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Un viaje por la revolución
rumana de 1989

Dos décadas después de la caída de la brutal dictadura de Nicolae Ceaucescu, Rumanía sigue luchando por dejar atrás un pasado comunista que le pesa demasiado. Este recorrido por las ciudades de Brasov, Timisoara y Bucarest nos presenta los lugares que marcaron aquella revuelta popular.

Meritxell Mir

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Actualizado viernes 12/02/2010 18:08 horas

La revolución rumana no empezó en 1989 en Timisoara. Lo hizo en 1987 en Brasov, una de las ciudades más bellas del país. Situada al pie de los Cárpatos, y en pleno corazón de Transilvania, Brasov es hoy en día una ciudad moderna y viva, orgullosa de su pasado sajón. Fuerte centro industrial de Rumanía, fue escenario de los primeros gritos contra el régimen de Ceaucescu, dos años antes de que el país entero se convirtiera en un clamor contra el dictador comunista.

El 15 de noviembre de 1987, más de 20.000 trabajadores de las fábricas automovilísticas de Brasov se declararon en huelga y salieron a las calles al grito de «¡Fin al Comunismo!». La revuelta acabó con 300 detenidos, aunque no hubo muertos que lamentar. Hoy en día cuesta imaginar estos acontecimientos al pasear por esa misma plaza mayor. La Piata Sfatului es un espacio de cuidada arquitectura medieval y renacentista, lleno de vida a todas horas del día. En el centro se alza el antiguo Ayuntamiento, hoy convertido en Museo Histórico. Tomando esta plaza como eje se pueden visitar las principales atracciones turísticas de la ciudad, entre las que destaca la Biserica Neagra, la iglesia más antigua de todo el país. El templo, que vigila todo el conjunto histórico de Brasov, fue construido en el siglo XV y recibe su nombre por el incendio de 1689 que tiñó sus paredes de negro.

Mucho menos glamour tiene el barrio de Schei, en las empinadas calles de las faldas del Monte Tampa. En este arrabal, situado en el exterior de las antiguas murallas de la ciudad, vivieron durante mucho tiempo los rumanos porque los alemanes, principales habitantes de Brasov, no les permitían vivir intramuros. Las calles están adoquinadas, cuando no sin asfaltar, y muchas casas aún mantienen el estilo tradicional de la época, con grandes puertas de madera para los carruajes y depósitos para la leña o el carbón. Así, en 10 minutos a pie, uno pasa de una ciudad moderna a un pueblo rural propio de la Edad Media. Las protestas de Brasov de 1987 no llevaron directamente a la caída del régimen, pero sí supusieron un duro golpe para Ceaucescu y su ciega confianza en los sindicatos.

Un clamor general

La verdadera revolución popular arrancaría dos años más tarde en Timisoara, a pocos kilómetros de la frontera con Hungría. La ciudad más cosmopolita y multicultural del país fue sede de la administración de los Habsburgo en el siglo XVIII. La colonización austriaca la convirtió en una ciudad moderna, más europea que el resto del país y con un potente desarrollo intelectual y cultural. No es de sorprender así que la revuelta contra la opresiva dictadura de Ceaucescu tuviera aquí su origen. Entre el 16 y el 20 de diciembre, las calles de Timisoara se llenaron de trabajadores, estudiantes y amas de casa en un clamor unísono contra el régimen comunista. La temible Securitate no pudo con los manifestantes, por lo que el Gobierno tuvo que enviar al ejército. Más de 1.100 personas murieron en las calles en tres días de represión salvaje.

El lugar más emblemático de toda Timisoara es la Piata Victoriei, hoy el punto de encuentro más vital.

La Timisoara del siglo XXI no olvida aquellos acontecimientos sangrientos que cambiaron el rumbo del país y varios monumentos recuerdan a los asesinados durante la revuelta. El lugar más emblemático de toda la ciudad es la Piata Victoriei, hoy el punto de encuentro más vital. Ceaucescu solía dar grandes discursos desde el balcón del Teatro Nacional de la Ópera que preside la plaza, el mismo lugar que fue testigo de los feroces enfrentamientos entre civiles y ejército del 20 de diciembre. Desde allí todavía se pueden ver en algunos edificios cicatrices de los disparos de la revuelta.

La plaza se extiende a través de un bulevar señorial flanqueado por edificios de estilo secesionista hasta llegar a la Catedral Ortodoxa, en cuyos escalones también se asesinó a varias personas que protestaban pacíficamente. Unas torres de estilo moldavo y una fachada bizantina de gran altura dan identidad a este templo de 1946.

Contrastes en cada rincón

La revolución retornó a Brasov y se extendió hasta Bucarest. El dictador cometió un error de cálculo y convocó una manifestación masiva en la Piata Revolutiei para demostrar al resto del país, y al mundo, que su pueblo le seguía queriendo. Pero le salió mal la jugada, y los allí concentrados se alzaron contra él. Hoy es una plaza semi peatonal en la que una sensación extraña invade al visitante nada más pisarla, como si con tan sólo cerrar los ojos uno se sintiera ante aquel último discurso de Ceaucescu desde el balcón del Palacio del Senado, con la gente gritándole llena de rabia en su intento por recuperar un futuro que hasta entonces creían perdido.

La mejor manera de entender la dictadura comunista que asoló el país es acercarse hasta el Palacio del Parlamento.

La mejor manera de entender la dictadura comunista que durante más de 20 años asoló el país es acercarse hasta el Palacio del Parlamento. En el momento de su construcción era el segundo mayor edificio del mundo después del Pentágono, todo un insulto a una población que vivía con lo mínimo. En el año 2009, Bucarest tiene en muchas esquinas el sabor a rancio de la España de los 70. Poco tiene que ver con ciudades como Brasov, Sibiu o Timisoara, lo que hace patente que la transición a la democracia no fue igual en todo el país.

Decir que los contrastes están en cada rincón puede sonar a tópico de guía de viaje, aunque en este caso se queda corto para describir la realidad de la capital rumana. La mitad de esos contrastes miran de frente a la decadencia más absoluta. No hay que buscar mucho para encontrar niños sin infancia esnifando cola en bolsas de plástico, apoyados en coche de lujo o bajo las vallas publicitarias de restaurantes americanos de comida rápida. La fascinación que suscita Bucarest no está en sus monumentos ni en su arte, sino en las historias de cada centímetro de sus calles.

 
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