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EN LA CARRETERA

La vida de la Costa da Morte

Bañada por un Atlántico bravo que ha dado lugar a un incontable número de naufragios, el nombre de esta costa gallega le vino dado por las desgracias. Pero desde que uno pisa tierra encuentra una región repleta de geniales tradiciones narradas por el mar, las piedras y sus gentes.

Almudena Ávalos | Fotos: Sara Janini

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Actualizado lunes 14/12/2009 18:42 horas

La mejor opción para comenzar a recorrer la Costa da Morte es situarse en Malpica y contemplar desde la ermita de San Adrián las islas Sisargas, un lugar escogido por las colonias de aves marinas para resguardarse. Entre dos cabos, Tosto y Vilán, se halla una de las zonas más salvajes de la geografía gallega, con un espectacular faro, el del cabo Vilán, situado en la cima de una península de increíbles piedras esculpidas por el viento y el agua. Aún encuentras a algún lobo de mar que explica que aunque haya tanta niebla que no te veas ni tus propios pies, siempre se vislumbra un trozo del cabo Vilán.

Camariñas es el siguiente pueblo hacia el sur y desde que en el siglo XVI llegara el encaje de bolillos en un barco de nombre extranjero, belga y de Flandes para ser exactos, hay una instantánea que se puede tomar a diario: las reuniones en corro que forman las mujeres para trabajar el encaje de bolillos a la puerta de sus casas. Son las famosas palilladas acompañadas del tintineo de los bolillos al cruzarlos y chocar los unos con los otros. Como buen pueblo marinero también conservan tradiciones pasadas por agua como la del 16 de julio, día de la Virxe do Carme, fecha en la que como en la mayoría de pueblos de pescadores, sacan a la virgen flotando en procesión marítima.

Frente a Camariñas y compartiendo limpias aguas, Muxía guarda su Pedra de Abalar, una piedra que dicen presagia desgracias y a lo largo de la historia ha llegado incluso a ejercer de juez sentenciando con sus movimientos la culpabilidad o inocencia de las personas. También junto al mar se encuentra la piedra de Os Cadrís, que según creencias populares, hay que pasar por debajo de ella nueve veces para curar enfermedades de los riñones o de lumbago, y no es tan fácil. Pero si tus dolencias son las penas, los excelentes percebes que encontrarás en cualquier tasca de este pueblo ayudarán a aliviártelas.

Llegar al fin del mundo

Continuando la ruta hacia el sur, la carretera coquetea con el interior embriagándose del aroma a eucaliptos que desprenden sus bosques hasta alcanzar el pueblo de Fisterra, un lugar emblemático donde creían se acaba el mundo. En él muchos peregrinos ponen punto y final al Camino de Santiago llegando hasta el faro para quemar sus ropas, sus lugareñas acuden a la ermita de San Guillermo buscando fertilidad y en los bares del puerto, como O Pirata, quedan marineros y poetas que cuentan historias de sirenas y de tormentas imposibles. Es pues un lugar atípico en el que se escuchan tantas lenguas distintas que dotan de una musicalidad peculiar esta porción de tierra.

En el siglo XVI, a Camariñas llegaba el encaje de bolillos en un barco de nombre extranjero, de Flandes para ser exactos

Desde Fisterra y hasta Ribeira se debe seguir la indomable serpiente de asfalto, AC-550, adornada con pomposas hortensias moradas. Cada curva esconde un tesoro distinto: acantilados vertiginosos, hórreos impecables, pictóricos pueblos marineros o kilométricas playas como la de Carnota. La localidad de Lira es otro regalo que rezuma intemporalidad y aproximarse a su puerto es abrir un diálogo directo con el mar. Los encantadores miembros de la Confradía de Pescadores de Lira (www.mardelira.net) llevan a cabo una iniciativa preciosa, con la que casi no ganan dinero, llamada turismo Mariñeiro.

Por 45 euros puedes embarcarte con un marinero cofrade que sale a faenar, participar de la pesca tal y como mande el patrón y al finalizar la jornada, degustar unas tapas de pulpo y un vino. Su fin no es otro que concienciar a la gente de la importancia del mar y la pesca. Otro elemento característico del paisaje de esta zona es el de las sufridas mariscadoras con su eterna inclinación corporal hacia el suelo. Cuando la marea está baja y a lo largo de la primavera, recogen crías de mejillón para venderlas en las bateas de Muros. El resto del tiempo venden a las conserveras las gónadas de los erizos y buscan lombrices para los pescadores de caña.

Volviendo a la tierra

Introduciéndose otra vez por los caminos del interior uno parece tener un continuo déjà vu al encontrarse constantemente con mujeres vestidas de negro, que por detrás parecen la misma, caminando por la orilla de la carretera y cargando con productos de sus propias huertas. Aquí ya si que uno pierde el control del año en que vive cuando después encuentras a estas mismas señoras en los pueblos de alrededor vendiendo aquello que portaban. El mejor ejemplo se halla en la medieval villa de Muros. Apoyadas en las esquinas y buscando un buen lugar de exposición, las hortelanas se colocan con sus cajas de pimientos, tomates o patatas recién cogidos de la huerta hasta que venden todo y regresan al hogar. Muros merece una parada para descubrir su legado medieval evidente en sus construcciones, en sus nobles casas señoriales y en ciertos callejones que conducen a plazuelas como la acogedora Santa Rosa.

Muros merece una parada para descubrir su legado medieval evidente en sus construcciones y en sus casas señoriales

Continuando el rumbo hacia el sur y atravesando la ría de Muros y Noia, a 4 kilómetros de Porto do Son se encuentra el Castro de Baroña, un pequeño asentamiento amurallado levantado en el s. I a.C. sobre un lugar estratégico en ataque y defensa. Este poblado de piedra que desafía al mar y al tiempo es uno de los más importantes del mundo por su belleza y conservación. A escasos kilómetros de Baroña, el Parque Natural de las Dunas de Corrubedo irrumpe en los esquemas habituales de la brusca naturaleza gallega.

A parte de ser insuperable en maravillosos atardeceres, el pueblo de Corrubedo fue el lugar elegido por el arquitecto David Chipperfield para construirse una guarida vacacional que merece ser visitada. Y si el viajero busca contrastes, a pocos kilómetros de la casa de Chipperfield sin salir de Ribeira, se alza el dolmen de Axeitos, un monumento funerario megalítico levantado en el cuarto milenio a.C. que se ríe a carcajadas del paso del tiempo. Al caer el sol acercarse al puerto de Aguiñó para tomar cualquier delicia casera y charlar con los parroquianos sobre la jornada, es un buen punto y final para un viaje por esta Costa da Morte repleta de vida.

 
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