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La ciudad de las túnicas azafrán

Desde la orilla del río Mekong, Luang Prabang va despertando poco a poco, tras décadas de guerras y revoluciones. Esta ciudad tranquila y apacible, con fabulosos templos budistas, es el refugio de los últimos soñadores europeos.

Texto | Fotos: Gerardo Olivares

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Actualizado lunes 19/10/2009 10:01 horas

La primera vez que viajé a Luang Prabang fue en 1999. En aquella época, la carretera que unía esta ciudad con la capital, Vientiane, estaba cortada al turismo por las miles de minas antipersona que aún permanecían activas desde los tiempos de la guerra del Vietnam. Así que la única forma posible de llegar era volando en una de las viejas avionetas de Lao Aviation, la compañía aérea nacional, o navegando a través del río Mekong en unas frágiles embarcaciones que se deslizan a toda pastilla -equipadas con potentes motores de coche- y que hacen un ruido infernal. A los laosianos les gusta hacer carreras por el río y les da igual que la embarcación vaya cargada de personas, de sacos de arroz, o de ambas cosas. El viaje es una maravilla pero el ruido es tan insoportable y los sobresaltos tan continuos, como pude comprobar años más tarde, que cuando llegas a Luang Prabang te sientes literalmente machacado. Aun así es una experiencia que bien merece la pena.

La gran riqueza de Luang Prabang es su arquitectura tradicional representada en 32 templos budistas

Tras un vuelo de 45 minutos, aterrizamos en el pequeño aeropuerto de la ciudad. Lo primero que me llamó la atención es la práctica ausencia de vehículos y el gran número de monjes que recorrían sus calles en silencio, en una especie de procesión, ataviados con sus túnicas de color azafrán. Todos portaban un cuenco donde la gente les depositaba arroz, fruta u otros alimentos como ofrenda. Es la ceremonia del Binthabat, un acto cotidiano en las vidas de los laosianos que buscan hacer méritos para alcanzar el nirvana.

Pero la gran riqueza de Luang Prabang, la que la hace única, es la belleza de su arquitectura tradicional representada en 32 templos budistas, que junto a los edificios coloniales construidos por los franceses en los años 20 �Laos fue una de las tres colonias francesas en Indochina-, hicieron posible que la UNESCO la declarara en 1995 Patrimonio de la Humanidad. Para preservar el estilo de la ciudad, la UNESCO trabaja con dos arquitectos franceses y cinco laosianos que se encargan de clasificar y restaurar los edificios ya existentes y evitar que las nuevas construcciones difieran de la arquitectura local.

Prestigio social

Los Wats o centros de oración representan la arquitectura mas refinada del arte laosiano. Aquí los jóvenes monjes comienzan su aprendizaje budista, se les enseña a vivir sus votos monásticos, a rezar y a meditar. Deben seguir 227 preceptos como parte de la disciplina monacal y si alguno al final toma los hábitos, su familia gana mérito y prestigio. Socialmente está muy bien visto que los jóvenes laosianos sean monjes durante un corto periodo de su vida, normalmente tres meses, durante el cual tienen que adherirse a diez votos que incluyen las tradicionales prohibiciones de robo, pereza, asesinato, intoxicación e implicaciones sexuales. También se les prohibe comer después de la media noche, bailar, engalanarse o perfumarse, dormir en camas altas o aceptar dinero para uso personal.

El templo más interesante y refinado es el Wat Xiengthong, que data del año 1560 y está situado en el extremo de la península que forma la confluencia de los ríos Nam Khan y Mekong. Otro lugar que bien merece la pena visitar es el monte Phousi, que con sus 328 escalones ofrece una vista espectacular de la ciudad. Al caer la tarde hay que acercarse a alguno de los numerosos puestecillos de comida �la cocina laosiana es deliciosa- que salpican la rivera del Mekong para contemplar la vida en el río, mientras se disfruta de una cerveza Lao. Es la mejor manera de mezclarse con sus gentes y conocer a un pueblo amable, humilde y pacífico, que conserva la esencia del sudeste asiático.

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