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Rumanía y sus monasterios

Los caminos rumanos están sembrados de castillos, monasterios, iglesias y ciudades medievales que cristalizan retazos de una historia fascinante en la que Romanos, húngaros y sajones dejaron su huella en unas tierras montañosas, de verdes esplendorosos que aún conserva su estampa ancestral.

Francisco López-Seivane

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Actualizado jueves 12/11/2009 19:41 horas

Rumanía es un país de naturaleza privilegiada, aire puro y silencios balsámicos, en el que se siente en todo momento con fuerza la cálida amistad de sus habitantes. Romanos, húngaros y sajones dejaron su huella en aquellas tierras montañosas, de verdes esplendorosos, donde el tiempo se ha detenido, conservando hasta hoy una estampa ancestral en la que hay mucho que descubrir.

Ascendiendo desde Sighisoara por las suaves colinas transilvanas, se atraviesa la ciudad de Tirgu Mures, tan famosa por sus flores como por la hermosura de sus mujeres y la peculiaridad de sus tejados y fachadas. Más adelante, Bistrita ha pasado a la historia por ser la ciudad transilvana que eligió Stoker para ambientar las andanzas del conde Drácula. Bistrita fue famosa en los tiempos medievales por los juicios de brujas que se celebraban entre sus murallas y por sus renombrados mercados, pero no conserva otra cosa que el barrio de Sugalete, en la parte vieja, donde vivían los antiguos mercaderes. Hoy día, la ciudad vive más de la leyenda de Drácula que de su propio pasado. Por supuesto, no falta el hotel Corona de Oro, donde Stoker hizo pasar a Harker la noche de San Jorge.

A la salida de la ciudad, camino del paso de Borgo, aguarda como un encantamiento el feliz reencuentro con los Cárpatos, cubiertos aquí de un terciopelo boscoso. La carretera asciende entre laderas tupidas de pinos y robles. Es un paisaje remoto que aleja de la civilización y conduce inevitablemente a la edad media. El tráfico es muy escaso y, a medida que se asciende el puerto, la naturaleza se apodera de todo, enseñoreándose incluso del ánimo del viajero.

Paisajes inigualables

El otoño salpica estas montañas de tonos verdes, amarillos y ocres. Los idílicos valles aparecen sembrados de casas con sus característicos tejados de forma semipiramidal, donde relumbran a menudo brillantes cubiertas de latón. Es una tierra maderera por excelencia, rica en pastos y cultivos, que ha permanecido inalterable en el tiempo, sin apenas reflejar los violentos cambios políticos que ha sufrido el país. Los Cárpatos brindan siempre la belleza de paisajes inigualables, como la garganta de Becaz, un estrecho paso entre paredes de granito tan altas que el cielo apenas se ve como una lejana línea de luz azul.

En esta remota región de Europa, el viajero se reconcilia con el pasado y llena su corazón de paz

Cuando la garganta se abre entre pendientes laderas jaspeadas de verdes y amarillos, aparece el llamado Lago Rojo, un pequeño ensanchamiento del río erizado de troncos que asoman como alfileres sobre unas aguas ferruginosas que el sol viste de rojo al atardecer. Son pinos petrificados por los sedimentos minerales del agua que han muerto de pie, aprisionados en su mortaja mineral. Desde las iglesias/fortaleza donde el pueblo guardaba sus tesoros, hasta los delicados frescos de los monasterios, pasando por los castillos, las fortalezas medievales, las torres y el paisaje virginal de los Cárpatos, cubiertos por viejos bosques de hayas, robles, arces y abetos, todo lo que el viajero encuentra en esta remota región de Europa le reconcilia con el pasado y llena su corazón de paz.

Pronto llegamos al monasterio de Moldovita, una joya polícroma construida por el hijo de Esteban, el Grande. Los innumerables monasterios de la región presentan unas características semejantes: grandes murallas rodeando el perímetro; adosadas a su parte interior, las celdas de los monjes (o monjas). En el centro del amplio patio, a menudo, un primoroso jardín, se levanta la capilla ortodoxa de tres cuerpos en forma de cruz griega de cortos brazos, orientada al este.

Frescos impresionantes

Lo más extraordinario de estas capillas monásticas no es su sencilla arquitectura, sino los impresionantes frescos que adornan sus paredes exteriores e interiores. Los afortunados dibujos de brillantes colores representando escenas bíblicas eran utilizados por los monjes para transmitir las enseñanzas bíblicas. Siguiendo por angostos valles en el corazón de los Cárpatos orientales, se llega a Sucevita, otro monasterio fortificado con impresionantes murallas que, en ocasiones sirvió de acuartelamiento a las tropas que guerreaban por la región.

El monasterio de Voronet, en la Bucovina, está considerado la Capilla Sixtina del Este por la categoría de sus pinturas

Pero de todos los monasterios que ocupan los más recónditos y hermosos valles de la Bucovina, ninguno como el de Voronet, considerado la Capilla Sixtina del Este por la categoría de sus pinturas y los brillantes azules que han resistido perfectamente el paso del tiempo, particularmente, el enorme fresco que representa El Juicio Final. Ya en Moldavia, el estilo cambia a ojos vistas. El enorme monasterio de Agapia, por ejemplo, rompe con la tradición de los frescos y alberga a una desbordante comunidad de más de doscientas maikas, o monjas, que, en algunos casos, se ven obligadas a vivir extramuros del monasterio en casitas de madera.

Vralec es el más moderno de los monasterios de la región. Construido en 1807, sustituyó las infranqueables murallas por porches floridos. En el interior hay un jardín jubiloso donde las flores compiten para mostrar sus formas y colores. La iglesia central es grande y blanca como una paloma, mientras en el contorno se suceden las casas y los porches con el único denominador común del estallido floral.

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