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EL VIAJE DEL LECTOR

De travesía solidaria en Camboya

Nuestro lector Gustavo Rodríguez Zarzo dedicó sus últimas vacaciones a ayudar como monitor infantil a un buen número de familias desamparadas en el paupérrimo barrio de Stung Meanchey, en Phnom Pehn, la capital camboyana. Se centró en los más pequeños porque no es nada fácil ser niño en un país que ha sufrido la severidad de una brutal dictadura.

Texto | Fotos: Gustavo Rodríguez Zarzo

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Actualizado lunes 26/10/2009 10:43 horas

«Maté a mis padres cuando era pequeño. ¿Crees que me costaría mucho hacer lo mismo contigo?». Éstas fueron las últimas palabras que escuchó uno de los chicos atendidos por la ONG Pour un Sourire d'Enfant/Por la Sonrisa de un Niño antes de huir de ese infierno que una vez soñó convertido en un hogar. La vida de un niño en Camboya no es fácil.

No sería fácil en ningún país que hubiera sufrido la severidad de una brutal dictadura que, lejos de conformarse con vaciar las ciudades y convertir a sus ciudadanos en esclavos del campo, desprovió al país durante años de una población mínimamente formada e ilustrada mediante el asesinato selectivo de arquitectos, profesores, médicos o ingenieros y realizó denodados esfuerzos en aniquilar la tradicional estructuras familiar en pro de una lealtad sin fisuras al Angkar, partido único del régimen de los Jemeres Rojos.

Un signo de afecto

Para ello, en su demente espiral de muerte y perversión puesta en marcha ese fatídico Año Cero y como ignorante o silencioso testigo un mundo convertido en tenebrosa partida de ajedrez, hizo uso de los más perfectos cobayas que pudo encontrar: toda una generación de niños a quienes inculcó sin miramientos el más absoluto rechazo a sus progenitores.

A toda una generación de niños se les ha inculcado sin miramientos el más absoluto rechazo a sus progenitores.

Treinta años después, los descendientes de aquellos conejillos de indias de infernales experimentos se ven obligados a compartir la miseria vital que supone ganarse (y jugarse) diariamente la vida en un vertedero infecto buscando basura para vender con la imposible convivencia con unos padres que, fruto de no haberlo podido sentir jamás en sus carnes, no son capaces de demostrarles el mínimo signo de afecto, y no digamos de amor.

De ahí que este año mereciera la pena invertir mis habituales vacaciones estivales en ejercer como monitor infantil en el campo de verano que la ONG, esperanza única de innumerables familias desamparadas, organiza en sus instalaciones del paupérrimo barrio de Stung Meanchey, en Phnom Pehn.

Monasterios por doquier

Pero no sólo por eso merece la pena visitar Camboya. Están sus impresionantes cielos, que se rompen en mil pedazos con la furiosa embestida del Monzón, el calor y la alegría que perennemente desprenden los afables rostros de sus habitantes, inmensos ríos surcando como profundas heridas abiertas sus impenetrables selvas, playas paradisiacas y bellos monasterios por doquier. Eso sin olvidar el privilegio de conocer uno de los lugares que indudablemente merece figurar en la lista de aquellos que hay que ver antes de morir: los incomparables templos de Angkor, reflejo contemporáneo de lo que fue una de las civilizaciones más poderosas del mundo.

Todo esto espera al aventurero que decida poner su pie en el país de las sonrisas. Porque no solo viniendo de voluntario se puede contribuir al desarrollo de una nación deseosa de enterrar para siempre un tenebroso pasado, y porque si hay lugares en el mundo de donde regresas con el corazón henchido de múltiples emociones y una plácida sensación de conciliación y de unión con el ser humano, este es uno de ellos. Haz ya las maletas.

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