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Mi refugio secreto en la Provenza

«¿Y tú, joven Toerless, dónde has estado de vacaciones?». La pregunta venía de Lorenzo Díaz, ese entrañable cascarrabias radiofónico al que frecuento de vez en cuando. Habíamos coincidido en un acto promocional de la muy recomendable asociación turística Casonas Asturianas (www.casonasasturianas.com) y, una vez sentados a la mesa para almorzar se formó un grupo simpático: el talentoso delegado del Principado de Asturias en Madrid, Miguel Munárriz, el afamado crítico de hoteles Fernando Gallardo, el incombustible Lorenzo y algún amigo más.

Juan Manuel Bellver

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Actualizado martes 13/10/2009 19:05 horas

El condumio, espléndido por cierto, corría a cargo de los restaurantes Casa Gerardo (Prendes) y El Corral del Indianu (Arriondas), dos de los mejores de un excepcional camada de templos gastronómicos que ha surgido en la última década en tierras astures. Y, con las primeras sidras, la conversación se desvió hacia el veraneo de cada cual. El uno defendía el lujo hotelero en pleno desierto, el otro un viaje contemplativo en el Transcantábrico, el de más allá la nobleza de las viejas villas castellanas... Y yo permanecía calladito hasta que el sociólogo impertinente lanzó su pregunta (lo de Toerless es una bromita privada entre nosotros, referida a la célebre novela de aprendizaje de Robert Musil, que otro día explicaré).

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«Pues mira, profesor, he estado en la Provenza interior, al este de Avignon, en un pueblo del Luberon llamado Lourmarin al que voy de vez en cuando». ¿En una sencilla casita rural?, concedió Lorenzo. «En una casa solariega que alquilamos por 10 días en exclusiva un grupo de amigos y que se halla dentro de la finca de La Fenière, un hotel de lujo campestre con estrella Michelin, propiedad de una de las más laureadas cocineras de Francia: Reine Sammut». Silencio en la mesa. Tal vez fuera el extraordinario hígado de salmonete con algas que Marcos Morán nos acababa de servir. El caso es que me sentí triunfador de aquel frívolo rifirafe. «Y, además, llevo en el teléfono las fotos. Te las voy a enseñar», añadí para rematar la faena.

En la pantalla de mi Nokia con óptica Carl Zeiss de 5 megapixels (que, más que un móvil, asemeja una cámara de fotos que hace llamadas), fueron apareciendo la fachada de nuestra morada ocasional -antigua vivienda de los dueños que hoy alquilan a los íntimos–, el patio emparrado en el que desayunábamos y cenábamos cada noche (un día, lubina al horno; otro, couscous de mero; otro, bullabesa...), el huerto con hierbas aromáticas, verduras de estación y diez variedades de tomates, la piscina rodeada de árboles frutales, los tresillos del jardín recogidos bajo modernas tiendas caidales que favorecen los atardeceres íntimos al arrullo de las cigarras que trepan por las higueras...

El turisteo ajetreado de Aviñón o de Marsella o incluso de Les Baux-de-Provence y Saint-Remy queda lejos. En esta esquina del mundo se ven pocos horteras apresurados con camisetas de tirantes y chanclas. No hay tiendas de camisetas ni pósters con cuadros de Van Gogh, sino rastrillos semanales de trastos viejos y antigüedades por los que el visitante iniciado deambula sin afán consumista y donde el placer radica más en observar/conversar que en el acto de comprar.

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Recorriendo el centro histórico de Lourmarin uno entiende por qué Albert Camus se fue a morir allí (está enterrado en el cementerio muncipal) o por qué nuestro amigo bodeguero Michel Tardieu, que hace vinos cotizadísimos en toda la cuenca del Ródano, no ha querido mover su cuartel general de este pueblito delicioso que no aparece en las guías turísticas al uso. Hay localidades cercanas quizá más populares, como Isle-sur-la-Sorgue, Gordes, Lacoste o Bonnieux, que inspiraron el delicioso libro de Peter Mayle Un año en Provenza. Pero yo me quedo con Lourmarin y su castillo renancentista, sus tres campanarios, sus cuatro fuentes y sus estrechas callejas medievales llenas de coquetos comercios y minúsculos bistrots y cafés.

El Auberge La Fenière (www.reinesammut.com) se halla fuera del pueblo, a pocos kilómetros en la ruta hacia Cadenet. Lo de albergue es más una declaración de principios, de hospitalidad campestre a la antigua usanza, de trato atento y personalizado, libre de formalismos, de cuidar hasta el mínimo detalle sin caer nunca en la cursilería ni el atosigamiento. La propuesta de Reine (cocinera sensible, intuitiva y generosa) y su marido Guy (veterano rockero convertido en epicúreo empresario hostelero) pasa por varios tipos de alojamiento: los cuartos provenzales del Auberge, encima del restaurante gastronómico; las suites de diseño de Bellevue, en lo alto de la propiedad, junto a una alberca; las roulottes gitanas de madera transformadas en originales dormitorios dentro de un olivar adyacente y, por supuesto, la antigua casa de postas reconvertida hace décadas en residencia privada con cuatro habitaciones que ellos llaman Le Mas. Cada opción con un interiorismo diferente y tarifas muy dispares, como si los Sammut quisieran que La Fenière estuviera abierta a todos los bolsillos.

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En cuanto a la oferta culinaria, misma política. El restaurante gastronómico La Cuisine de Reine alberga un romántico comedor con velas y fotos en blanco y negro de los anfitriones cuando eran unos jóvenes bohemios (Guy asemejaba un primo de Jimi Hendrix), así como una recogida terraza en la que las recetas soleadas de Reine alcanzan todo su apogeo: no se pierdan el muy mediterráneo menú temático en torno al aceite de oliva, ni tampoco la tartaleta de sardinas y tomates confitados, el tartar de gambas con espinacas, el foie empanado con remolacha, la dorada con anchoas e hinojo, el rable de conejo con berenjenitas rellenas y yogur griego a la menta, los quesos de cabra del país o de Córcega, el pan perdido con manzanas, peras e higos del jardín ni los fascinantes vinos de Châteauneuf-du-Pape, de Bandol o de Côtes de Provence que Guy atesora en su bodega.

Para comensales menos pudientes o ágapes más informales, La Cour de Ferme es un antiguo granero junto a la entrada de la finca, que incluye una tiendita gourmet y un amplio espacio polivalente con barra, mesas, terraza y cocina abierta, donde Reine imparte ocasionalmente cursos de cocina y en el que tomar a cualquier hora un pastis de aperitivo, vinos por copas, tapas sureñas, platos tradicionales (pieds et paquets marselleses, daube de cordero con ñoquis, chuleta de cerdo del Ventoux con col...) o un ventajoso menú del día. También cabe presenciar actuaciones esporádicas de jazz o blues y, a veces, incluso toca el patrón con su grupo de viejos compinches HBUS.

La carta de La Cour de Ferme es un homenaje a los alimentos locales que se manifiesta, junto al enunciado de platos, en varios párrafos dedicados a cada uno de los productores que proveen esta casa diariamente: el agricultor, el granjero, el panadero, el pescador, el elaborador de quesos... Algunos, proveedores desde que se fundó el albergue, hace 35 años. Todos amigos. «¡Caray! Con todo eso que cuentas, no me extraña que repitas allí casi todos los veranos», exclamó Lorenzo. Y yo sonreí bobaliconamente, insuflado de orgullo y de un leve desasosiego, al sopesar que tal vez no debería haberle hablado a nadie de mi refugio secreto en la Provenza.

| Auberge La Fenière. Route de Cadenet, 84160 Lourmarin, Vaucluse, Francia. Tfno: + 33 (0)4 90 68 11 79. E-mail: contact@reinesammut.com. Internet: wwww.reinesammut.com. Habitaciones: 180-220 euros; suites 250-380 euros. La Cuisine de Reine: menús a 40-80-110 euros. La Cour de Ferme: menú del día 35 euros.

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