Alejada durante demasiados años del circuito turístico de grandes capitales de Sudamérica, ahora es el momento de descubrir la ciudad colombiana, una de las metrópolis más atractivas de esta parte del mundo y, cómo no, las obras más emblemáticas de su principal arquitecto.
Con unos índices de inseguridad muy inferiores al de muchas otras capitales americanas, ya no hay ningún motivo para dejar de conocer Bogotá, la capital colombiana. Quizás no tiene la elegancia de Buenos Aires, ni la osadía de Brasilia, ni está cerca del mar, pero su emplazamiento entre montañas, en una meseta a 2.640 metros, es sobrecogedor y su arquitectura, más que sobresaliente. Y no es ninguna casualidad.
Durante los años 30 del pasado siglo, lo mejor de la arquitectura austriaca y alemana de su época (Kart Brunner y Leopoldo Rother, entre otros) dejó su huella en la ciudad. A finales de los años 40 y principios de los 50, Le Corbusier, José Luis Sert y Paul Lester Wiener trabajaron en un Plan Urbano General modélico en su tiempo (se puede comprobar en Parkway, en el barrio de La Soledad, donde no hay que perderse el Centro Cultural Casa Ensamble) y más tarde, un grupo de sus seguidores, encabezado por Rogelio Salmona, marcarían para siempre la arquitectura de la capital.
Aunque no ha sido el único gran arquitecto de Bogotá en la segunda mitad del S.XX (ahí están Guillermo Bermúdez, Fernando Martínez y otros muchos), ninguno ha tenido la posibilidad de desarrollar un proyecto tan amplio y complejo en esta inmensa ciudad, cuyo área metropolitana se expande en una superficie de más de 40 kilómetros de sur a norte y 20 kilómetros de oriente a occidente, como este hombre nacido en París pero que desarrolló casi toda su obra en esta gran metrópolis. En realidad, aunque murió hace unos años, todavía no hay mejor guía para conocerla.
Un tour por el centro histórico puede comenzar en los alrededores de la carismática Plaza Bolívar.
Se puede comenzar por el mismo centro histórico, en los alrededores de esa carismática Plaza Bolívar y teniendo como vértices el Museo Botero, el Museo del Oro y la plazoleta del Chorro de Quevedo, el alma de esa Bogotá colonial apenas descubierto. En un radio de algo más de 100 metros a la redonda, se puede comprobar su genialidad en tres tipos de edificios muy distintos: un insólito grupo de viviendas, Nueva Santafé de Bogotá, el Archivo General de la Nación y el Centro Cultural García Márquez.
Todos ellos utilizan el ladrillo de una forma muy personal, transformándolo en un material semiprecioso, llaman la atención por su modernidad en el planteamiento de espacios públicos y privados, su juego de formas geométricas pero, al mismo tiempo, no esconden una inusitada influencia de las culturas mesoamericanas precoloniales, recordándonos lo que conocemos de Teotihuacan o Chichén Itza.
Pero su huella no sólo la dejó en edificios concretos, sino también en planteamientos urbanos, como su imaginativa solución para canalizar uno de los ríos que cruzaban la capital en lo que se conoce como el Eje Ambiental que une (donde antes separaba) el centro histórico con el centro internacional. Más al norte, en el barrio de la Macarena, cuajado de restaurantes con encanto, es imposible no quedar deslumbrado por su obra más conocida, las Torres del Parque, un conjunto de viviendas cuya imagen ha dado la vuelta al mundo y que se ha convertido en uno de los símbolos o iconos de Bogotá, en cuyo entorno también se pueden descubrir obras de escultores como del gran Negret. Muy cerca, no hay que perderse el MAMBO (Museo de Arte Moderno), donde también dejó su marca y un proyecto para su ampliación.
Salmona se convirtió, en 2003, en el primer latinoamericano al que se le concedió el premio finlandés Alvar Aalto.
En realidad, no hay barrio importante de la ciudad donde no haya un Salmona. Si no se cuenta con mucho tiempo, lo esencial es la Biblioteca Virgilio Barco, en el oeste, rodeada de parques y jardines como el dedicado a Celestino Mutis, donde pudo desplegar en todo su esplendor su pasión por el paisajismo, utilizando el agua, como elemento conector, mediante canales, piscinas y estanques y, la que quizás sea su obra más exquisita y perfecta, el edificio de posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia.
Para los que quieran conocer la arquitectura de este hombre que, en 2003, se convirtió en el primer latinoamericano al que se le concedió el finlandés Alvar Aalto, sin salir de España, puede acercarse al edificio El Aguila-Alcatel en la zona de la antigua estación de Delicias de Madrid, entre las calles Juan Mariana, Ramirez de Prado y Bustamante, para conocer su única obra en nuestro país, realizada dentro del proyecto municipal de viviendas sociales de estos últimos años.
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