Pescado, mar, 'breakdance' y Margaret
Son las ocho de la tarde de un viernes cualquiera. Comienza a caer el sol, a perderse por la planicie del mar del Caribe. Me encuentro en la ciudad de Oistins, en el sur de la isla de Barbados.
Los niños hacen castillos de arena, una pareja pasea de la mano junto a la orilla, tres pescadores sujetan la caña en el muelle de madera vieja que sale de la playa del pueblo, se otea en el horizonte unas barquitas de pescadores que ya están de regreso de su faena. Todo parece en calma. Pero de repende, un hilillo a fritura de pescado blanco atrapa los sentidos y despista la concentración en tan bello paraje.
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Es viernes, repito, y el marinero pueblo de Oistins recibe a más de un millar de personas que tienen su cita aquí. Este día a esta hora todos los isleños se viene a comprar en el mercado de peces y marisco, y luego, a comerse la presa en alguno de los muchos chiringuitos que abren sus puertas junto a este mar transparente. Al caer el sol comienza la vida. Las voces de los cocineros, que vociferan las comandas, se cruza con la de los comensales que ocupan las mesas en un jolgorio de diez o más personas.
En el mercado de Oistins se come langosta, pescados blancos y patatas asadas. Se beben refrescos cola o naranja y cerveza y se escucha música: Bob Marley a todas horas o las nuevas voces de raperos que fusionan los diferentes ritmos del Caribe. Los hombres lucen sus pieles negras con ropajes claros y las mujeres atan sus cabellos rizados, negros como el azabache, en espectaculares moños. Después de la comida, llega el baile.
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Quise saber bailar breakdance para haberme animado a participar en alguno de esos corrillos de barbadienses que se las ingeniaban para hacer saltos mortales a ritmo de una música desconstruida. El tiempo transcurre al aire libre, en un entorno similar a lo que podría ser una fiesta de pueblo en mi natal Asturias.
Pero estoy en Barbados. Viviendo uno de los mejores mercados caribeños que he visto nunca. Comiendo pescados deliciosos, los que elabora Margaret, una vieja negra, delgada como un pescadito de río, maestra de la plancha y bien sabedora de su presencia en el pueblo y el mercado de Oistins:
— No me importa que me hagas fotos —me dice Margaret—. Estoy acostumbrada. Aquí todo el mundo me fotografía. Soy famosa.
Quizá es famosa. ¡Qué importa! Lo cierto es que todos hacen cola para que Margaret les sirva sus langostas a la plancha o cualquiera otra de las cosas que el mar les haya dado ese día, ese viernes sin nombre, a las ocho de la tarde, en un pueblo del sur de Barbados.