Un paseo a caballo por la playa de La Barrosa, uno de los arcos de arena blanca más bellos de Cádiz y Andalucía, situado en la exclusiva Novo Sancti Petri. Una experiencia única en un espacio abierto y luminoso donde el cielo cae sin contemplaciones. Donde es el sol, engullido por el Atlántico, el que dice a los animales cuándo es la hora de regresar.
Comenzaré revelando un secreto: Es la primera vez que subo a lomos de un caballo. Lo más aproximado a cabalgar a cuatro patas fue hace años al norte del Sáhara, sobre un dromedario que me dejó destrozadas partes del cuerpo que yo no sabía ni siquiera que existían. De modo que cuando Manuel, uno de los monitores del Centro Hípico La Patiña, situado en Novo Sancti Petri, una de las urbanizaciones más lujosas y exclusivas de Cádiz, me preguntó si había montado antes a caballo le dije, aún sabiendo que mentía, que dos o tres veces… «Bueno, te daremos un caballo dócil y tranquilo. Con él no tendrás problema alguno. Es un animal que utilizamos para los que no han montado nunca a caballo», añadió.
Respiré tranquilo y confiado. Subí a la cabalgadura, tomé las riendas y tras unas primeras indicaciones echamos a trotar. La Patiña se halla tierra adentro, a unos kilómetros de la playa de La Barrosa, que pertenece al término municipal de Chiclana de la Frontera. La Patiña está rodeada por un bosque de pinos que a esta hora de una tarde de otoño regala la intensidad de los colores verdosos de sus copas y del olor penetrante de la tierra y la resina. Paseamos un grupo pequeño, formado por alemanes y belgas. El primer trayecto discurre por un sendero marcado en el camino, una tierna vereda sombreada por las copas de los árboles.
Hemos bordeado las urbanizaciones que conforman la rutilante Novo Sancti Petri para evitar problemas con vehículos y peatones. Ha merecido la pena, porque el sol inclinado de la tarde nos ha regalado imágenes imborrables de un bosque protegido, brozado de matorrales, de plantas aromáticas y arbustos de mediana altura que conforman un espacio natural de incuestionable valor ecológico. De pronto el camino se ensancha y los pinos comienzan a desaparecer. La tierra se despeja y los caballos enfilan un camino de tierra que desciende a través de un empinado acantilado hasta la tierna, blanca y arenosa playa de La Barrosa.
A partir de aquí todo es distinto. La brisa del océano refresca nuestras caras, los caballos parecen sentirse más a sus anchas y las sonrisas de los jinetes se despliegan con otra facilidad. Primer galope. Los caballos enfilan la playa evitando a las personas que, más próximas al rompeolas, pasean a esta hora de la tarde. La Barrosa es una de las playas más bellas de Andalucía. Tiene ocho kilómetros. Nace a un lado del islote de Sancti Petri, donde se halla el castillo y donde es costumbre en los meses de verano llegar en barco hasta aquí para contemplar la inolvidable puesta de sol gaditana. La Barrosa se extiende formando un pequeño arco hasta la llamada torre del Puerco.
Dividida en dos partes, la más próxima al castillo está urbanizada, posee un lindo paseo marítimo y las viviendas se asoman hasta la playa buscando el azul del Atlántico. La otra parte es virgen y salvaje y por tanto está menos masificada. Es la playa de Novo Sancti Petri y a ella se asoman los hoteles cinco estrellas gran lujo que se alzan protegidos sobre los acantilados. Hasta la torre del Puerco abundan los chiringuitos, que han sabido adecuar su arquitectura efímera a las singularidades estéticas de un lugar tan bello y sensible como este.
Cierran durante los meses de otoño e invierno, pero hasta hace unas semanas eran el epicentro de marchas nocturnas que parecían no tener fin. La Barrosa, además, goza desde hace muchos años del privilegio de lucir bandera azul. En los días de invierno es habitual aprovechar su oleaje para la práctica del surf, del mismo modo que se realiza allá por Conil, Caños de Meca y sobre todo Tarifa.
La Barrosa es una de las playas más especiales de la costa gaditana. Es una playa mítica, porque queda a la sombra de una fortaleza medieval española que contempló grandezas y miserias históricas. Es un marco de valor patrimonial porque queda a un paso del malherido cabo de Trafalgar y porque sus aguas acogen los sueños de decenas de pecios que quedaron sepultados bajo el océano por mil y una causas. A espaldas de la playa se extiende un espacio natural protegido, un tupido bosque de pinos piñoneros que son un adelanto de lo que aguarda tierra adentro, en los cercanos parques naturales de Los Alcornocales, tan próximo a la Bahía de Algeciras, o más al norte, el Parque Natural de la Sierra de Grazalema, donde se registran los mayores índices pluviométricos de España.
La Barrosa es un espacio abierto y luminoso donde el cielo cae sin contemplaciones. Si miramos hacia el sur intuimos las costas marroquíes y la populosa ciudad de Tánger. Paseamos por la playa sin prisas y cabalgamos a lomos de un caballo hasta que el sol comienza a declinar hasta el punto de que sus rayos parecen ablandarse y apagarse del todo en la línea del horizonte. El cielo se llena de nubes color pastel, oscurece, y los caballos saben que es hora de regresar. Nuestra espalda ha quedado dolorida. Pero ha merecido la pena. No imaginábamos que el Atlántico engullera el sol con tanta decisión.
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