el club de jazz al que huye el protagonista. Salinger lo ubica en el Village -en el Greenwich, imaginamos, en vez de en su vertiente oriental-, que sigue siendo a día de hoy referencia ineludible donde catar el buffet musical de Nueva York. ¿Se encontraría acaso en la calle Bleecker y sus alrededores? Puede. El más famoso club de la calle es el Bitter End (en el número 147, entre Thompson y LaGuardia), con un pasado glorioso -aquí grabó Curtis Mayfield un directo mítico- que, sin embargo, no pudo conocer Holden Caulfield: fue abierto en 1961. Sí existe, en cambio, un hotel, el Seton, con el mismo nombre de uno citado en la novela pero las semejanzas acaban ahí: el Seton irreal -el que alberga el Wicker Man que tanto gusta a Caulfield- está en la calle 54 y es un hotel de lujo. El Seton real se ubica en el número 144 de la calle 40, entre la Tercera avenida y Lexington, es un sencillo tres estrellas con un discutible gusto a la hora de elegir las colchas de las camas.
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En El Guardián... también existe una ciudad luminosa, habitable, abierta a todo el mundo, como si Salinger hubiera ideado partes de la novela con la mirada fijada en una guía turística. Caulfield patea un Nueva York diurno, se deja caer por la Grand Central Station -la catedral de las estaciones de tren, luminosa como una templo gótico de vidrieras gigantes- para guardar su equipaje en las consignas; pasea por Broadway un domingo por la mañana -«estaba atestado y había una confusión horrorosa»- y es testigo de cómo la gente acude en masa a los grandes cines que había en los alrededores de Times Square como el Paramount (43 Street and Broadway, todavía en pie pero reconvertido), el Capitol -(en el 1645 de Broadway, ya desaparecido y sustituido por el Paramount Plaza) o el Strand, situado en el 1579 Broadway, del que ya no queda nada pues fue demolido en 1987. Caulfield visita el Biltmore Theatre (261 West 47th Street) con su amiga Rally y, paradójicamente, es el único que se ha mantenido hasta nuestros días, aunque renombrado -ahora se llama Samuel J. Friedman Theatre- y cerrado indefinidamente.
Otros lugares comunes del Midtown con protagonismo en la narración son la pista de patinaje del Rockefeller Center -donde exterioriza su odio contra Nueva York- o el Radio City Music Hall, espacios de visita obligada para todo aquel que callejee entre la quinta y la sexta avenida.
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Central Park, el Jardín del Edén de los neoyorquinos, lo es también para Holden Caulfield. Esta espectacular alfombra verde rodeada de edificios que, parece, están deseando recostarse sobre ella es la válvula de escape del protagonista. Allí acude para encontrarse de forma casual, sin éxito, con su hermanita Phoebe mientras hace un repaso mental de sus rincones favoritos: el Mall, un apacible corredor flanqueado por un ejército de olmos; los leones marinos del Zoo; el tiovivo que más tarde visitará con su hermana; el que llaman el «museo de los cuadros» -se refiere al Metropolitan, cuyas momias también tendrán protagonismo al final de la narración- o «el de los indios» -se refiere a la sala dedicada a los Indios del de Historia Natural-, todos ellos disfrutables hoy en día. Pero Central Park se revela como algo más que una mera parada en el recorrido: es una de las columnas vertebrales del libro y el lugar que focaliza el bello dilema de los patos...
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Basta con levantar la mano en una avenida, cerrar los ojos, abrirlos a los pocos segundos y ver un taxi frente a nosotros. Nueva York es de color amarillo gracias a esa marea de taxis que sube y baja durante todo el día, independientemente de las fases lunares. Los cabs son también el medio de transporte por excelencia de Holden Caulfield y, por supuesto, una fuente más de conflictos a la que, en ocasiones, dedica líneas durísimas: «Era un taxi viejísimo que olía como si acabara de vomitar alguien dentro». Por supuesto, hay que montar en uno, pasar, como hacía el protagonista, junto a Central Park y acordarse de aquel dilema relacionado con los patos del lago sur en invierno: ¿Qué hacen con ellos cuando hace frío? Preguntárselo al taxista ya será cosa de cada uno...
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Se encuentra varado junto a Central Park, pero Holden nunca estuvo ahí. No en la novela de Salinger. Aún así, el edificio Dakota -emplazado en la calle 72 con la Octava Avenida o Central Park Oeste- ha acabado sutilmente vinculado a su leyenda por un hecho que aconteció casi 40 años después de la publicación del libro: el asesinato de John Lennon, el 8 de diciembre de 1980, a manos de Mark David Chapman. Entre las posesiones incautadas a éste, había un ejemplar de El Guardián entre el Centeno, autografiado con el nombre de Holden Caulfield y una dedicatoria, en inglés: «Esta es mi declaración». Chapman, obsesionado con la figura del protagonista y su sistema de valores -contra los vendidos, los falsos, los phonies...- dictó sentencia contra Lennon y la cumplió. El filme Chapter 27 (2007), titulado en España El asesinato de John Lennon, recoge toda esta historia. Los 26 capítulos anteriores a los que hace referencia el nombre original son... los de... El Guardián Entre el Centeno.
No hace falta recurrir a leyendas malditas (tras sus muros también se rodó La Semilla del Diablo) para vender el interés de este bloque de aire crepuscular, porque la misma historia del edificio goza de suficiente enjundia: Cuando el promotor inmobiliario Edward Clark anunció que iba a construir un complejo de apartamentos de lujo a la altura de la calle 72 le tomaron por un loco. Era el año 1881 y estas latitudes del Upper West Side eran un inhóspito solar junto al Central Park, alejado del ajetreo que se respiraba varios kilómetros al sur de la isla. De ahí que le dijeran a Clark que, ya puesto, podría levantar el edificio en los estados septentrionales de Dakota... y con ese nombre se quedó.
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Antes de que Salinger muriera, las librerías de Nueva York ya le rendían tributo: rara es la tienda de libros que no mostrara en un lugar destacado ejemplares de El Guardián entre el Centeno, una obra cuyo goteo de ventas no ha cesado desde los años 50. Seguramente, Holden Caulfield renegaría de las grandes cadenas de productos culturales como Barnes & Noble o Borders, auténticos hipermercados del libro, que de un tiempo a esta parte han copado el mercado literario de Manhattan, arrasando lugares entrañables como Coliseum Books, cerrada en 2007. Aún así, todavía quedan librerías con solera en la Gran Manzana, idóneas para realizar una ruta temática, entre estanterías de cuatro metros de alto, mesas atiborradas de novedades -en el mastodóntico mercado editorial norteamericano y anglosajón de novedades es posible encontrar libros de casi todo- e, incluso, personal shoppers que aconsejan qué libro llevarse o regalar. Acaso la más famosa es Strand (828 Broadway, con la calle 12) un lugar inabarcable que podría pasar por una suerte de sucursal de la biblioteca de Alejandría pero en clave neoyorquina. Su manidísimo lema son sus 18 millas de estanterías y lo que esconde en su interior es una auténtica jungla de papel en la que mercadotecnia y amor al libro van de la mano. Mucho más abarcables y con dimensiones más humanas son Shakespeare & Co. (www.shakeandco.com, 716 Broadway, una manzana al sur de Strand); Soho Books (West Broadway, 351), pequeñita e incómoda, pero con precios que fomentan el sobrepeso de las maletas a la hora de la facturación; o Partners & Crime (www.crimepays.com 44 Greenwich Avenue), encantador lugar consagrado a la literatura negra, misterio y suspense.
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La mejor (y más económica) forma de brindar por Salinger sería adquirir una preciosa edición facsimil de bolsillo de una de las primeras ediciones publicada por Little Brown and Company en 1951. Hay ejemplares desde 7 dólares o, si se quiere (y se está dispuesto a pagar por ello), en la tercera planta de Strand cuentan con una amplia sección de primeras ediciones originales. Presumiblemente, la muerte de Salinger habrá disparado los precios. Si no, siempre se puede comprar uno de los libros favoritos de Caulfield: el también superneoyorquino El Gran Gatsby o de su autor predilecto, Ring Lardner.
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