La noche de la iguana
En 1963, cuando John Huston comenzó a rodar 'La Noche de la Iguana', basada en la obra homónima de Tennessee Williams, en la paradisíaca playa jalisciense de Mismaloya, Puerto Vallarta no era más que una atractivo pueblo de pescadores en la costa mexicana del Pacífico y nadie podía predecir entonces que el efecto lanzadera de aquella película lo convertiría, décadas más tarde, en un centro turístico de primer orden que ya compite hasta con el mismísimo Acapulco.

Foto: F. López-Seivane
Nada menos que Richard Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr desembarcaron con el equipo de rodaje. Tras ellos, los paparazzi de Hollywood y, poco después, aparecería inesperadamente la ya entonces archifamosa Elizabeth Taylor que, aunque no tenía ningún papel en la película, no quería dejar el terreno libre a la peligrosa Ava Gardner y se pasaba el día marcando territorio alrededor de su amado Richard.
No es de extrañar que en una florida rinconada de la isla que forma la desembocadura del río Cuale, en lo que hoy se conoce como Zona Romántica, el pueblo de Puerto Vallarta haya erigido una estatua de bronce con la figura del mítico director sentado en la inevitable silla de tela que no podía faltar en ningún rodaje de la época.
Fue por entonces también cuando una diva norteamericana de la canción que visitaba con frecuencia el pueblo le pidió a su barman habitual que le suavizara un poco el tequila. El hombre lo hizo con tanto esmero y acierto que su combinado, donde incluso se atrevió a sustituir la sal por el azúcar, hizo fortuna y pasó a la historia de los cócteles con el nombre de la diva: Margarita. Quien no lo haya probado nunca que arroje la primera piedra.
Todo era tan feliz y bucólico en aquel pueblecito que los buenos de Richard y Elizabeth decidieron comprarse sendas casas, la una frente a la otra, para pasar románticas temporadas de asueto. Con el tiempo llegaron incluso a unirlas con un puente sobre la calle que servía tanto para separarse airadamente tras las peleas como para correr a abrazarse tras las reconciliaciones, que de todo había. Hoy las dos casas han desaparecido y ya se construyen nuevas mansiones, pero el puente que las unía ha sido respetado (y además viene muy bien como soporte del increíble cableado que cruza por doquier todas las calles de Puerto Vallarta).
En fin, ¡qué quieren que les diga! He estado estos días por allí. Aquel pueblecito de pescadores supera ya los ciento cincuenta mil habitantes. Como Torremolinos o Benidorm, ha crecido por metástasis, impulsado por el cáncer del turismo. Hoy, el Malecón de Puerto Vallarta (www.visitpuertovallarta.com) tiene más de un kilómetro de largo y exhibe tantas estatuas como cualquier museo europeo. Al norte, han crecido como setas numerosos hoteles de lujo. En las colinas del sur se suceden las mansiones asomadas al mar, y, en medio, se ha empedrado malamente el casco antiguo tratando de darle un sabor añejo, pero la Zona Centro resulta ya un anacronismo que sólo sirve para enredar el tráfico. Hasta el mítico hotel que se levantó tras la película, La Joya de Mismaloya, es ahora La Joya de Barceló. Con eso ya está todo dicho.