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De safari por el Parque Kruger

La bien merecida fama de que goza el Parque Kruger en todo el mundo no es sólo debida a su enorme extensión. Los colores del amanecer, los graznidos aislados de las aves, los brazos desnudos de los baobabs, las copas de los sicomoros, las hojas de las acacias... Es el universo que respira este enclave de Sudáfrica, apto sólo para aventureros que quieran disfrutar del espectáculo de la naturaleza.

Texto | Fotos: Francisco López-Seivane

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Actualizado martes 09/03/2010 19:11 horas

Son las cinco en punto de la mañana y un guarda armado ya me espera a la puerta de mi bungaló para acompañarme al comedor. No es que me hayan detenido por robar los colmillos de algún elefante, no. Es que en el Lion Sands Lodge nadie puede dar un paso a solas durante la noche, ni siquiera cubrir el breve trayecto que separa las habitaciones del cuerpo central del hotel. Estamos en el Parque Kruger y éste es un territorio salvaje en el que el león es todavía el rey y los grandes felinos se mueven a sus anchas, dueños y señores de la sabana.

La bien merecida fama de que goza el Parque Kruger en todo el mundo no es sólo debida a su enorme extensión (es mayor que Israel o la provincia de Cáceres, por poner un ejemplo más casero), sino a la diversidad de su vida salvaje, a su magnífica conservación y al hecho de ser un auténtico santuario de la naturaleza, un lugar que pertenece a las fieras y no al hombre. El recién llegado no es más que un mero espectador que debe respetar al máximo cuanto le rodea sin interferir en el desarrollo de la vida animal. El primer mandamiento de todo visitante al Kruger es no molestar a ninguna fiera y no salirse de las estrictas normas que velan por su seguridad, pues las leyes de la selva son implacables.

En 1927, cuando abrió sus puertas al público, el Kruger sólo recibió tres vehículos en todo el año, recaudando la modesta cifra de seis libras esterlinas. Hoy, en cambio, lo visitan anualmente cerca de un millón y medio de personas. Como casi todos los parques de África, empezó siendo una Reserva de caza para las clases pudientes europeas, mayormente británicas. Algunas propiedades colindantes, como la que ocupa el Lion Sands, se convirtieron con el tiempo en reservas privadas, una denominación que permite, si bien con estrictas normas, la construcción y explotación de alojamientos de alto standing, algo absolutamente prohibido en el resto del Parque. El Lion Sands está regentado hoy por los biznietos de Guy Chalkley, dueño desde 1933 de miles de hectáreas aledañas al Parque, del que sólo le separa el curso del pequeño río Sabie, apenas una línea en el mapa que los animales cruzan a su albedrío cuando les place.

Un espectáculo incomparable

Alojarse en estos lodges ofrece innumerables ventajas: la primera, el confort; en segundo lugar, poder disponer de una enorme extensión de sabana para disfrute exclusivo de los escasos afortunados que se alojan allí; además de ser muy reducidos, los safaris de las reservas privadas cuentan con excelentes exploradores que conocen al dedillo el terreno y a los animales que lo pueblan. Creánme, no hay mejor manera de disfrutar el espectáculo incomparable de la vida salvaje que utilizar los servicios de algún lodge privada.

Nos subimos al imponente todoterreno descapotable y descapotado que nos esperaba con el motor encendido.

Como les decía, eran las cinco de la mañana y, tras tomar un té caliente en el lobby del Lion Sands, nos subimos al imponente todoterreno descapotable y descapotado que nos esperaba con el motor encendido. Un conductor/guía y un explorador acomodado en un asiento especial sobre el morro del vehículo eran los encargados de guiarnos por la inmensa sabana.

Los colores del amanecer, los graznidos aislados de algunas aves, los primeros rayos del sol iluminando los brazos desnudos de los baobabs, las copas de los sicomoros, las hojas de las acacias, los olores entremezclados de bostas y arbustos, los tempraneros vuelos de exóticos pájaros... casi nos habían hecho olvidar donde nos encontrábamos, cuando, de pronto, el explorador levantó el brazo. El todoterreno detuvo de inmediato su marcha y el guía centró su atención en los arbusto de la derecha como un perro perdiguero que hubiera olfateado una presa.

Sin saber por qué, todos nos pusimos en tensión, aferrándonos instintivamente a nuestras cámaras. Apenas unos segundos más tarde, un enorme león salió de la espesura al costado del coche y avanzó majestuosamente por el camino, totalmente ajeno a nuestra presencia. Su actitud nos relajó a todos y empezamos a captar imágenes mientras le seguíamos despacio, apenas unos metros detrás de él.

En medio de la espesura

Estábamos bien advertidos de que, bajo ningún concepto debíamos abandonar el coche. Los animales están acostumbrados a ver a los vehículos, que ya forman parte de su paisaje habitual. Saben que no representan ninguna amenaza para ellos y los dejan aproximarse sin recelo. Pero basta que alguien se distancie de esa unidad que forma el vehículo con todos sus pasajeros, para convertirse de inmediato en una amenaza potencial, un animal nuevo, un intruso en su territorio. En ese caso, las posibilidades de un ataque preventivo por parte de la fiera son elevadísimas y quienquiera que se halle en su camino corre un gravísimo peligro.

Haría falta un libro para relatar todos los acontecimientos y emociones vividos aquella mañana en la sabana.

El león que nos precedía era también un intruso, un animal nuevo que había cruzado el río esa mañana, penetrando en el territorio del león que lo dominaba con su prole. El guía y el explorador estaban muy excitados, anticipando un combate formidable entre ambos machos. Si el nuevo león vencía, mataría a todas las crías y cubriría a todas las hembras de la manada para que le dieran hijos propios. En caso contrario, le esperaba la muerte. Muy pronto se oyeron en la distancia unos rugidos poderosos que no presagiaban nada bueno. El león que seguíamos se metió entonces en la espesura. Siguiendo las indicaciones del explorador, abandonamos el camino y nos dirigimos, campo a través, dando tumbos por la sabana, a la búsqueda del dueño del territorio. No tardamos en dar con él. Avanzaba poderoso, sin prisa, a la búsqueda del intruso, que ya huía, atravesando presuroso el río.

Haría falta un libro entero para relatar todos los acontecimientos y emociones vividos aquella mañana en la sabana y las que siguieron (pueden leer más aquí: aquí), pero baste decir que pudimos ver a los cinco grandes, elefantes, búfalos, rinocerontes, leones y leopardos, en su ambiente y en plena libertad, que disfrutamos de la elegancia de los Impala, de la agilidad de los antílopes, de la bella estampa de las cebras, de las increíbles jirafas... y tantos otros animales que sería imposible citar en tan poco espacio. Me consta que un safari en África puede no estar al alcance de todos los bolsillos, pero es una de las experiencia más extraordinarias que puede vivir un viajero.

 
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