Entre los siglos XI y XIII floreció un estilo que casi mil años después sigue despertando admiración. Y en pocos lugares se podrá encontrar una combinación de naturaleza, arte e historia como en el valle leridano de Boí. Sus iglesias románicas configuran una ruta que no tiene desperdicio.
Con más de 10.000 obras conservadas, el patrimonio románico español es el mejor y más bello testimonio de la transformación cultural que se operó en nuestro país allá por el año 1000. Encontramos magníficos ejemplos de ese maravilloso legado cultural y artístico a lo largo y ancho de toda nuestra geografía, pero es en la provincia de Lérida, y muy concretamente en el valle de Boí, donde aparece uno de los conjuntos de iglesias románicas más notables del mundo.
La orografía extrema y las características climáticas en este privilegiado enclave natural han engendrado núcleos humanos reducidos y muy próximos los unos de los otros: Caldes de Boí, Taüll, Boí, Llesp, Erill La Vall, Barruera, Cóll, Cardet y Durro. Todos ellos conforman un conjunto de tesoros medievales y religiosos fuera de lo común. Nos encontramos en un valle angosto, que no lleva a ninguna parte, y que un hombre puede andar y desandar en una jornada. Aquí, en el valle de Boí, el paisaje -fascinante- es un envoltorio de lujo.
Lo que pesa, lo que de verdad importa aquí, es ese conjunto de iglesias románicas casi clónicas, abismadas en esos pueblecitos que conservan el olor a estiércol y a huerta. Evidentemente, son estas iglesias románicas el hilo conductor para el viajero. Aunque no es el único. Si por un lado está este tesoro insólito arquitectónico, un poco más arriba está el parque nacional de Aigüestortes, que protege alguno de los paisajes primordiales de los Pirineos. En fin, un festín que hay que saborear sin prisas.
La ruta románica del valle de Boí comienza en la iglesia parroquial de Santa María de Cóll, del siglo XIII. Ciertamente está un poco apartada del pueblo y quizá esta es la razón por la que es una de las menos visitadas pero presenta uno de los mejores trabajos de sillería de todo el valle. A pocos kilómetros, la fachada de la iglesia de Santa María de Cardet está rematada por un campanario de espadaña único en el valle. A partir de aquí empieza el broche de oro. Primero, Barruera. No hay que buscarlo, aparece de repente, junto al asfalto. La iglesia de San Feliu queda a la derecha. Más adelante, la torre cuadrada de la iglesia de la Natividad de la Mare de Déu de Durro, del siglo XII, se perfila más maciza que las demás en el bello y amplio valle.
El pueblo homónimo conserva el candor de las huertas madurando tomates al pie de los muros sagrados.
El pueblo homónimo conserva el candor de las huertas madurando tomates al pie de los muros sagrados, y todavía las ovejas se guarecen bajo alguna tinada en el camino hacia la ermita de San Quirce. A medida que nos adentramos más en el valle de Boí crece nuestro entusiasmo. Erill la Vall es una etapa muy especial. También incorporada al conjunto del pueblo, la iglesia de Santa Eulâlia ofrece el que para muchos es el campanario más bello del valle, un porche con pilares redondos y una copia exacta del conjunto de las figuras de madera que forman el Descendimiento.
Luego, las tres naves de la iglesia de Sant Joan de Boí, que da su nombre al valle, se recortan sobre la masa densa de las murallas rocosas. En su interior se han reproducido las pinturas medievales, entre las que destaca La lapidación de san Esteban. El pueblo de Boí guarda también muy buenos ejemplos de arquitectura tradicional. De Boí hay que ascender un estadio para llegar a Taüll. La iglesia de Sant Climent, del siglo XII, a la entrada del pueblo, es la favorita de casi todos los visitantes. Tiene tres naves, un hermoso campanario y la reproducción de otras pinturas medievales. La del ábside representa el Patocrátor, la obra señera de los murales de Sant Climent. Se trata de una representación de la imagen medieval de una deidad central y cenital, omnipotente y omnisciente. El rostro y la mirada transmiten una inefable sensación de poder y serenidad mediante un grafismo conciso y una admirable riqueza cromática.
Todo en este genial templo es pura armonía: sus dimensiones, la finura de los detalles, la sobriedad del interior... Pero sólo cuando el viajero se coloca bajo la estilizada forma de su campanario y piensa que esa torre de hechuras casi perfectas fue levantada en el año 1123, adquiere la auténtica medida de la maestría que aquellos arquitectos medievales demostraron en el trabajo de la piedra. Vecina a esta iglesia se alza Santa María de Taüll, del siglo XII. De hecho, ambas iglesias, Sant Climent y Santa María, se consagraron con un día de diferencia. Completamente rodeada de casas, presenta características similares a la anterior. Las pinturas del ábside, también reproducciones, representan la Epifanía.
El recorrido por las iglesias del hermoso valle del Boí descubre un paisaje bien conservado cuajado de historia.
Los originales de estas maravillas están en lugares seguros, secos y templados: algunos en el Museu Nacional d'Art de Catalunya y en el Museu Marés, ambos en Barcelona, y otros en el Museu Episcopal de Vic o en Museu Diocesà de la Seu d'Urgell. Pero sea cual sea el destino final de estas obras de arte, únicas y excepcionales, se han reproducido los originales in situ para no menguar el placer del viajero. El recorrido por las iglesias del valle descubre un paisaje bien conservado cuajado de historia. Sin embargo, a pocos kilómetros, casi desaparece y se entra en uno de los enclaves naturales mejor conservados de los Pirineos.
Efectivamente, el parque nacional de Aigüestortes es uno de los paisajes alpinos más hermosos de la península. Creado gracias a la acción de los glaciares sobre el duro granito de las profundidades de la Tierra, el resultado es un maravilloso caos de piedra en forma de circos de paredes escarpadas y valles tallados en U sobre los que se asientan más de 200 lagos de montaña. El parque fue creado en el año 1955 y ofrece caminatas de todo tipo de duración y esfuerzo entre montañas que rozan los 3.000 metros y decenas de lagos. No hay que perderse la vista de Els Encantats y el lago Sant Maurici.
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