Albóndigas que caen del cielo
Antes de que cierto gran centro comercial de el banderazo de salida a la Navidad y entonces ocurra que las calles se llenen de luces y la gente deambule estresada de un lado a otro en busca del más original y feliz regalo para unas fechas por ahora sin nieve; los cines ya nos dan su especial felicitación con las películas "para Navidad".

No os podéis imaginar la ilusión que me hace ver que estos últimos años de 2009 las pantallas grandes se llenan de filmes que llevan al espectador por los encantos culinarios. Hace unos días os hablaba de Julia Child y su cocina francesa, y ahora... para los más pequeños —y los demás, claro— se crea una historia culinaria fascinante, Lluvia de albóndigas (ver aquí).
La historia está basada en un popular cuento escrito por Judi Barret (Cloudy with a Chance of Meatballs) y trata sobre un jovencito creativo que se le ocurre la genial idea de inventar una máquina que hace llover alimentos... ¡Pero qué alimentos! Hamburguesas, perritos calientes, albóndigas...
Una tormenta de fast food acecha a un mundo virtual que me hace reflexionar sobre si no está ocurriendo lo mismo en nuestro mundo real. Me explico. Hace unos meses se daba la escandalosa noticia de que España era el tercer país con mayor índice de obesidad infantil. ¿Cómo es posible que esto ocurra en una región mediterránea como la nuestra? Se me ocurren varias razones que no voy a plasmar ahora. Lo único que puedo sugerir que estas fiestas se eduque a los niños a comer delicias que recuerden nuestra tradición navideña y la de otros países del mundo: peladillas, nueces, la tersa carne de un pavo, el sabor a mar del marisco, las uvas pasas y los cítricos...
A mí la Navidad me huele a cítrico. A mandarina y a naranjas. No puedo evitar pelar una mandarina y que esas gotas de frescor me transladen sin quererlo a un infancia más que feliz. Pero hay naranjas y naranjas, y yo sigo apostando por la calidad y para mí ésta se encuentra en saber elegir las piezas bien. A veces es mejor que no nos ciege la belleza de una fruta. Me gusta oler una pieza y que me regale el sabor al campo, tocarla y saber que dentro se esconde la pulpa más dulce y jugosa.
Desde hace unos años hay quien quiso regalar esta sensación y montó un negocio, para mí triunfal, que se llamó Naranjas Lola (www.naranjaslola.com). Su dueño, Federico Aparici, junto con su mujer Dolores Colomar, recogen las naranjas para cada pedido que tiene y te las envía en menos de 24 horas a tu casa. ¿Se podría decir que esto es una verdadera lluvia de cítricos?