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Washington Irving en la Alhambra

Hace 150 años murió el autor de 'Cuentos de la Alhambra', uno de los libros capitales de la fantasía, el viaje y la leyenda. Para conmemorar la efeméride, el monumento ha querido reverenciar su memoria con una exposición que hasta el 28 de febrero de 2010 se podrá visitar en el palacio de Carlos V.

Texto y fotos: Manuel Mateo Pérez

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Actualizado jueves 08/10/2009 10:41 horas

Washington Irving, escritor, embajador norteamericano y autor de los Cuentos de la Alhambra, uno de los libros capitales de la fantasía, el viaje y la leyenda, murió hace 150 años. Sus narraciones ayudaron no sólo a fortalecer el aurea orientalista y mítica de uno de los lugares más fascinantes del mundo, sino que contribuyeron a preservar el monumento más visitado de España, meta a partir de entonces de decenas y decenas de viajeros de estirpe romántica que elevaron Granada a categoría de urbe planetaria.

Para conmemorar tan importante efeméride el monumento ha querido reverenciar su memoria con una exposición que hasta el 28 de febrero de 2010 se podrá visitar en el palacio de Carlos V, el gran edificio renacentista mandado construir por el emperador como solio a un paso de la Casa Real Vieja, es decir, de los palacios nazaríes.

De manera asequible, el prototipo del escritor romántico hizo de la Alhambra un universo colmado de apetitos orientalistas, luchas entre bandos, romances imposibles y fantasmas que pululan por torres, patios y jardines tratando de hallar un sentido a su diluida existencia. Irving convirtió a muchos de los personajes que conoció en vida en material literario. Pero antes había mostrado interés por conocer la personalidad de Cristóbal Colón, el príncipe Ahmed o el jinete sin cabeza de Sleepy Hollow. Irving, culto, refinado e inquieto, está considerado el padre de las letras norteamericanas y gracias a él se rescataron tradiciones populares como el Halloween.

Los cuatro grandes apartados

En Granada, el escritor estuvo dos veces. La primera del 9 al 20 de marzo de 1828 le sirvió para enamorarse de la ciudad y de su monumento principal. La segunda, mucho más larga, del 4 de mayo al 29 de julio del año siguiente, terminó cuando tuvo que viajar hasta Londres para asumir su puesto de secretario de la Embajada de Estados Unidos. El 16 de junio de 1829, en una de las cartas que remite a sus amistades, Irving escribe: «Estoy apegado a la Alhambra con un hechizo y es probable que no sea capaz de romperlo».

Pocos años después de la conquista cristiana, la Alhambra entró a formar parte del imaginario de los viajeros.

La exposición está dividida en cuatro apartados: El retrato del artista, El viaje a España, Granada y la Alhambra y La Alhambra: el palacio encantado. Ocupa la capilla y la cripta del palacio de Carlos V y muestra las inquietudes, el trabajo y la contribución de un adelantado a su tiempo a través de sus cuadernos de viaje, libros y primeras ediciones, retratos y una excelsa colección de pintura romántica de autores de la época que contribuyen a construir un tiempo que a los ojos de la modernidad se nos antoja hechizado y embaucador. ¿Qué Alhambra conoció Washington Irving? He aquí unas pistas.

Pocos años después de la conquista cristiana, la Alhambra entró a formar parte del imaginario de los primeros viajeros. Pero será entre los siglos XVIII y XIX cuando el conjunto áulico granadino se convierta en un destino irrenunciable para los escritores románticos que encontraron entre las ruinas de la fortaleza y en el misterio de los palacios toda suerte de argumentos literarios. El diplomático Irving gozó del privilegio de hospedarse en la Sala de las Frutas, donde Julio Aquiles y Alejandro Mayner, discípulos de Rafael, pintaron en 1537 los frescos del techo. En este lugar escribió los Cuentos de la Alhambra, al lado de los aposentos donde descansó el emperador Carlos V, próximo a los jardines de Lindaraja que unen los palacios nazaríes con El Partal.

La primera edición

En aquel lugar, Irving vivió unos meses, envuelto por el áurea romántica de sus leyendas, llamadas a ocupar la cátedra de las mejores fábulas escritas durante el inspirado siglo XIX. Irving fue uno de los más famosos pregoneros de las leyendas orientalistas de Grabada. Las escuchó de boca de los niños de la Alhambra, que a su vez las habían escuchado de sus padres, y aquellos de sus abuelos. En 1832, en Londres, apareció la primera edición de The Alhambra; a series of tales and sketches of the Moors and Spaniards, conocido en España como Cuentos de la Alhambra. En este libro, traducido a decenas de lenguas, aparece la leyenda de un fabuloso tesoro oculto en una de las torres que miran a los jardines del Generalife.

La leyenda recuerda cómo un soldado de la guardia real de los Reyes Católicos quedó preso por los hechizos de un alfaquí.

La leyenda recuerda cómo un soldado de la guardia real de los Reyes Católicos quedó preso en la torre víctima de los hechizos de un alfaquí con dotes de nigromante que lo mantuvo encerrado para que custodiara un cofre lleno de alhajas. El alfaquí marchó a los pocos días de que Granada fuera conquistada por los reyes con la promesa de volver devolver la libertad al incauto soldado cristiano. Pero nunca más volvió.

El conjuro perdía su poder una vez cada 100 años, durante la noche de San Juan. Durante los tres días anteriores, el soldado podía salir de su cautiverio a morar por las calles de Granada, esperando hallar a alguien con un anillo de oro y plata donde figurara el sello de Salomón, cuyo símbolo era lo único capaz de romper el terrible hechizo. La leyenda asegura que una noche de San Juan un joven salmantino paseaba por la ciudad con un guitarra a los hombros. No tenía más riqueza que un anillo con los emblemas de Salomón que había pertenecido a sus antepasados. El joven rondaba a una muchacha al servicio de un clérigo, pero de la niña no hallaba más que indiferencia.

Un conjuro sin poder

Aquella noche el joven espantaba su mal de amor en uno de los dos puentes que salvan las limpias aguas del río Darro. Fue al filo de la medianoche cuando recibió la visita del soldado. Nadie más que el joven podía verlo, pues en sus manos llevaba el sello que hacía visible a aquel fantasma. El soldado le confió el hechizo del que era víctima y la promesa de hacerse con el cofre de alhajas si le ayudaba a romper el encanto. Para ello necesitaría una doncella virgen que portara el sello de Salomón y un sacerdote que estuviera en ayunas durante veinticuatro horas y que leyera en voz alta los sagrados exorcismos.

Irving no nos hace saber de qué artimañas se valió el joven apuesto para convencer a su amada doncella y al cura.

Irving no nos hace saber de qué artimañas se valió el joven para convencer a su amada doncella y al cura. Un día después de la aparición, los tres subieron hasta la colina de la Alhambra para penetrar por el pasadizo de la torre donde moraba el soldado encadenado. Tal y como marcaba el ritual, la joven portó el anillo que consiguió abrir la puerta, el sacerdote leyó los exorcismos y el joven pudo llenar su morral de las alhajas. Pero la dicha no duró mucho.

El sacerdote, presa del hambre, salió de la torre y se apresuró a hincar el diente a un bocado de carne que llevaba consigo, de modo que el exorcismo se truncó cuando el soldado iba a recobrar su libertad. Las puertas se cerraron para él, la oscuridad volvió a hacerse en la torre y el cofre volvió a su viejo lugar, convirtiendo las joyas que el joven salmantino llevaba consigo en mísera e insignificante arena. El tesoro escondido en el torreón que mira al Generalife aún sigue preso de la oscuridad de los días, y con él su guardián.

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