Tuxtla y San Cristóbal, el doble corazón de Chiapas

En Chiapas conviven dos mundos paralelos que no se juntan jamás. En Tuxtla Gutiérrez todas las tardes hay baile en el zócalo. San Cristóbal es una hermosa ciudad colonial que invita a pasear despacio, a saborear cada una de sus casas e iglesias.

Francisco López-Seivane

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Actualizado jueves 04/02/2010 13:05 horas

En 1980, la presa de Chicuatén amansó las aguas del río Grijalva, haciendo navegables los peligrosos rápidos del cañón de El Sumidero, convertido desde entonces en un atractivo turístico. A lo largo de los veinticinco kilómetros de angostura, la motora avanza rauda, con la proa levantada, mientras en las orillas sestean ominosos cocodrilos.

Desde aquí, encajonado entre paredes de más de mil metros de altura, uno no puede por menos de rememorar la bravura de aquellos indios que prefirieron arrojarse a las entonces impetuosas corrientes del cañón antes que rendirse a las tropas de Mazariegos, quien, muy cerca de la actual capital, Tuxtla Gutiérrez, que se abriga en un fértil valle próximo al lugar, hubo de enfrentar en 1527 a la rebelión de los indios chiapa.

La naturaleza ha sido tan generosa en esa inmensa quebrada que cada recodo regala una sorpresa. Para que no falte de nada, hasta parece haberse impregnado del espíritu mágico/religioso que caracteriza a la región, y allí está la virgen de Guadalupe, encaramada en lo alto de una cueva de colores que ya es centro de peregrinación.

En tirolina por la selva

Más adelante, el horizonte se ensancha formando un circo y aparece ante nuestros ojos el Parque Ecoturístico, un lugar que ofrece interesantes atracciones ecológicas, como un zoo de especies en peligro de desaparición. Pero lo más entretenido son las tirolinas que nos permiten descender hasta el río, de plataforma en plataforma, deslizándonos por un cable sobre las copas de los árboles.

Al son de trompetas y marimbas todo el mundo baila y disfruta alrededor del quiosco de la orquesta

En Tuxtla Gitiérrez todas las tardes hay baile en el zócalo. Al son de trompetas y marimbas todo el mundo baila y disfruta alrededor del quiosco de la orquesta. No ocurre lo mismo en San Cristóbal de las Casas, en pleno altiplano, donde el quiosco de la plaza central permanece vacío, como si fuera un adorno del solemne ayuntamiento que se levanta enfrente.

San Cristóbal es una hermosa ciudad colonial que invita a pasear despacio, a saborear cada una de sus casas e iglesias. Entre los numerosos monumentos religiosos que ocupan sus calles y plazas destaca por su hermosa fachada el ex convento de los dominicos. En el interior, ya sólo alberga algunos museos, pero alrededor de aquellos vetustos muros que los monjes levantaron en el siglo XVI alienta un vibrante mercado indígena lleno de vida y color.

Dos mundos paralelos

En San Cristóbal no se ven dos fachadas del mismo color. A ambos lados de las calles que confluyen en el zócalo central, sendas ringleras de casas parejas de una sola planta recuerdan la paleta de un pintor expresionista. Muchas permanecen con sus grandes puertas abiertas para mostrar orgullosas los floridos patios interiores. Otras, albergan pequeños comercios, hoteles o restaurantes. Pero el inconfundible sabor de la España colonial que se respira por doquier contrasta con la callada seriedad de los indígenas que transitan como seres transparentes, ajenos a todo afán.

Y es que en Chiapas conviven dos mundos paralelos que no se juntan jamás. Algo así debieron de barruntar los conquistadores cuando decidieron llamar a los dos primeros asentamientos establecidos en la región Chiapa de los Indios (hoy Chiapa de Corzo) y Chiapa de los Españoles (en la actualidad, San Cristóbal de las Casas, en honor de Fray Bartolomé de las Casas, gran valedor de la población indígena).

Esta ciudad se disputó la capitalidad del territorio con Tuxtla Gutiérrez durante siglos, llegando a cambiar más de treinta veces, pero en la actualidad Tuxtla es la capital económica y administrativa, mientras San Cristóbal concita la cultura y el turismo.

 
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